La libertad innegociable de no deberle un solo euro a la industria de la educación
Llevo casi dos décadas escribiendo en este blog, dándole a la tecla sin filtros, apretando las tuercas a la administración, denunciando el postureo de la pedagogía de salón y señalando las miserias de un sistema que prefiere el humo del marketing al rigor del aula real.
A lo largo de todo este tiempo, la pregunta que me llega periódicamente -a veces con curiosidad genuina, a veces con ese retintín malicioso tan típico- es siempre la misma… «Pero vamos a ver, Jordi, ¿qué sacas realmente de todo este tinglado?».
La respuesta es tan brutalmente sencilla que a determinada fauna que habita el ecosistema educativo le cuesta procesarla. Vivo de mi sueldo y no he ingresado jamás un solo euro extra a costa de la educación. Bueno, lo he hecho en una ocasión y por error de haber aceptado dar una charla a estudiantes universitarios que me apetecía.
En un panorama donde cualquiera que asoma la cabeza en redes se viste de gurú, monta un chiringuito y empieza a pasar por caja, mi independencia no es una postura calculada ni un eslogan. Es, sencillamente, una cuestión de salud mental y de principios.
Conviene aclarar algo antes de que salte el personajillo de turno cuando me diga que yo he estado trabajando en la administración.
Sí, he estado. En dos etapas muy concretas de mi vida profesional, con unos y con otros, pisé esa zona gris. Y no fue porque yo fuera suplicando un despacho, ni haciendo pasillos, ni mendigando un sillón para trepar. Vinieron a buscarme. Acepté por la responsabilidad y la ilusión ingenua de pensar que desde dentro se podía meter algo de cordura, rigor técnico y sentido común a un sistema completamente gripado.
¿El balance humano de aquella aventura? Nefasto.
Quienes piensen que estar en los despachos de la Consejería es darse la vida padre con aire acondicionado, reuniones de postureo y cafés, no tienen ni la más remota idea de la trampa que es eso. Fueron meses donde mi salud, tanto física como mental, se fue directamente al carajo. Jornadas infinitas, la sensación asfixiante de chocar una y otra vez contra un muro de inercia burocrática y un nivel de estrés que me acompañaba hasta la cama, con un coste personal brutal. Y no niego que haya gente que le guste y que se esté tocando sus partes a dos manos. La hay. La misma proporción que en cualquier otro lugar.
Y todo para que, al echar números a fin de mes, descubrieras que el precio real por hora echada era una auténtica miseria. De la administración, salvo que seas un jeta o la uses como trampolín, no te llevas dinero. Como mucho te llevas la salud tocada, unas cuantas canas más y la confirmación amarga de por qué la escuela funciona a pesar del sistema.
Hay otra pregunta recurrente cuando salta una polémica educativa… «¿Por qué nunca sales en la tele ni das entrevistas en prensa si este blog lo lee tanta gente?».
La respuesta es muy clara. Me niego rotundamente a dejarme mediatizar y a que manipulen mi discurso.
A lo largo de los años he perdido la cuenta de las llamadas de periodistas, redactores de informativos y productores de programas de debate pidiéndome declaraciones, intervenciones en directo o cortes de voz. He dicho que no a (casi) todas ellas. Cero entrevistas, cero platós de televisión y cero llamadas telefónicas en radios.
Los medios tradicionales no buscan entender la complejidad del aula. Buscan el titular amarillista de treinta segundos, el enfrentamiento de trazo grueso y la descontextualización premeditada para meter tu discurso en su trinchera ideológica. No quiero la relevancia de la pantalla ni me interesa el famoseo de tertulia. Además, hay muy pocos periodistas honestos que escriben sobre educación. Desde aquí, ya sabéis a quienes, os doy las gracias por seguir intentando aislaros de la carnaza que os piden vuestros jefes.
Prefiero contar las cosas a mi manera, desde la tranquilidad de este humilde blog. Aquí sé que, aunque algunos intenten retorcer en redes sociales lo que escribo, las palabras quedan fijadas exactamente como yo las he concebido. Negro sobre blanco (o en ceros y unos en una pantalla), sin editores que recorten párrafos, sin titulares trampa y sin manipulaciones de última hora.
También, al ir aumentando el número de seguidores en las redes y lectores de este blog, podría haber tomado el camino fácil. Ese que recorren casi todos los predicadores de la innovación a los que critico semana sí y semana también. Es un negocio redondo. Te autoproclamas influencer educativo, montas una academia privada para sablear a los compañeros interinos que se dejan la piel preparando oposiciones, o te dedicas a recorrer el país cobrando jugosas dietas por dar charlas motivacionales en horario lectivo mientras dejas a tus alumnos tirados en el instituto.
