Cinco cosas simples que mejorarían el aprendizaje del alumnado

Esta mañana, una de las que he dormido medianamente bien en los últimos tiempos, estaba dudando, mientras me estaba tomando el café, acerca de si escribir acerca de la relación entre agotamiento, relacionándolo con temas personales o profesionales o, simplemente, intentar no usar esa palabra e intentar recuperarme. Sí, hay veces en los que, aunque no te des cuenta, el agotamiento llena demasiadas partes de tu cuerpo y necesitas parar. Al menos para respirar. Pero bueno, al final no voy a hablar de eso. Voy a darle una vuelta completamente al tema para hablar de cinco cosas, muy sencillas, que permiten mejorar el aprendizaje del alumnado.

Todos sabéis que en educación se vende muy bien la épica. La revolución metodológica. La transformación del aula. El cambio de paradigma. El futuro de la educación en doce diapositivas con tipografía moderna y muchas flechas. Pero muchas.

Luego entras en un aula a cualquier hora del día y descubres algo que rara vez aparece en esas presentaciones en las que te venden todas las soluciones posibles. Un aula en el que la mayoría de problemas educativos no necesitan una revolución pedagógica. Necesitan cosas bastante más terrenales. Pequeños ajustes. Decisiones sencillas. Algún que otro gesto de sentido común pedagógico. De esos que últimamente, y más con la mediatización de determinadas prácticas esperpénticas en las redes sociales, parece una competencia en peligro de extinción.

Así pues, si me permitís y siempre con la posibilidad de estar equivocado, voy a haceros una lista de cinco cosas simples que mejorarían la educación. Solo cinco. No hacen falta más. No hace falta complicar algo que debería ser mucho más simple. Y ya sé que, en ocasiones, el contexto sociofamiliar del alumnado influye mucho, pero estoy hablando solo de cosas simples que podemos hacer los docentes en el aula.

En primer lugar tengo claro que explicar bien, aunque sea poco innovador, es útil. Durante años se ha instalado el mantra de que explicar contenidos en clase es algo reaccionario. Como si cualquier explicación clara fuera automáticamente una reliquia del siglo XIX. Y, sin embargo, cuando alguien explica bien… el alumnado suele entender más cosas.

Explicar bien no significa hablar durante cincuenta minutos mientras los alumnos copian en silencio. Significa ordenar ideas, usar ejemplos, anticipar errores típicos y comprobar si alguien está siguiendo el hilo. No genera muchos likes en las redes sociales, pero en el aula funciona.

También estoy convencido de que se tienen que hacer menos cosas en el aula (y en el centro). Hay clases en las que pasan tantas cosas que uno termina con la sensación de haber asistido a un festival pedagógico. Actividad, ficha, dinámica cooperativa, producto final, rúbrica, reflexión metacognitiva y probablemente algún código QR por si acaso.

El alumnado trabaja mucho. Produce mucho. Entrega muchas cosas. Lo que no siempre está tan claro es qué ha aprendido exactamente. A veces el aprendizaje mejora bastante cuando pasa algo casi revolucionario como hacer «menos actividades», pero que tengan un propósito claro.

E insisto, no es solo lo que hace el docente en el aula. Hay dinámicas en algunos centros educativos que se basan en hacer proyectos de forma continua. Sé que lo hacen con muy buena intención pero, al final, los proyectos tienen un período de elaboración, en caso de querer hacerse bien, largo. Y todo lo que hacemos en educación tiene un coste de oportunidad ya que, por ejemplo, pasar una semana haciendo un proyecto X en el que se implican todos los docentes de una etapa o materia, implica no hacer otras cosas. Implica, por ejemplo, menos tiempo para poder realizar ejercicios de comprensión lectora, mejorar las habilidades matemáticas, etc.

Ojo, que no estoy diciendo que no haya proyectos interesantes, pero una cosa es uno con sentido y la otra pasarse el día haciendo cosas. El alumnado acaba pasando de todo y los tiempos de aprendizaje también.

¿Qué os parece como revolución pedagógica hacer preguntas que no se respondan con tres palabras?

Una buena pregunta obliga a pensar. No me refiero a las de «¿en qué año ocurrió esto?» o «¿cuál es la definición exacta de…?». Me refiero a las que hacen que alguien tenga que parar un momento antes de responder. Preguntas como «¿por qué crees que pasó esto», «¿qué habría ocurrido si la situación fuera distinta?» o «¿en qué se parecen o diferencian estos dos conceptos?».

Cuando una pregunta es buena aparece ese pequeño silencio en clase. Ese momento incómodo en el que nadie responde inmediatamente porque, sorpresa, alguien está pensando. Ese silencio suele ser pedagógicamente más útil que muchas dinámicas muy elaboradas.

En muchas aulas todo sucede con la velocidad de un vídeo en reproducción acelerada. Un mensaje de audio de Whatsapp a 2x. Explicación, actividad, corrección, siguiente tarea, cambio de tema. Todo muy dinámico, muy activo y muy alineado con la idea de que una clase siempre debe parecer ocupada. El problema es que aprender algo nuevo no siempre es rápido. A veces requiere unos minutos de pausa mental. Tiempo para que una idea encaje con otra. Tiempo para equivocarse sin que inmediatamente aparezca la siguiente tarea.

Curiosamente, dar tiempo para pensar mejora bastante la calidad de lo que el alumnado dice después. Pero claro, desde fuera parece que «no está pasando nada». Y eso en educación parece que nos pone un poco nerviosos.

Y, finalmente, no deberíamos convertir la evaluación en un cálculo de la NASA.

La evaluación educativa ha alcanzado un nivel de sofisticación bastante interesante. Hay actividades que necesitan tres rúbricas, varios indicadores, diferentes niveles de logro y algún sistema de registro que ni el propio docente termina de entender del todo. Mientras tanto, el alumnado sigue teniendo dudas mucho más simples. Dudas acerca de si está bien lo que ha entregado o hecho y en qué debería mejorar.

Una respuesta clara suele ayudar bastante más que una tabla de evaluación con siete categorías y cuatro colores. Pero claro, eso suena demasiado sencillo para algunos gurús y para sus seguidores.

Lo que propongo no es una revolución educativa. No cambia el paradigma. Probablemente tampoco genera demasiados titulares, pero en el aula -ese lugar extraño donde realmente ocurre el aprendizaje- suele funcionar sorprendentemente bien.

Quizás debiera escribir en tono rimbombante acerca de eso que va a revolucionar el aprendizaje. El problema es que, como bien sabéis los que estáis en el aula, las revoluciones en educación siempre acaban volviendo al punto de partida, después de haber dilapidado un montón de tiempo y recursos.

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