Aman tanto la docencia que solo buscan excusas para largarse del aula

Hay un colectivo entrañable en este circo educativo que ha elevado la hipocresía a la categoría de bellas artes. Son los apóstoles del postureo, los profetas de la docencia maravillosa, los pesados de la pedagogía del oprimido y los misioneros del cambio de paradigma. Te explican en redes sociales, en la prensa adicta a su ideología, en los libros de autoayuda pedagógica que publican cada primavera y en las conferencias pagadas, normalmente, con dinero público, lo sublime que es enseñar, la magia de conectar con la mirada del chaval y lo gratificante que resulta transformar vidas desde la pizarra.

Tienen un pequeño matiz que los diferencia de la peña que está pasando fatigas a pie de aula. Hacen absolutamente todo lo posible por no pisar un aula en su vida. Y, en caso de deber pisar un centro educativo, buscan el acomodo donde más reducción horaria haya y menos horas lectivas tengan que hacer.

Esta mañana lo he lanzado en X con una pregunta que, seguramente, levantará los sarpullidos habituales entre la corte de palmeros y estómagos agradecidos…


Es la paradoja definitiva de la biología escolar. Si dar clase es la profesión más bonita del mundo, ¿por qué los mayores predicadores de su grandeza huyen del aula como si tuviera la peste bubónica?

No falla. El perfil del vendedor de crecepelos pedagógico de turno es siempre el mismo. Un docente en activo sobre el papel, pero cuya agenda laboral se parece más a la de una orquesta de pueblo en fiestas de agosto que a la de un docente de aula.

Dan charlas en tres congresos por semana, participan en mesas redondas en horario lectivo, firman libros a media mañana patrocinados por alguna editorial ávida de casquería metodológica y ofrecen talleres de pedagogía emocional a trescientos kilómetros de su centro. Mientras tanto, sus compañeros hacen encajes de bolillos para cubrir sus guardias, comerse las sustituciones y frenar la deriva de un alumnado que ya no sabe si su profesor titular existe o es un holograma generado por Inteligencia Artificial.

Dejan tirados a sus chavales un martes cualquiera para ir a explicarle a otros docentes cómo hay que atender a los chavales los martes. La incoherencia es de una magnitud galáctica, pero en el mercadillo de la innovación educativa nadie se pone colorado porque aquí todo el mundo vive de vender la misma moto.

El espectáculo no se acaba en la gira de conferenciantes. Se extiende como una mancha de aceite a las estructuras directivas de los centros, donde el nivel de caradura de algunos roza el delito social.

Todos conocemos al típico personaje que se tiró diez años dando la chapa en la sala de profesores contra la burocracia, la figura del director autoritario y el peligro de los liderazgos mesiánicos. Sin embargo, en cuanto se le pone a tiro una plaza en el equipo directivo, se atrincheran en el despacho… y de ahí no los sacas ni con aguarrás. Enseñan las garras si se sugiere volver a dar clase a tiempo completo y acumulan mandatos con una voracidad que haría sonrojar a cualquier dictadorzuelo de república bananera.

En Cataluña, por ejemplo, se ha asistido a escenas de un cinismo verdaderamente repugnante con el famoso decreto de plantillas y la selección de docentes. Quienes cuando estaban a pie de aula chillaban contra la arbitrariedad de la administración y exigían con vehemencia que la escuela pública se rigiera por la transparencia de la lista de méritos y la antigüedad, sufren un amnesia fulminante en cuanto pisan la dirección. De la noche a la mañana, la colocación a dedo de las plantillas por parte del director pasa a ser un instrumento maravilloso de autonomía de centro y proyecto educativo. La dignidad y los principios les duran exactamente lo que tardan en cambiar la tiza por el silloncito.

Esta esquizofrenia entre el sermón público y la vida privada alcanza su cima de podredumbre cuando salimos del centro educativo y miramos a la política institucional.

Es la misma lógica miserable de quienes defienden con apasionada vehemencia la excelencia, la equidad y los milagros de la escuela pública hiperinclusiva desde sus tribunas de prensa o sus escaños en el Congreso, para luego matricular corriendo a sus propios hijos en elitistas colegios privados (con concierto o no). Esos donde hay disciplina, ratios reducidas, exigencia académica y ni un solo experimento sociológico de los que ellos mismos imponen a los hijos de la clase trabajadora.

El caso de Pablo Iglesias e Irene Montero llevando a sus hijos a la enseñanza privada es solo el síntoma más estridente y chusco de una epidemia de moralina institucional. Exigir al pueblo llano que comulgue con las bondades de un sistema público destruido por sus propias leyes, mientras aseguran para su prole la educación acorazada que solo el talonario puede pagar. Y ojo, sigue habiendo personas que lo defienden, lo comprenden y lo justifican.

Resulta francamente vomitivo ver cómo la educación se ha convertido en un escaparate de vanidades donde los que más pontifican son los que menos sufren la realidad de las aulas masificadas, el papeleo infumable y la devaluación salvaje del nivel.

Si de verdad la docencia a pie de aula es tan maravillosa, tan transformadora y tan prioritaria, hagamos un ejercicio elemental de honestidad brutal. Que los que defienden ese trabajo maravilloso paguen el micrófono del congreso, cancelen la gira de charlas en horario escolar, renuncien a la liberación presupuestaria, dejen de colocar a sus amiguetes a dedo y vuelvan al aula el lunes a las ocho de la mañana a corregir exámenes a mano y a lidiar con treinta chavales.

No es malo decir que el aula, en este momento, se ha convertido en algo insoportable y, para algunos, un lugar donde no se está cómodo. No pasa nada por querer abandonarla o cambiar de opinión acerca de lo que supone la docencia en la actualidad. El problema es la hipocresía que he comentado en este artículo. Una hipocresía a la que podríamos muchos poner nombres y apellidos.

Finalmente deciros, a los que me queráis señalar por haber abandonado el aula en momentos puntuales, recordaros que jamás he dejado de atender a mi alumnado cuando he estado en el aula ni, en los últimos tiempos, he dicho que la docencia fuera una especie de fin sagrado incomparable con cualquier otra cosa. Así que, a aquellos que os duela este artículo porque os sentís señalados con razón, deberéis buscar algo más que vuestro ad hominem favorito.

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