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Farmeo de aura entre un docente de aula y un gurú educativo

Para quien ande despistado con la última moda de la chavalería, hacer un «farmeo de aura» no es más que esa disciplina milenaria consistente en acumular puntos de respeto, dignidad y superioridad moral aplastante a costa de ridiculizar, sin despeinarse y con la cabeza fría, a un oponente que venía subidito de revoluciones.

Y no hay lugar sobre la faz de la Tierra donde se produzca un choque de auras más salvaje, desigual y desopilante que en una plaza de un pueblo a las tres de la tarde a estas alturas de agosto entre un docente de aula y un gurú educativo. Se trata de un lugar neutral porque, en caso de ser en un plató de televisión o una sala de profesores, el espacio podría influir en el resultado.

En la esquina izquierda tenemos al Gurú Educativo. Peinado impecable, camisa de lino, zapatillas blancas de diseño y una sonrisa Profident entrenada en trescientos seminarios y tropecientas formaciones. Nunca ha pisado un aula con treinta adolescentes, pero su último contrato fue para impartir un taller de tres horas sobre «Transformación de Entornos Disruptivos mediante el Flow Pedagógico» por el que se embolsó cerca de dos mil euros.

En la esquina derecha, sentada y tomándose un gin-tonic, tenemos a la Profesora de Secundaria. Ojeras de llevar tres días intentando descifrar la convocatoria del claustro inicial, libreta de espiral en los pies y veintidós años de servicio ininterrumpido en los primeros cursos de la ESO a la espalda.

El combate dura exactamente cuatro minutos. Y el farmeo de aura es colosal.

Asalto 1. El despliegue de fuegos artificiales (+100 de Aura para el Gurú).

El Gurú arranca con fuerza. Proyecta una diapositiva en Canva, en una pantalla que le ha montado su equipo, con colores pastel donde se lee una frase atribuida a un neurocientífico finlandés y suelta su primera bomba de humo… «Compañeros, las asignaturas tradicionales han muerto. Si en 2026 seguís pidiendo a vuestros alumnos que memoricen contenidos o se sientan en filas, estáis ejerciendo una violencia neuroeducativa. Hay que conectar con sus emociones a través del juego, impulsar los saberes básicos y dejarlos fluir».

El Gurú sonríe, da un sorbo a su botella térmica de bambú y mira al auditorio esperando el aplauso enfervorizado. Cree que acaba de iluminar a las masas. El contador de aura del Gurú sube un momento. Pobre iluso.

Asalto 2. El choque con la realidad de Segundo de la ESO (-5000 de Aura para el Gurú).

Desde su esquina, la profesora de Lengua levanta la mano con la calma parsimoniosa de quien ha visto pasar cuatro reformas curriculares y tres pandemias. No se altera. No levanta la voz. Solo pregunta con educación exquisita… «Una duda metodológica, compañero. Imagina un día en el que tenga, por ejemplo, a treinta y dos chavales en segundo de la ESO. Dos de ellos están aprendiendo el idioma, tres tienen adaptación curricular significativa, uno manifiesta trastorno de conducta grave y la mitad no ha desayunado. Cuando les pida que abran el texto de sintaxis y uno de ellos decida que su emoción del día es tirar la papelera por la ventana y gritarme que me vaya a hacer puñetas… ¿en qué pestaña del Canva decías que venía el botón para hacerlos fluir?».

Silencio sepulcral en la plaza. Un silencio denso, denso como la niebla de noviembre de Lleida.

El Gurú parpadea tres veces. La botella de bambú le tiembla ligeramente en la mano. Intenta improvisar una respuesta pero se ve incapaz de articular nada más que, con voz muy bajita que solo oía él… «Bueno… en esos casos hay que aplicar la escucha activa, validar su frustración y redirigir el foco hacia una situación de aprendizaje más amable».

Asalto 3. El golpe de gracia (+9999 de Aura para la Profesora de Secundaria).

La profesora ni siquiera parpadea. Sonríe con la piedad con la que una madre mira a un niño pequeño que intenta explicarle cómo se conduce un camión. Apoya el bolígrafo rojo sobre una mesa que le han traído alumnos suyos, que veranean en su mismo pueblo, y remata la faena sin despeinarse… «Entendido. Si te parece bien, ese día te cedo mi aula, te quedas tú solo con los treinta dos durante cincuenta minutos sin apoyo de PT ni de AL, y nos muestras en directo cómo validas la frustración de la papelera mientras nos grabamos un TikTok de buenas prácticas. Yo me quedo en tu chiringuito (léase academia de formación) tomándome el café con el aire acondicionado puesto».

K.O. técnico. El aura del Gurú se desploma hasta niveles subterráneos, evaporándose por el desagüe. Los presentes no aplauden por puro decoro institucional (muchos de los presentes son políticos que gestionan la educación), pero el cruce de miradas es un poema épico.

No hay nada más peligroso para un teórico de la educación que un docente de etapa obligatoria que se sabe el oficio de memoria. Puedes engañar a un inspector, puedes fascinar a un político que busca la foto de la innovación y puedes venderle tres mil libros a los que necesitan una salida a lo que están viviendo en sus aulas. Pero cuando bajas al barro y te mides con la gente que se deja la voz y la salud mental todos los días en la educación obligatoria, el cartón piedra se desmonta en dos minutos.

Farmeo de aura ganado. El problema es que, como todos los que nos dedicamos a la educación sabemos, por mucho que pierda en este tipo de campeonatos y tenga una aura de menos miles, el Gurú seguirá ganándose la vida vendiendo humo y diciendo gilipolleces. Eso sí, lo venderá porque algunos lo comprarán. Lo mismo que sucede con los influencers en otros ámbitos. Viven del que compra sus mierdas y les da visibilidad. Y hay muchos que dan visibilidad a determinados personajes.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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