La inteligencia artificial (IA) nos obliga a volver al papel y al boli de toda la vida
Llevamos más de tres años asistiendo al habitual aspaviento e hiperventilación de algunos cada vez que una tecnología irrumpe en la sociedad. Con la expansión acelerada de las inteligencias artificiales generativas en el entorno cotidiano, el debate educativo se ha vuelto a fragmentar en los dos bandos de siempre. Por un lado, los apocalípticos que exigen la prohibición total de la IA mediante decretos inaplicables y, por otro, los evangelizadores digitales que piden sustituir las asignaturas tradicionales por talleres de prompts y pensamiento artificial.
Mientras ambos sectores se tiran los trastos a la cabeza en las redes y en los congresos, la realidad del aula diaria es aplastante. El modelo tradicional de deberes, redacciones y trabajos para hacer en casa está completamente muerto.
Prohibir la IA fuera del recinto escolar es ponerle puertas al campo. Pretender que un adolescente de catorce años no use un modelo de lenguaje para redactar el resumen de Historia o resolver el comentario de texto un domingo por la tarde es de una ingenuidad sonrojante. Pero tragar con la farsa de corregir trabajos hechos por una máquina y ponerles nota como si los hubiera redactado el alumno es una estafa pedagógica que invalida el propio sentido de la enseñanza.
La pregunta que debemos hacernos no es si hay que bloquear el acceso a la IA en el servidor del instituto, sino qué nos está obligando a cambiar dentro del aula real.
Plantear la prohibición de la Inteligencia Artificial como un dogma absoluto en cualquier contexto es absurdo, pero defender su uso descontrolado en todas las etapas es directamente irresponsable. La restricción debe ser quirúrgica, rotunda y basada en la arquitectura del aprendizaje humano. Para ello yo haría las siguientes propuestas (a las que sé, que como siempre sucede, nadie de los que toman decisiones me va a hacer ni puñetero caso)…
En primer lugar haría un blindaje en las etapas de formación base (Primaria y primeros cursos de la ESO). En el periodo donde se construye la memoria de trabajo, la competencia lectoescritora, el cálculo mental y el pensamiento estructurado, la IA no tiene espacio. Si le das un atajo cognitivo a un cerebro en desarrollo antes de que haya automatizado los procesos básicos, le estás atrofiando la capacidad de pensar. Ahí la pantalla y el algoritmo deben estar fuera.
Y, en segundo lugar, prohibiría la IA como sustituto del esfuerzo y de la síntesis. No se puede evaluar como trabajo del alumno nada que no haya salido de su puño, su letra y su esfuerzo mental. Si la IA redacta, estructura y sintetiza por él, el alumno no ha aprendido nada. Solo ha actuado de intermediario entre dos pantallas.
Ahora bien, pretender controlar lo que el chaval hace en su habitación cuando cierra la puerta es perder el tiempo. Y es aquí donde la IA le asesta el golpe definitivo a la gran mentira de las tareas para casa.
La irrupción de la IA no exige llenar las aulas de más tabletas ni enseñar tecnología de vanguardia. Exige hacer exactamente lo contrario. Exige traer toda la producción intelectual dentro del aula, con presencia física, papel y bolígrafo.
Durante décadas, el sistema ha abusado de los trabajos de investigación, las maquetas, los resúmenes y las entregas digitales para hacer fuera del centro. Un modelo que ya era ineficaz y desigual antes de la IA (porque medía el capital cultural y la ayuda de las familias) y que la inteligencia artificial ha terminado de reventar.
Si queremos que un alumno aprenda a redactar, a argumentar, a traducir un texto o a resolver un problema complejo tenemos que hacer todo el trabajo evaluable dentro del aula, el soporte principal debe volver a ser el papel, el bolígrafo y la voz y, finalmente, la evaluación debe basarse en la resolución en directo, la exposición oral, el debate guiado y la prueba escrita individual sin dispositivos.
Si un chaval quiere usar la IA en su casa para que le explique un concepto que no ha entendido, para que le ponga ejemplos extra o para repasar un examen, perfecto. Que la utilice como un tutor individualizado. Pero la comprobación de si ese conocimiento ha calado en su cerebro solo puede ocurrir a puerta cerrada, dentro del aula, con la mirada atenta del docente y sin algoritmos de por medio.
Es la gran paradoja de nuestro tiempo. La tecnología más avanzada de la historia de la humanidad no nos obliga a convertir la escuela en un laboratorio de la NASA, sino a reivindicar la esencia misma de la institución escolar. Reivindicar que vuelva a ser un espacio de concentración, de interacción humana directa y de trabajo artesanal sobre el conocimiento.
Quienes piden prohibir la IA en todas partes viven en una utopía irrealizable. Quienes piden usarla para todo en clase están regalando la arquitectura mental de los alumnos a un algoritmo controlado por los de siempre.
La respuesta sensata es mucho más sencilla, más exigente y más barata. Dejamos de mandar deberes de ficción para casa, cerramos las pantallas durante la explicación, le damos al alumno una hoja en blanco y un bolígrafo, y le exigimos que demuestre, con su propia cabeza y en directo, qué es lo que ha aprendido. Todo lo demás es literatura y ruido.
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Impecable argumentación. Gracias.
Enhorabuena por el artículo. Gracias por aportar sensatez y sentido común en un sistema educativo destruido.
Al final hay que volver al examen traditional con papel y bolígrafo para que exactamente qué es lo que saben. También sirve hacer exposiciones orales pues en ellas también se demuestra si saben o no