Guía de supervivencia básica para la salud mental de los docentes

Septiembre está a la vuelta de la esquina. Faltan apenas unos días para que se acabe el espejismo veraniego y los docentes se reincorporen a los centros entre el atracón habitual de titulares grandilocuentes y los eslóganes vacíos de la administración sobre la ilusión de educar. El problema es que la realidad, dura y fría, está esperando en la puerta del centro educativo.

Si la administración no va a cambiar su deriva, si las familias van a seguir exigiendo, en ocasiones con malas formas, y si la burocracia infame no va a parar de crecer, la única alternativa sensata no es la baja por depresión (aunque, en ocasiones, sea necesaria en determinados contextos personales y profesionales). La única salida es dejar de hacer el primo.

Protegerse no es falta de vocación ni apatía. Es pura legítima defensa. Para sobrevivir al curso que empieza en nada, conviene aplicar estos mandamientos de autodefensa docente. Y, recordad, que en este caso son solo propuestas que creo que os funcionarían muy bien.

En primer lugar debería hacerse un apagón digital estricto fuera del trabajo (las 37,5 horas de trabajo semanales se cuentan al minuto).

El gran error del docente bienintencionado es regalarle horas a la administración trabajando los domingos por la tarde o respondiendo correos a las diez de la noche. Se nos olvida con demasiada frecuencia que nuestra jornada laboral es de 37,5 horas semanales -sumando las lectivas y las complementarias de preparación y corrección-

El control de ese tiempo debe ser militar. Cuando se completan las 37,5 horas correspondientes a la semana, se produce el apagón digital automático. Caiga quien caiga. Ni se abre la plataforma oficial, ni se responde a una familia, ni se corrige una sola redacción más hasta el lunes a primera hora. Si la administración pretende que trabajemos cincuenta horas a la semana, que las pague como horas extra. Lo demás es regalar salud a fondo perdido a un sistema que no te lo va a agradecer jamás.

Otro tema que debería plantearse es la huelga de celo ante la burocracia inútil.

La Consejería no evalúa si explicas bien, si tus alumnos aprenden a redactar o si dominan la materia. Evalúa si has rellenado a tiempo una casilla en una plataforma informática que se cae día sí y día también. Sabiendo cómo funciona el juego, la respuesta debe ser quirúrgica… el mínimo esfuerzo burocrático.

La pasión, la paciencia y el rigor se reservan para el trabajo directo con los alumnos dentro del aula. Las memorias infames, las rúbricas incomprensibles de sesenta ítems y los proyectos de adorno se despachan con lo justo para cumplir el expediente. Tu dignidad profesional se demuestra frente a la pizarra y los chavales, jamás en un Excel.

Es muy importante también el cerrar el complejo de ONG pedagógica.

El aula no es un centro de redención social y el docente no es un héroe de película. Pretender cargarse a la espalda la falta absoluta de esfuerzo del alumnado, la dejadez de familias que confunden el instituto con una guardería o la falta de recursos del sistema es el camino más directo al colapso emocional.

El deber del docente es ofrecer la mejor explicación, las herramientas más claras y una evaluación justa. Pero la responsabilidad última de aprender corresponde al alumno, y la de educar en valores mínimos de convivencia, a sus progenitores. Acepta los límites de tu profesión. Quien se niega a poner de su parte o no quiere aprender no puede convertirse en tu losa psicológica.

¿Y qué problema hay con purgar los grupos de WhatsApp paralelos a las herramientas de comunicación institucional?

Pocos entornos son más tóxicos para la salud mental que los grupos no oficiales de mensajería donde se alimenta la histeria colectiva, la fiscalización de pasillo o el vertedero de quejas sin solución. Silenciar para siempre -o directamente abandonar- los grupos paralelos de claustro es una de las decisiones más liberadoras del curso.

La comunicación laboral debe discurrir de forma exclusiva por los canales oficiales, dentro del centro y en horario de trabajo. Todo lo que ocurra fuera de ahí es ruido innecesario diseñado para amargarte la tarde.

Finalmente, aunque sé que me dejo muchas cosas en el tintero, también os recomiendo atrincheraros con la tribu sana de la sala de profesores.

En todo centro educativo coexisten dos grupos bien diferenciados… los vampiros emocionales que viven instalados en la queja destructiva de cafetera, en el escaqueo o en la petición desenfrenada y los compañeros sanos que se ayudan, comparten materiales, reflexiones constructivas y saben sacarte una sonrisa cuando la jornada se tuerce.

Buscar el refugio de estos últimos es una cuestión de supervivencia. La broma a tiempo en el recreo y el apoyo mutuo cuando la burocracia o el mal rollo aprieta son el verdadero sostén de la escuela. Aléjate de la toxicidad de los que solo restan y júntate con los que hacen que entrar al centro siga mereciendo la pena.

Hay una ironía macabra en todo lo que he escrito. La administración educativa se llena la boca en sus folletos hablando de bienestar emocional, de salud mental en las aulas y de protocolos de apoyo para el alumnado. Sin embargo, existe un silencio atronador y cobarde respecto a la salud mental de los profesionales que sostienen el sistema.

A la administración no le importa la salud mental del profesorado. Jamás se destinan recursos reales para prevenir el burnout, ni se reducen las ratios masivas que trituran los nervios, ni se contrata personal de apoyo, ni se ofrece una asistencia psicológica pública y digna al docente destrozado. La única solución que ofrece el sistema ante un profesor al borde del colapso es la nada más absoluta.

Por eso, cuidar tu salud mental este curso no es solo una necesidad biológica. Es un acto de dignidad. Nadie en tu Consejería va a venir a salvarte ni a preocuparse por tus noches en blanco. Si la escuela se mantiene en pie no es gracias a sus leyes ni a sus plataformas informáticas, sino a la salud de quienes dan clase. Protégete, pon límites y recuerda que para poder enseñar a los que sí quieren aprender, lo primero que necesitas es llegar entero a junio. Algo que empieza por cuidarte desde septiembre.

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2 comentarios

  1. Gracias por los consejos. He aprobado las oposiciones este año y empiezo mi primer curso en septiembre. Nunca he dado clase antes y espero no quemarme demasiado pronto.

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