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Gobierno y oposición se hacen los despistados tras el peor descalabro educativo valenciano de la historia

Ha pasado ya el tiempo suficiente para que el polvo se asiente, la polvareda mediática se disipe y los responsables públicos hayan tenido margen de sobra para analizar las cifras, encargar informes y, en un país mínimamente serio, haber comparecido a petición propia para dar explicaciones urgentes.

Permitidme hoy hablar específicamente de la Comunitat Valenciana y del certificado oficial del naufragio que nos ha mostrado los resultados del Informe PISA.

Los datos no admiten maquillajes ni gráficos creativos. Descalabro absoluto en comprensión lectora, matemáticas en caída libre y una capacidad de razonamiento analítico que sitúa a las aulas valencianas en los vagones de cola del país. Un estropicio histórico que certifica el fracaso de años de experimentación metodológica, burocracia desatada y vaciamiento de contenidos.

Pero lo verdaderamente escandaloso no es ya el hundimiento en los resultados. Lo verdaderamente obsceno, lo que causa un sonrojo que raya en la náusea, es la respuesta institucional que ha seguido a la tragedia… un silencio clamoroso, cobarde y perfectamente coordinado.

En cualquier administración con un mínimo de dignidad democrática y sentido de la responsabilidad pública, un batacazo de esta magnitud habría provocado la comparecencia inmediata y a petición propia de la máxima responsable de la Conselleria de Educación. Un análisis al detalle, una asunción de deficiencias y, sobre todo, la presentación fulminante de un plan de choque de emergencia.

¿Qué hemos tenido en la Comunitat? La nada. Silencio total. Cero explicaciones. Ni una sola medida de choque. Ni un gabinete de crisis. Ni un triste análisis técnico a pie de aula. La estrategia de la Conselleria ha sido la del avestruz. Han metido la cabeza bajo la moqueta, han dejado pasar los días y deben estar esperando a que el ruido de las redes sociales se apague para seguir repartiendo carpetas con fotos corporativas y titulares de escaparate.

Parece ser que el colapso en la capacidad de nuestros alumnos para entender un texto complejo o resolver una ecuación no merece ni una hora de debate en la agenda de los despachos valencianos.

Pero si la actitud de la Conselleria es de una irresponsabilidad sonrojante, el papel de la oposición política no se queda atrás. ¿Dónde están las exigencias de comparecencia urgente? ¿Dónde están las comisiones parlamentarias de investigación? ¿Dónde está la presión asfixiante sobre el Consell para exigir responsabilidades por la ruina académica?

Tampoco están. Y no están por una razón muy sencilla y profundamente cínica. Nadie en la cámara quiere abrir ese melón porque todos tienen las manos manchadas del desastre.

Exigir cuentas sobre el desplome de PISA obligaría a la oposición a fiscalizar un modelo educativo que ellos mismos impulsaron, diseñaron o aplaudieron durante años. Exigir rigor, contenido y evaluación seria significaría admitir que la pedagogía del postureo, los proyectos de escaparate y la devaluación del esfuerzo han sido un fiasco monumental. Prefieren el silencio complaciente, el perfil bajo y la bronca política superficial antes que tocar el tabú de la educación. Es el gran pacto no escrito de la política valenciana. Un pacto que dice que no debe hablarse del naufragio del aula no vaya a ser que tengamos que explicar nuestra parte de culpa.

Y mientras el barco se hunde y la tripulación mira para otro lado, ¿qué hace el President de la Generalitat?

El máximo mandatario autonómico parece tener la cabeza en menesteres infinitamente más acuciantes para su supervivencia personal. En lugar de coger el toro por los cuernos, exigir responsabilidades a su gabinete y liderar un giro de 180 grados para salvar la enseñanza pública valenciana, el President anda ocupadísimo en las cuotas internas, las fotos de partido y el aseguramiento de los apoyos necesarios para que lo ratifiquen como candidato en el próximo congreso.

El futuro académico de cientos de miles de chavales valencianos puede esperar. El cálculo de sillones, la agenda orgánica y el postureo electoral no. Es la radiografía perfecta de la prioridad política. La educación solo importa si da votos en campaña o si sirve de fondo para una foto con niños sonrientes. Cuando la realidad de los datos desmonta la propaganda, pasa automáticamente al cajón de los asuntos molestos.

Lo que esta casta política no parece entender -o prefiere ignorar- es el daño social irreversible que están consumando.

El hundimiento de los resultados en la escuela valenciana afecta por igual a todo el mundo. Quienes pagan la factura del descalabro de PISA y del silencio gubernamental son los hijos de los ciudadanos de Castellón, Valencia y Alicante. Los chavales que acuden a la escuela confiando en que el conocimiento y el estudio valgan de algo, por desgracia, son los más perjudicados.

Les están entregando un sistema educativo gripado, vaciado de contenidos y protegido por una clase política a la que el futuro de la enseñanza le importa exactamente cero. A la oposición le conviene el silencio y al President le pesan más sus opciones de ser candidato y poder seguir saliendo en esas fotos que tanto le gustan.

Mientras tanto, en las aulas reales, los docentes siguen achicando agua en un barco al que los capitanes, sin título y sin capacidad de gobernar nada, han decidido dejar a la deriva. Sin explicaciones, sin medidas y sin vergüenza.

Me esperaba otra cosa de los que gestionan actualmente la educación valenciana. Me esperaba otra cosa de la oposición. Me esperaba, como mínimo, que alguien dijera algo pero, por lo visto, son más importantes los áticos de otra Comunidad, los viajes institucionales (como más lejos, mejor) o, simplemente, las elecciones que se van a realizar en breve en la Comunitat Valenciana. Es que cómo se puede comparar la educación con ganar unas elecciones. Los sillones siempre han sido mucho más importantes para la mayoría de los que optan a ellos, tanto para los que quieren recuperarlos como para los que no quieren soltarlos. Los alumnos, docentes y familias… ¡qué se jodan!

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Un comentario

  1. ¿Y los claustros se sienten responsables de algo? ¿las directivas? ¿los departamentos? ¿los profesores a título individual? ¿o los sindicatos? ¿Hay alguien que no escurra el bulto?

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