No he cobrado un solo euro por dar una ponencia. Tampoco por asesorar a administraciones o a entidades privadas, ni por participar en tinglados donde se venden recetas mágicas. Y cuando he escrito libros, los he dejado al alcance de cualquiera a coste cero, salvo periodos puntuales por querer tener algunos en papel para repartir gratuitamente entre amiguetes.
El motivo de todo lo anterior es muy simple. El día que aceptas el primer sobre o la primera transferencia de una editorial, de un sindicato, de un partido o de una empresa del sector, te has comprado un bozal. Te has convertido en un estómago agradecido.
No os podéis imaginar tampoco (o quizás sí) la cantidad de propuestas comerciales que entran a la semana en el correo de XarxaTIC.
Correos amables de agencias de marketing ofreciéndome sumas muy golosas por colar artículos invitados que hablen maravillas de su última herramienta, multinacionales tecnológicas que me proponen patrocinar entradas a cambio de recomendar sus tabletas para el aula, o empresas de software educativo dispuestas a pagar por una buena reseña.
Hablamos de ofertas que me resolverían más de un capricho y me darían un dinero facilísimo. Pasta por la cara, simplemente por prestar este altavoz.
Todas, absolutamente todas, terminan en la papelera de reciclaje sin contemplaciones. El día que venda una sola línea de este blog para colaros publicidad encubierta de una plataforma comercial, este blog habrá perdido todo su sentido. Prefiero apagar el servidor antes que convertirme en el escaparate de ningún mercader de la educación.
Lo único que vais a ver al final de los artículos es un pequeño botón de donaciones voluntarias. Sin trampas, sin contenidos cerrados bajo llave, sin suscripciones de pago ni áreas VIP. Todo lo que publico aquí es y seguirá siendo abierto, libre y gratuito para cualquier docente, familia o ciudadano que quiera leerlo.
Ese botón no financia mis vacaciones ni ningún lujo personal. Cumple una función estrictamente práctica. Pagar la factura del servidor y el dominio para que el blog no se caiga cuando un artículo se mueve masivamente en redes, y permitirme comprar libros de ensayo, pagar suscripciones a revistas especializadas y acceder a publicaciones con las que seguir destripando el sistema con datos en la mano.
El que quiere invitarme a un café virtual porque aprecia el tiempo que le dedico a esto, lo hace con total libertad. El que no quiere o no puede, sigue leyendo exactamente lo mismo, sin restricciones de ningún tipo.
Escribir sin pelos en la lengua en el mundo educativo se paga caro. Te ganas enemistades en los despachos, miradas de reojo de quienes viven del cuento y presiones más o menos sutiles para que bajes el tono.
Pero tiene una contrapartida que no se paga con todo el dinero del mundo. La tranquilidad absoluta de acostarme cada noche sabiendo que no le debo un favor a nadie.
No le debo nada a ningún político, no le debo una factura a ninguna multinacional tecnológica, no le debo pleitesía a ninguna editorial, no salgo en programas de televisión a hacer el juego a nadie y no le he sacado un duro a un compañero desesperado por aprobar una oposición. Lo único que me mueve es la defensa a ultranza de la escuela, la dignidad del trabajo en el aula y el respeto por los chavales.
Siento decepcionar a los que siempre buscan la trampa o el interés oculto detrás de este blog. No hay negocio, no hay chiringuito y no hay trampa ni cartón. Solo hay un docente con un teclado, muchas cosas que decir y la libertad innegociable de no deberle nada a nadie.
Por cierto, no pasa nada por preparar oposiciones, ni por hacer reseñas de productos, ni por participar en tertulias. No pasa nada por conseguir ganar un dinero extra hablando de lo que uno sabe. El problema es que, por desgracia, meter el dinero por medio hace que, salvo que quieras ser cancelado o que no te llamen más, tengas que morderte la lengua en ocasiones y ser demasiado suave en tus apreciaciones. Hay profesionales que ganan dinero con la educación. Chapó por ellos. Chapó por aquellos que lo hacen para mejorar la educación. Chapó por esos que saben colar cosas muy interesantes en un negocio que mueve cientos de millones de euros.
Finalmente deciros que nadie sabe qué hará en un futuro con su vida. Todo el mundo puede cambiar de opinión. Eso sí, ya os digo yo, que si en alguna ocasión lo hago, será porque el beneficio de lo que haga será mayor del que reciba.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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