Los centros educativos no son platós de las redes sociales
Siendo sincero, estaba preparando otro artículo sobre la enésima burrada que está planteando una administración educativa que conozco bastante bien, pero he decidido tirar los borradores a la papelera. Hay algo que me está quemando más que la disfunción ejecutiva de la administración. Me estoy refiriendo al espectáculo bochornoso que estamos dando nosotros mismos. Entras a Instagram o TikTok y lo que ves en los centros educativos ya no es trabajo, es un teletienda de egos donde el pasillo de colegios e institutos ha sido sustituido por un plató de las redes sociales.
Lo que voy a soltar hoy no es un análisis de leyes, ni una queja al uso. Es un aviso a navegantes para todos aquellos que han olvidado que la tarima tiene una dignidad, un peso y una responsabilidad que no se mide en likes.
El fin de curso ha desatado una oleada de vídeos que provoca un sonrojo difícil de digerir. Docentes -con plaza, interinos o en prácticas, además de los de la privada- grabándose en los pasillos, en la sala de profesores o incluso dentro de las aulas, realizando coreografías ridículas, saltando frente a la cámara y haciendo playback para gritarle al mundo que se van de vacaciones.
Es un espectáculo dantesco. Mientras algunos estamos intentando hablar de la cantidad de trabajo que supone el cierre de curso, muchos equipos directivos intentan cuadrar las plantillas entre recortes y burocracia, y se dobla el lomo para cerrar los expedientes académicos y las memorias, estos personajes dedican tiempo de su jornada laboral a hacer mamarrachadas y ensayar el bailecito de moda. Han confundido un centro de enseñanza con el plató de un programa de televisión para redes sociales. Pero el problema no es solo que lo hagan. El problema es el mensaje que lanzan a una sociedad que ya nos mira con lupa. Un mensaje que insinúa, aunque no sea cierto, que a los docentes nos sobra el tiempo una vez que el alumnado ha desaparecido de los centros. Que las mañanas de junio han sido un parque de atracciones y que la mayor preocupación de un docente es acertar con la tendencia del algoritmo de la red social de turno.
Si creéis que el fondo del pozo se alcanzaba con los vídeos para decir, con flotador o sin él, los docentes se van de vacaciones, os equivocáis. Ayer mismo presencié el delirio definitivo. Dos maestras que, en pleno cierre de curso, deciden usar la fotocopiadora del centro -pagada con los presupuestos públicos- para fotocopiarse la cara a tamaño real y repartir sus autorretratos en papel entre el resto de compañeros del claustro como si fueran cromos. Aberraciones que se publican tanto en redes sociales privadas de cada uno como en las cuentas de redes sociales de los centros educativos en los que trabajan.
¿En qué momento se nos fue la cabeza? ¿En qué punto sustituimos el rigor profesional por este egocentrismo pueril? Que un adulto con titulación universitaria considere que el mejor uso de los recursos de un centro educativo es multiplicar su propio rostro para hacer la gracia del día demuestra que hay gente a la que le falta alguien al volante en su cabeza. Es el triunfo definitivo de la cultura del yo convertida en la guardería de los egos docentes.
A mí esto me toca la fibra de una manera muy directa. Vengo de una familia donde la educación no era un trabajo, sino una forma de vida. Jamás, ni mi madre ni mi padre, ambos docentes de profesión, hubieran participado en este ridículo espantoso. Vivieron la escuela de otra manera, donde el respeto se ganaba con el conocimiento dentro del aula y la seriedad fuera de ella. Tenían claro que la sala de profesores era un lugar de debate técnico, no una pista de baile. Siguiendo su ejemplo, yo tampoco lo he hecho nunca ni se me pasaría por la cabeza degradar mi profesión delante de una pantalla para mendigar la aprobación de cuatro desconocidos. Hay líneas rojas que no se cruzan por puro pudor profesional.
Luego nos echamos las manos a la cabeza cuando una familia nos falta al respeto, cuando la administración nos ningunea o cuando los gurús de chichinabo nos insinúan que somos incapaces de gestionar un aula. ¿Cómo nos van a respetar si nosotros mismos dinamitamos nuestra autoridad profesional para conseguir el aplauso de internet?
La autoridad docente no se recupera solo con decretos; se defiende manteniendo la dignidad del puesto. Un aula es un espacio sagrado de transmisión de conocimiento, no el camerino de un creador de contenido. A los aludidos que se sientan retratados les escocerá el café de mañana. Me da exactamente igual. El que quiera un plató, que se apunte a un casting. El que quiera ser creador de contenido, que pida la excedencia. Pero mientras cobremos de los presupuestos del Estado, los centros educativos se respetan. Y todas esas gilipolleces las dejamos, si queréis hacerlas, para vuestra vida personal una vez cumplido vuestro horario laboral porque hacéis muchísimo daño a la profesión.
Finalmente deciros una cosa a aquellos que consideréis que por hacer esta crítica soy un amargado. No lo soy. Soy, simplemente, alguien que respeta la profesión. Esta y cualquiera de esas profesiones de servicio público. Ya me cabreé suficiente con los sanitarios haciendo el (…) en sus centros sanitarios, mientras teníamos a personas muriendo, para no poder cabrearme con algunos elementos de mi propio colectivo. Creo que tengo todo el derecho de hacerlo y si a alguien no le parece bien tiene todo el derecho, al igual que tengo yo de criticarlo, de decírmelo.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Me sumo a lo dicho porque además de coincidir en pensamientos y reflexión he vivido la docencia como dices porque mis padres también han sido de esta profesión , nada que ver con lo que se vive ahora. Debería estar prohibido para los docentes ,como se le prohíbe al alumnado, publicar imágenes o vídeos en los centros educativos. Seamos «do(e)centes» con lo nuestro, por favor.
Bon dia. Molta raó en el fet que uns quants docents utilitzen la plataforma de llançament que són les xarxes socials pel lluïment personal. A més, no han treballar per tenir un plató o un escenari: els oferim (ho paguem entre tots i totes) els platós dels centres educatius.
Un afegit: massa sovint, les sales de profes es converteixen en l’espai de “critiqueo” del docent que en aquell moment no és present. I deixen de ser un espai de convivència que hauria de ser amigable.