La Colectividad y la Pedagogía del Bucanero

La Colectividad no tardó en organizar charlas. Siempre organizaba charlas. Era su forma favorita de existir. No necesitaban aulas, solo auditorios. No necesitaban alumnos, solo público. La última moda se llamaba Pedagogía del Bucanero y Manuel Rafael la acogió con entusiasmo casi religioso.

La Pedagogía del Bucanero no consistía en enseñar nada concreto. Consistía en narrar la enseñanza como una aventura moral. El docente ya no era profesor, era explorador. El currículo, un mapa antiguo que debía ser reinterpretado. El alumno, una tripulación diversa con derecho a amotinarse si algo le incomodaba. A excepción, claro está, que a algún alumno le interesara aprender y no comulgara con una determinada ideología.

En la charla inaugural, alguien explicó que el bucanero no seguía rutas oficiales, que desobedecía jerarquías y que saqueaba saberes para redistribuirlos. Nadie preguntó qué significaba exactamente saquear matemáticas. Nadie quería parecer literal.

Las charlas se cobraban. Siempre se cobraban o daban acceso a cobrar en otros ámbitos. La Colectividad defendía la precariedad como concepto estructural, pero el caché era individual. Manuel Rafael no cobraba todavía. Asistía, aplaudía, compartía fotos. Le dijeron que todo llegaría, que primero había que hacer comunidad.

Lo que Manuel Rafael tardó menos en comprender fue que La Colectividad no solo organizaba charlas… las colocaba. Elegía fechas y horarios con una precisión que no era casual. Aquella serie sobre la Pedagogía del Bucanero coincidía exactamente con unas jornadas educativas que llevaban años celebrándose en las redes. Charlas sin escenario, sin patrocinios, sin honorarios. Gente que hablaba después de trabajar, que compartía dudas, fracasos, cansancio. Educación sin relato.

La Colectividad lo sabía. Y aun así fijó sus charlas a la misma hora.

No fue un error de agenda. Fue una maniobra. No había que prohibir nada. Bastaba con vaciar el otro espacio. La Pedagogía del Bucanero no podía convivir con docentes que hablaban de aula real sin convertirla en épica. El silencio del otro auditorio fue celebrado como éxito de convocatoria.

Manuel Rafael asistió a ambas el primer día. En las charlas antiguas escuchó problemas concretos, nombres propios, preguntas sin respuesta. Se sintió incómodo. Nadie hablaba de marcos, ni de liderazgo, ni de futuro. Salió antes de que terminara y se fue al auditorio de La Colectividad. Allí todo estaba ordenado. PowerPoint limpio. Discurso seguro. Enemigos abstractos. Aplausos puntuales. Sonrió con alivio.

En el instituto intentó aplicar lo aprendido. Declaró la clase de Matemáticas zona libre de jerarquías. Las ecuaciones se abordaron desde relatos personales. Preguntó qué sentían los alumnos ante los números. Kevin dijo que hambre. Lucía no dijo nada. El aula se llenó de palabras y se vació de contenido con una eficacia que ni él esperaba.

Cuando algo se descontrolaba, recordaba la consigna… el bucanero no impone, acompaña. Así que acompañaba. Acompañaba el ruido, la dispersión, el vacío. Acompañaba con lenguaje. Mucho lenguaje.

Mientras tanto, Carmen seguía entrando una hora a la semana y explicando ecuaciones. Sin bucaneros. Sin metáforas. Los alumnos entendían. Manuel Rafael lo sabía, pero no lo decía. Decirlo habría sido cuestionar el relato. Y el relato era lo único que sostenía a La Colectividad.

En las reuniones internas se hablaba ya de liderazgo. De presidencias. De relevos que nunca se producían. Manuel Rafael escuchaba con atención. Tenía un modelo claro. Una de las presidentas de La Colectividad había conseguido colocarse, no precisamente gracias a su capacidad ni conocimientos, junto a su pareja en un búnker que, aunque se llamara pedagógico, de pedagogía tenía poca. Compartían tiempos. Compartían espacios. Compartían las pocas ganas de trabajar.

Gracias a esa disposición excepcional, apenas daban clase. Siempre había una charla, una jornada, un congreso. Evangelizaban. Cobraban. Volvían. Seguían figurando como docentes. La docencia como coartada administrativa. La pedagogía como negocio itinerante.

Manuel Rafael admiraba esa ingeniería vital. No lo decía, pero tomaba nota. Sabía que no bastaba con enseñar mal o bien. Había que representar. Ocupaba más espacio quien mejor contaba que quien mejor hacía.

En una reunión alguien comentó, casi con humor, que las antiguas charlas educativas estaban desapareciendo. Hubo sonrisas. Nadie lo lamentó. Compartir dudas no construye liderazgo. Compartir certezas, sí.

Manuel Rafael propuso una mesa redonda sobre Pedagogía del Bucanero en contextos hostiles. Hostil significaba aula real. Nadie preguntó por su experiencia. La experiencia se medía en visibilidad.

En 2º de ESO B, los alumnos dejaron de preguntar. Habían aprendido que la clase era un lugar donde se hablaba, no donde se aprendía. Kevin aprobó sin saber cómo. Lucía dejó de intentarlo.

Cuando finalmente se abrió la posibilidad de una presidencia adjunta, Manuel Rafael supo que estaba cerca. Solo necesitaba una cosa más: dejar de enseñar sin dejar de figurar como docente. Miró el ejemplo del presidente y su mujer. Todo parecía posible si se decía siempre lo correcto.

Las charlas altruistas desaparecieron ese año. Nadie las prohibió. Simplemente no hubo público. No hubo espacio. No hubo tiempo.

La Colectividad celebró el éxito de sus jornadas con una foto de grupo. Manuel Rafael estaba en segunda fila, bien visible. Sonreía con la sonrisa adecuada.

En el instituto, Carmen corrigió los últimos exámenes del curso. No dijo nada. No hacía falta.

Manuel Rafael estaba satisfecho. No había enseñado mejor. No había mejorado la educación. Pero estaba más cerca de no tener que enseñar nunca más.

Y eso, dentro de La Colectividad, también se llamaba progreso.

Recordad, como digo siempre que, a veces, escribo ficción educativa. Y este es uno de esos casos. Si os sigue interesando este tipo de ficción acerca de La Colectividad, no dudéis en comentar, por aquí o por las redes, diciéndolo. Ayer, por cierto, escribí el primer relato «La Colectividad entra en segundo de ESO B«.

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