Si hoy volviéramos a la escuela de los 80, la mayoría de nuestro alumnado actual suspendería

Cada vez que alguien suelta que «antes sí que había nivel», suele aparecer un coro de asentimientos nostálgicos. La EGB como sinónimo de rigor. Los exámenes largos como prueba irrefutable de calidad. La disciplina como pilar perdido de la civilización occidental.

Pero la conversación interesante no está en repetir el mantra. Está en hacerse una pregunta incómoda. Y la pregunta es qué pasaría si trasladáramos al alumnado actual, sin adaptación alguna, a un aula de los años 80.

Probablemente muchos suspenderían. No porque sepan menos. Sino porque el contexto, las reglas y las expectativas eran otras.

Ahora bien, reconocer eso no implica afirmar que todo en la escuela de los 80 fuera peor. Sería tan simplista como idealizarla. De hecho, había cosas que funcionaban mejor. Y una de ellas, paradójicamente, tenía que ver con la libertad.

La escuela de los 80 era más rígida en lo formal. Clases unidireccionales (mezcladas con mucha maestría por parte de gran número de docentes), libro de texto como eje, evaluación centrada en exámenes memorísticos. Había menos debate metodológico y menos personalización.

Sin embargo, el entorno vital del alumnado era, en muchos casos, menos asfixiante.

Al salir del centro, el instituto desaparecía hasta el día siguiente. No había plataformas digitales con tareas colgadas a cualquier hora. No existía la hiperconectividad permanente. Nadie llevaba en el bolsillo un dispositivo que mezclara apuntes, comparaciones sociales constantes y presión académica amplificada.

El alumnado estudiaba, sí. Pero también desconectaba de verdad.

Hoy esa frontera es mucho más difusa. El aula no termina a las dos de la tarde. Continúa en grupos de mensajería, en plataformas educativas, en redes sociales donde la comparación es constante. La presión ya no es solo académica; es también social y emocional.

Si hay un símbolo claro del cambio de clima es segundo de Bachillerato.

En los 80 también existían exámenes exigentes y pruebas de acceso a la universidad. No era un camino fácil. Pero el relato colectivo no estaba tan cargado de dramatismo permanente.

Hoy segundo de Bachillerato se vive, en demasiados casos, como una carrera contrarreloj donde cada nota parece definir el futuro entero de una persona de 17 o 18 años. La EBAU se convierte en un horizonte casi épico. La palabra «fracaso» se pronuncia con demasiada ligereza.

La presión no viene solo del sistema. Viene de expectativas familiares, comparaciones constantes, rankings implícitos, orientación académica temprana y la sensación de que cualquier paso en falso es irreversible.

Eso pesa. Y pesa mucho más en una generación que, además, convive con mayores tasas de ansiedad declarada y malestar emocional que hace décadas. No porque antes no existieran problemas, sino porque el contexto social y tecnológico es radicalmente distinto.

Hay un aspecto que rara vez se menciona cuando se habla de la escuela de los 80… la autonomía cotidiana.

El alumnado se movía con mayor libertad física. Iba y volvía solo al centro con más naturalidad. Pasaba horas en la calle sin supervisión constante. Gestionaba su tiempo con menos microcontrol adulto. Esa libertad no era perfecta ni idílica, pero generaba una relación distinta con la responsabilidad. Se cometían errores, claro. Pero se aprendía también desde esa autonomía.

Actualmente el entorno es más protector, más planificado, más supervisado. Las agendas están llenas de actividades. Los tiempos están estructurados. Las decisiones importantes parecen adelantarse cada vez más. No es necesariamente peor. Es diferente. Pero tiene consecuencias en cómo se vive la escolarización.

Si el alumnado actual aterrizara en un examen típico de los 80, muchos tendrían dificultades. No porque carezcan de capacidad, sino porque su entrenamiento cognitivo ha evolucionado hacia otras habilidades. Del mismo modo, muchos adultos formados en los 80, especialmente ese porcentaje sin estudios básicos, tendrían problemas si tuvieran que adaptarse sin preparación a determinadas exigencias digitales y competenciales actuales.

Cada sistema entrena para su tiempo. El error es pensar que uno es intrínsecamente superior al otro sin analizar el contexto en el que surgió.

La escuela de los 80 tenía fortalezas. Tenía una mayor desconexión digital, menos presión mediática, más libertad cotidiana para el alumnado. También tenía limitaciones evidentes en inclusión, atención a la diversidad y comprensión de determinados procesos emocionales.

La escuela actual tiene herramientas impensables hace cuarenta años, mayor sensibilidad hacia la salud mental y un enfoque más amplio del aprendizaje. Y, al mismo tiempo, convive con una presión estructural y social que en ocasiones resulta excesiva. Sin olvidar, claro está, la aparición e implementación de demasiadas, mal llamadas «innovaciones», que lo único que hacen es encubrir realidad con falsificaciones en la recogida sesgada de datos, destrozando el futuro de miles de alumnos.

El debate interesante no es decidir qué década fue mejor. Es preguntarnos qué podemos rescatar de aquella sensación de libertad y menor asfixia sin renunciar a los avances logrados.

Porque quizá el verdadero reto no sea recuperar los exámenes de antes. Quizá el reto sea recuperar cierta calma. Y, lo que es más importante, abandonar el debate del «antes» frente al «ahora» porque la nostalgia nunca es buena consejera. Salvo, claro está, cuando algunos solo vivan muy bien ahora del pasado ignorando el presente.

Finalmente, una cuestión… ¿os habéis dado cuenta de que cuando a algunos les faltan evidencias o saber de educación, siempre acaban hablando de forma peyorativa de la EGB, alimentando un falso recuerdo que, curiosamente, solo es el suyo? E insisto, la EGB ni tan bien… ni tan mal.

No me pidáis más coherencia en el redactado a estas horas porque, por desgracia, mi coherencia literaria va al mismo ritmo que la puesta de calles. Y a esta hora siguen sin haberse puesto.

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