Estos últimos días, si tenéis cuenta en Twitter, seguramente os habréis dado cuenta que aparecen, de forma habitual, determinados tuits informando acerca del número de intentos que se han realizado para obtener una determinada palabra. Se trata de Wordle que, mediante una adaptación del código fuente que existe en GitHub, ha permitido crear diferentes clones, entre los que se encuentran, tanto el de castellano, catalán, el matemático, el de números primos,… y así hasta un largo etcétera de adaptaciones.

La verdad es que el juego es muy adictivo y reconozco que cada mañana intento ver si acierto la palabra del día. Un incentivo para empezar la dura jornada laboral y que, además, distrae. Qué más podríamos pedir a este juego. Nada.

El problema es cuando, como siempre sucede, se intenta trasladar todas las «novedades» (que en este caso no son tales porque, incluso había aplicaciones digitales que obligaban a adivinar las letras para construir palabras o realizar operaciones para niveles de Primaria) al aula. Y ahí creo que subyace el error. No es necesario incorporarlo todo como novedad. No es necesario, por el hecho de estar pasándonoslo bien con algo o, simplemente que algo sea mediático, intentar plantearse su incorporación al aula. Es que no tiene ningún sentido porque, al final, igual que ha pasado con miles de intentos de este tipo en los últimos años, lo único que perdura y que es realmente útil, son las innovaciones que se perpetúan con el tiempo y no obedecen a ningún boom mediático. No, el uso de Minecraft no va a mejorar el aprendizaje. Tampoco lo hizo Pokémon Go. Y tampoco lo va a hacer la incorporación por parte de cuatro «innovadores» de Wordle.

Innovar en educación es un proceso lento que debería estar alejado de lo mediático y de la inmediatez. Innovar consiste, no en coger algo que «lo esté petando». Innovar consiste en mejorar lo que sabemos que funciona, descartar lo que no e incorporar, de forma muy sutil y poco a poco, estrategias educativas de diferente calado. Ya sé que queda muy bien incorporar novedades y decir que eres el más innovador pero, por favor, que estamos hablando de algo más serio que de pensar a los pocos minutos de ser algo mediático cómo incorporarlo en el aula.

¿Descarto en este post el uso de Wordle como herramienta educativa? No. Simplemente estoy diciendo que, a ver si en lugar de llenar artículos de blogs, realizar tropocientos vídeos de YouTube dando estrategias de su aplicación en el aula o, simplemente, volver a hablar de algo que supuestamente va a revolucionar el aprendizaje, conviene poner pausa. Una vez hemos puesta pausa, miramos si algo puede ser útil. Una vez pensado, quizás planteamos cómo adaptarlo y, quizás dentro de unos meses o años, procedemos a su aplicación puntual en el aula.

Las redes sociales son sinónimo de inmediatez. La inmediatez es lo contrario de la innovación. Bueno, ya sabemos que algunos llaman innovación a cualquier cosa. Y debo reconocer que, vistos la gran cantidad de tuits que hablan de las maravillas de Wordle para el aula, yo ya no sé si estoy equivocado o hay más gente que va derrapando que gente que tiene interés en llegar a algún sitio de una pieza. Es lo que tiene hacerse mayor y pensar que ya estás de vuelta de muchas cosas. Especialmente de la velocidad en la educación. Una de los peores vicios y más contraproducentes para el aprendizaje del alumnado.

Hoy es lunes. He acabado muy cansado de las clases de hoy y en la última tenía una maravillosa gotera hipnótica en la que me iba fijando, mientras caían las gotas a un maravilloso cubo. Es lo que tienen las aulas del futuro. Son tan innovadoras que no necesitas ponerte en manos de nadie para que te hipnoticen. 😉