La Colectividad y la pedagogía de la incompetencia útil

Irene no era una excepción dentro de La Colectividad. Era, más bien, su expresión más pura. Bibliotecaria sin biblioteca, mediadora sin lecturas, dinamizadora sin contenido. No sabía mucho pero sabía exactamente qué no debía saber. Y eso, en aquel ecosistema, era una competencia central.

Su trabajo consistía en vaciar palabras de significado y volverlas seguras. Los libros le incomodaban. No por dificultad, sino por imprevisibilidad. Un libro leído de verdad puede llevarte a un sitio no consensuado. Irene prefería hablar de lectura como experiencia, como derecho, como proceso. Nunca como contenido.

Manuel Rafael entendió rápido su valor. Ella no discutía. No matizaba. No preguntaba. Repetía. Amplificaba. Defendía con torpeza, pero con fe. Y la fe, cuando es acrítica, es más útil que la inteligencia.

Irene no tenía cultura, pero tenía marco. No había leído a casi nadie, pero citaba conceptos con la seguridad de quien nunca ha contrastado nada. Confundía términos, mezclaba autores, simplificaba ideas complejas hasta dejarlas irreconocibles. Nadie la corregía. Corregir era violento.

En La Colectividad, Irene era intocable. No porque supiera, sino porque representaba. Representaba inclusión, representaba cuidado, representaba esa mediocridad cómoda que no incomoda a nadie porque no desafía nada. Su ignorancia no era un defecto… era una garantía.

Manuel Rafael empezó a usarla como extensión. Cuando él no podía estar, Irene estaba. Cuando él hablaba, Irene asentía. Cuando él era criticado, Irene intervenía en redes con mensajes torpes, llenos de errores conceptuales, pero moralmente alineados. No convencía a nadie, pero agotaba.

Ella no entendía bien qué defendía, pero sabía a quién. Y eso bastaba.

La relación entre ambos no tenía erotismo ni complicidad intelectual. Tenía utilidad. Irene le ofrecía devoción sin preguntas. Manuel Rafael le ofrecía pertenencia sin exigencias. Era un pacto tácito. Ella no pensaba; él no se sentía solo.

En reuniones, Irene hablaba mucho sin decir nada. Ocupaba tiempo. Su especialidad era el rodeo. Cuando alguien pedía concreción, ella introducía sensibilidad. Cuando alguien hablaba de evidencias, ella hablaba de contextos. Siempre desviaba. Siempre suavizaba. Siempre estropeaba cualquier posibilidad de rigor.

Manuel Rafael la llevaba a charlas porque era perfecta para la foto. No aportaba nada, pero tampoco restaba. Era el perfil ideal para mostrar diversidad sin riesgo intelectual. Nadie esperaba nada de ella, y ella cumplía exactamente eso.

En el proyecto interinstitucional, Irene fue incluida por inercia. No redactaba bien. No analizaba nada. Pero sabía moderar. Y moderar, allí, significaba neutralizar. Su papel era impedir que alguien dijera algo demasiado claro.

Manuel Rafael empezó a darse cuenta de que Irene no era una pareja… era una infraestructura. Un amortiguador. Una coartada ética. Con ella cerca, cualquier crítica a él sonaba más fea. Más agresiva. Más problemática.

Nunca hablaron de libros compartidos. Nunca discutieron una idea. Nunca se llevaron la contraria. No había conflicto porque no había pensamiento. Irene confundía consenso con verdad y Manuel Rafael no tenía ningún interés en corregirla.

Cuando él dio el salto hacia la universidad, Irene lo celebró como un triunfo colectivo. No entendía bien qué iba a enseñar, pero daba igual. Enseñar era secundario. Lo importante era ocupar espacio. Ella siguió siendo útil. Compartía, defendía, denunciaba, señalaba.

Manuel Rafael sabía que Irene no habría sobrevivido fuera de La Colectividad. Sin el marco, sin el lenguaje aprendido, sin la moral prefabricada, no quedaba nada. Y precisamente por eso era tan valiosa dentro.

No era una compañera brillante. Era algo mejor… una creyente sin fisuras.

Y en un ecosistema donde pensar se había vuelto peligroso, personas así no acompañan: aseguran el perímetro.

Manuel Rafael no la amaba. La necesitaba.

E Irene, fiel, siguió ahí. Defendiendo una educación que no comprendía y atacando a quienes sí se dejaban la piel en ella.

Dentro de La Colectividad, eso también contaba como mérito.

Recordad, como digo siempre que, a veces, escribo ficción educativa. Este es uno de esos casos. Si os sigue interesando este tipo de ficción acerca de La Colectividad, no dudéis en comentar, por aquí o por las redes, diciéndomelo. Ya existen tres relatos previos (que os enlazo a continuación) y, a lo mejor, se vendrá el quinto. Quién sabe… ya que depende, en parte, de vosotros.

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