Hoy me he puesto el primer café del día en una taza que dice “si sueñas te saldrá un día redondo”. Sí, también tengo tazas con eslóganes misterwonderfulianos en mi casa. No puedo resistirme -o más bien alguien no se pudo resistir- a empezar el día con una frase de esas que, por lo visto, van a ser capaces de motivarme y animarme hasta el infinito. Si hasta en mi ámbito profesional hay personajes que tienen una cuenta de Twitter solo para escribir frases motivadoras, aderezadas con un maravilloso hashtag que ilumina la docencia hasta el infinito y más allá. A ver, que la docencia no está excluida de los parámetros que rigen a una sociedad que, a nivel general (¡ojalá no fuera así!) está plagada de muchos que se quedan con una simple frase porque, por lo visto, son incapaces de ir hacia una argumentación más compleja.

“Sal de tu zona de confort”, “innova para sentirte uno con el alumnado”, “prescinde de que tu padre o abuelo haya muerto por el covid y da tu mejor sonrisa”,… son frases que se venden y compran muy bien. Ya lo de “rompe tu techo de cristal”, aunque vivas en una familia que se dedique al menudeo, tu padre hostie cada día a tu madre o, simplemente, no te dejen ir a la escuela porque consideran que es más importante que acompañes a tu padre a buscar chatarra, ya es algo que debería hacer saltar todas las alarmas -o precauciones- ante el uso de determinadas afirmaciones dignas de la psicología positiva más rancia. Es que, como he dicho antes, si puede escribirse en un tuit o en una taza de café, la frase va a tener muchos problemas. No entro ya en aquellos que usan frases de terceros, totalmente descontextualizadas y, en muchas ocasiones atribuyéndolas a autores que no son. Sé que mola mazo y que, seguramente van a compartirse a tutiplén pero, por desgracia, lo único que son es un conjunto de palabras que, al igual que determinadas letanías o arengas militares, solo sirven para que uno no piense ni se preocupe por ir más allá. Argumentar es algo más complicado que una frase motivadora. Pero bueno, todos sabemos que, mientras los blogs educativos desaparecen a cientos, las cuentas en las redes sociales aumentan en mayor proporción. Publicar una fotografía en Instagram es algo muy sencillo. No es tan fácil hilvanar unas palabras o un discurso. Especialmente si tiene que tener algún tipo de enjundia.

Los discursos edulcorados en educación están a la orden del día. Los personajes que tiran de lo que dice una taza e, incluso son capaces de vender productos de merchandising en los que, en cada página de la agenda, en lugar de dejar espacio para escribir lo que tenemos pendiente, aparece una frase muy guay en tipografía de ancho especial y colores llamativos. Es que el mercado -incluso el educativo- lo forman unos consumidores que cada vez se cuestionan menos cosas. Si no fuera así no se entendería que hubiera docentes que dieran más importancia al cómo que al qué. No se llenarían determinadas charlas en las que la máxima es no decir nada y contar anécdotas -en muchos casos fábulas irreales- acerca de una educación que no existe, en una sociedad que nunca nadie ha visto, con matices del país de la piruleta al que cada vez más sueñan en llegar. Pero, como he dicho en más de una ocasión, el hábito no hace al monje y, a lo mejor hay muchos que se conforman con esa frase.

Ir más allá de lo que dice una puta taza de café es algo a lo que todo el mundo debería aspirar pero, como siempre digo, cada uno es libre de quedarse con lo que diga esa taza o los comerciales de alguna de esas empresas que fabrican lo anterior. No olvidemos que el negocio de Mister Wonderful existe porque, al final, las ventas de sus productos son las que son. Comprar una taza “motivadora” no es malo. Lo malo es no descojonarte cuando lees ciertas cosas que están escritas en la misma. Y ya no digamos lo que supone hacerle caso.

(Visited 113 times, 1 visits today)

Etiquetado en:

Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

Ver Artículos