Michaela School vuelve a destrozar el relato pedagógico
Han salido los resultados de las pruebas GCSE en el Reino Unido y el guion se ha vuelto a cumplir punto por punto, para desgracia de un determinado modelo de pedagogía, muy instalado como modelo en nuestro país y en los de nuestro entorno, y regocijo de quienes aún creemos en el conocimiento. La Michaela Community School, ese colegio público ubicado en Brent -uno de los barrios con mayor índice de pobreza, inmigración y complejidad social de Londres-, ha vuelto a pulverizar los mapas de rendimiento académico con unos resultados sencillamente espectaculares.
El centro dirigido por la combativa Katharine Birbalsingh vuelve a situarse en la cima del valor añadido del país. Chavales de familias trabajadoras, inmigrantes de primera o segunda generación y minorías étnicas vulnerables superan en competencias científicas, lingüísticas y matemáticas a colegios privados de élite con matrículas de cinco cifras.
Debería ser una fiesta para la izquierda educativa, un motivo de orgullo para los defensores de la escuela pública y el ejemplo a estudiar en todas las facultades de Magisterio. Pero ocurre exactamente lo contrario… el éxito de la Michaela School provoca urticaria y un silencio sepulcral en la progresía de salón.
¿Por qué odian tanto a la Michaela School? Porque desmonta de un plumazo el gran negocio del innovacionismo pedagógico. En este colegio no hay tabletas por doquier, ni proyectos de adorno hechos con inteligencia artificial, ni rúbricas infames, ni disciplina positiva de manual que tapa la disrupción. Hay silencio en los pasillos, rigor académico, vestimenta impecable, exigencia, estudio de memoria, respeto sagrado al docente y una fe inquebrantable en que la capacidad de un niño no la determina ni su raza, ni la renta de sus padres, ni su código postal.
Y eso es imperdonable para los teóricos del buenismo. Me estoy refiriendo a esa tropa que llevan años vendiéndonos que exigir esfuerzo a un chaval de barrio humilde es traumatizarlo, reprimirlo o imponerle esquemas burgueses.
Lo más sangrante de toda esta farsa no es el dogma. Es la colosal e indecente hipocresía de sus predicadores. Quienes critican a la Michaela School y tildan a Birbalsingh de autoritaria son, casi sin excepción, los mismos que matan por empadronar a sus hijos para que puedan ir al colegio del barrio rico, los que pagan plaza en la privada, normalmente concertada, de ideario tradicional o los que desembolsan fortunas en academias privadas de refuerzo para asegurarse de que sus retoños aprendan la sintaxis y las matemáticas que ellos prohíben enseñar en la pública.
Para los hijos de los demás, el experimento de la escuela inclusiva sin exigencia, el aprobado de regalo y el entretenimiento digital. Para los suyos, la educación tradicional, el rigor y la ventaja competitiva.
No hay nada más elitista, clasista y reaccionario que la pedagogía de la baja expectativa. Decirle a un alumno de un barrio desfavorecido que no necesita memorizar porque todo está en Google, o que no pasa nada si no aprende a redactar porque lo importante es su gestión emocional, es condenarlo de por vida a la precariedad laboral y a la dependencia del subsidio.
La Michaela School demuestra que la verdadera equidad no consiste en bajar el nivel hasta el suelo para que todos aprueben sin saber nada, sino en subir el listón hasta el cielo y darle al chaval de familias vulnerables la disciplina, el silencio y las herramientas necesarias para que pueda saltarlo. La verdadera inclusión es garantizar que el hijo de un conductor de autobús de Brent pueda competir en igualdad de condiciones por una plaza en Oxford o Cambridge con el hijo de un lord inglés.
El modelo de Katharine Birbalsingh es, digan lo que digan los gurús del chiringuito pedagógico, el modelo más verdaderamente progresista y defensor de los vulnerables que existe hoy en Europa. Mientras la escuela pública tradicional siga regalando aprobados y tolerando la disrupción, estará trabajando para los privilegiados.
Los resultados de los GCSE de este año han vuelto a dejar al descubierto la mentira. Los niños de Brent vuelven a volar alto gracias al rigor, a la tiza y al esfuerzo, mientras los teóricos del buenismo miran para otro lado para no admitir que el colegio al que tildan de cárcel es, en realidad, la única puerta abierta hacia la libertad.
Finalmente os recomiendo que busquéis en las redes la cara sonriente del alumnado y de las familias que van a esa escuela después del éxito obtenido. Unas imágenes que dicen mucho y nos enseñan el camino para mejorar la educación porque, para mejorarla, debemos adaptar y mejorar los casos de éxito que conozcamos. Y este es uno de ellos. Muchas felicidades a su alumnado y al equipo de profesionales que trabajan ahí. Sin olvidarme, claro está, de las familias que, apostando por la educación de sus hijos, son siempre una parte imprescindible del éxito.
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