El verdadero sueño del docente actual es dejar de dar clase

Vamos a quitarnos la careta de una vez y a dejarnos de poesías románticas sobre la vocación docente. Ya sabéis que a mí me gusta hablar claro, sin hipocresía ninguna y sin ningún tipo de tapujos. Por eso, en agosto de 2026, voy a decir, sin ningún atisbo de duda, que el verdadero sueño del docente actual es dejar de dar clase.

No hace falta esconderse. No pasa nada por admitirlo. Es el reflejo exacto de un sistema agotado, de una administración tóxica y de un alumnado que, seamos sinceros, quema viva la salud mental de cualquiera. Pero el fenómeno está ahí, a la vista de todos, aunque en los congresos y debates en los medios se prefiera mirar para otro lado mientras algunos, normalmente los que han huido hace tiempo o tienen más ganas de huir del aula, se llenan la boca con la pasión por enseñar.

La realidad del aula es que dar clase a niños y adolescentes se ha convertido en una actividad de alto riesgo emocional, y la verdadera carrera profesional del docente español se resume hoy en un manual de instrucciones para dar las menos horas de clase posibles a la semana.

El deseo de escapar del barro lectivo no es una excepción, sino una constante que atraviesa a claustros enteros. La desesperación de quien ya no aguanta la presión del grupo-clase ni la tonelada de burocracia infame endosada por la administración no busca formaciones ni recetas mágicas de innovación. Busca, simple y llanamente, una vía de auxilio administrativo para ser reubicado lejos del alumnado.

Una de las escapatorias más codiciadas es la travesía hacia los Centros de Formación del Profesorado, las plazas de Asesores Lingüísticos, los Centros de Educación a Distancia, los Equipos de Apoyo Psicopedagógico o, directamente, en la propia administración para hacer trabajo puramente administrativo. Conseguir una adscripción o una comisión de servicio en estos nichos permite cambiar la brega diaria con treinta niños o adolescentes por la tranquilidad de la gestión de cursos, el diseño de programas o el trabajo de oficina para adultos. Y cuando los períodos en estos puestos caducan, la prioridad absoluta de quienes los han disfrutado no es volver con alegría a su centro educativo, sino encadenar la siguiente solicitud en cualquier otro sitio con tal de no regresar a la tiza.

En esta carrera por el repliegue, la vía de la liberación sindical sigue siendo un clásico imbatible. Jamás ha costado encontrar candidatos dispuestos a dar el paso hacia la liberación plena. Es la salida perfecta para amortiguar el desgaste. El sueldo intacto, las horas de aula reducidas a cero y la garantía de estar al abrigo de las dinámicas del centro mientras se gestionan papeleos o se acude a mesas de negociación.

Pero en los últimos años ha irrumpido una nueva modalidad de huida que añade un incentivo destructivo. Me estoy refiriendo al salto al circuito de influencer educativo y creador de contenido. La red se ha llenado de minillados de la pedagogía que descubrieron que pontificar sobre la empatía, vender materiales en PDF o dar charlas de motivación no solo ahorra el calvario anímico de aguantar la trinchera diaria, sino que resulta infinitamente más lucrativo. Salir del aula para dedicarse a vender humo pedagógico a la misma administración que te asfixiaba o a compañeros desesperados permite complementar el sueldo -o multiplicarlo- a costa de hablar sobre dar clase sin tener que soportar a los alumnos en directo.

Paralelamente, dentro de los propios centros educativos se desata una guerra silenciosa por el mercadeo de las reducciones horarias. Las jefaturas de departamento, antaño vistas como una carga burocrática, hoy se disputan a dentelladas por sus horas de descuento, del mismo modo que se multiplican las coordinaciones variopintas de bienestar, digitalización o innovación para rascar minutos al horario lectivo. Esta dinámica alcanza su cénit en los propios equipos directivos, que acumulan incrementos en sus reducciones horarias bajo el argumento de la complejidad organizativa, logrando el hito de pisar el aula un número testimonial de horas a la semana. Y no entro en los inspectores ni en los que saltan a la universidad, para investigar y dar clase de forma más tranquila. Hay casuísticas para aburrir.

Analizar esta realidad sin rodeos no es un ataque a los docentes, sino el diagnóstico de una enfermedad terminal del sistema educativo. Si las salidas profesionales alternativas triunfan no solo porque salvan la salud mental, sino porque además llenan el bolsillo sin el desgaste del aula, el problema no reside en la pereza individual, sino en la degradación absoluta del espacio escolar.

El aula se ha transformado en una trituradora de personas. La pérdida sistemática de autoridad, la presión desmedida de algunas familias, la masificación de las ratios, la burocracia infame e inútil y la imposibilidad real de exigir el menor esfuerzo han convertido la docencia en un ejercicio de pura resistencia física y psicológica.

La gente no huye de la tiza por falta de profesionalidad. Huye porque el aula se ha vuelto un entorno hostil donde enseñar es lo último que se permite hacer.

Llamemos a las cosas por su nombre y dejémonos de eufemismos. La prioridad de una parte sustancial de la plantilla no es innovar, ni aplicar el DUA, ni digitalizar asignaturas. La prioridad número uno de la carrera docente en España es diseñar la estrategia perfecta para jubilarse habiendo pisado la clase lo justo y necesario. Y viendo el panorama diario en los centros educativos, es lo más normal.

¿Es un artículo duro el de hoy? Sí. Pero, por favor, antes de criticarlo, revisad si estoy mintiendo en algo de lo que estoy diciendo. Sin hablar de realidades es imposible mejorarlas o solucionarlas porque, la sangría de las aulas de muchos profesionales o la aspiración masiva a huir de ellas, es algo que nos debería preocupar a todos.

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