Por una educación al servicio de las personas, del saber y de la cultura

No soy mucho de manifiestos (ni educativos ni de otro tipo). Eso sí, cuando me propusieron ser una de las primeras personas firmantes del siguiente Manifiesto, en defensa de un determinado modelo de educación y en contra de determinadas prácticas neoliberales, después de leer atentamente los puntos y sabiendo el currículum incuestionable -al igual que su profesionalidad- de las personas que lo impulsaban, más allá de mi afinidad o no ideológica con ellos, no tuve ningún reparo en plasmar mi firma.

Desde hace tiempo y de manera persistente, diversas instancias públicas y privadas se hacen eco de propuestas, emanadas del Banco Mundial y la OCDE, que pretenden ser progresistas e innovadoras, pero tienen consecuencias negativas para nuestro sistema educativo y el nivel cultural y profesional de nuestra ciudadanía.

Preocupadas por estos hechos, las personas que firmamos este documento queremos manifestar que:

  1. El acceso a la cultura y al conocimiento es básico para la emancipación personal y social, y contribuye así a reducir las desigualdades. Impedir a las nuevas generaciones este acceso los estafa y les niega la oportunidad de disfrutar de una vida plena en los ámbitos personal, social y laboral. El sistema educativo debe ofrecer una formación global que permita entender el mundo, sus problemáticas y dé herramientas para mejorarlo.
  2. Sin embargo, los cambios normativos y la política de la Administración educativa persiguen otros objetivos. En la línea marcada por organismos al servicio de multinacionales y amparándose en el prestigio que tiene en España el movimiento de renovación pedagógica, se pretende expulsar de la escuela los conocimientos, desplazados por unas supuestas competencias que, sin estos, son vacías y sólo útiles para el ejercicio de trabajos de baja calificación. Estos cambios en los objetivos y las metodologías docentes no han sido resultado de ningún debate con el profesorado, sino una imposición, a menudo canalizada a través de organizaciones privadas como Escola Nova21, Telefónica, Google o La Caixa, con el apoyo de algunos medios de comunicación. Al contrario, al profesorado, que trabaja en condiciones difíciles, derivadas de los recortes presupuestarios y del entorno social, se le denigra y se le niega autoridad científica y académica.
  3. El eje de los cambios consiste en implantar, en todas las etapas del sistema educativo, lo que se denomina aprendizaje por competencias. Este, aunque no tiene una definición precisa y generalmente aceptada, se concreta a menudo en proponer al/la estudiante problemas que debe resolver mediante los conocimientos que considere necesarios y sea capaz de encontrar. Claro, y la experiencia lo confirma, que con este enfoque es muy difícil que el/la estudiante alcance una formación integral, que debe incluir la asimilación de un cuerpo estructurado de conocimientos, con el nivel propio de cada etapa. Por otra parte, este enfoque incrementa la dedicación del profesorado a tareas burocráticas de utilidad cuestionable, en detrimento de la atención a las actividades propiamente formativas y de apoyo al alumnado.
  4. Para implantar los cambios, se ha reforzado el poder de las direcciones, tanto en cuanto a la definición del proyecto del centro como para seleccionar el profesorado sin criterios objetivos ni transparencia. Con lo que se presenta como una mejora en la autonomía de los centros se consigue que una parte del profesorado, por afinidad o por el temor de poner en peligro sus puestos de trabajo, asuma acríticamente las orientaciones de la dirección. Adicionalmente, esta política aumenta la segregación dentro del sistema educativo en crear o profundizar las diferencias entre los mismos centros públicos.
  5. 5. En este contexto la entrada en vigor de la nueva ley de educación LomLoe refuerza aún más este enfoque competencial. En Cataluña, el Departamento de Educación está elaborando un decreto de reforma del bachillerato con esta orientación.
  6. Con el argumento de que la ESO es competencial y el bachillerato no, se trataría de cambiar el bachillerato y las pruebas de acceso a la universidad, como un paso intermedio hacia suprimirlas. Más adelante cambiaría la universidad. Pero no se ve por qué una etapa obligatoria y otra que no lo es, con objetivos muy diferentes, deben ser homogéneas. Y, antes de hacer más cambios, habría que evaluar los resultados de lo que se ha hecho en la ESO. Porque si el problema es que el alumnado de la ESO centrada en las competencias no tiene suficientes conocimientos para cursar el bachillerato, más bien habría que cambiar la ESO que no el bachillerato.
  7. Los sistemas educativos deben estar abiertos a la renovación de contenidos y de métodos con el objetivo de que el estudiante asimile sólidamente los conocimientos propios de cada etapa y adquiera las capacidades y actitudes correspondientes. La crítica es una condición necesaria para la mejora. Pero esto no significa renunciar a las finalidades básicas de la educación: formar personas cultas, con conocimientos sólidos y estructurados y con un espíritu crítico y solidario, y no una “fábrica”​​de personas incultas, sumisas y flexibles, al servicio prioritario del sistema económico.
  8. Reclamamos, por tanto, que las reformas educativas no se basen en propuestas de personas o entidad supuestamente expertas, que a veces están al servicio de objetivos contrapuestos con los de la educación. Y que se eviten los cambios poco meditados y de consecuencias inciertas porque en el campo de la educación tienen consecuencias difícilmente reversibles y posiblemente negativas para las personas afectadas.

Creemos, además, que la definición de los objetivos, los contenidos y de las formas de nuestro sistema educativo deben ser el resultado de un proceso participativo.

Por todo ello, desde el SIEC (Seminari Ítaca d’Educació Crítica) te pedimos que como profesionales de la educación, como familias, como personas vinculadas a la educación o como ciudadanas i ciudadanos, firméis este manifiesto y hagáis difusión, como primer paso para abrir un debate al respecto y establecer mecanismos para evitar que el sistema educativo acabe poniendo al servicio de las multinacionales y no al de las personas“.

No se trata de la falsa creencia en la existencia de bandos en el ámbito educativo. Se trata de creer en una educación que empodere al alumnado y le permita romper techos de cristal, con independencia de su origen sociofamiliar. Algunos creemos en una educación en la que el nacimiento del alumno no influya dónde puede llegar el mismo.

La diferencia entre seguir los dictados de organizaciones económicas y bancarias o  los de personas que saben (profesionales de la docencia o de la educación en su mayor amplitud), sin mayor interés que preservar la necesidad de una sociedad en la que cada uno sea lo que quiera, piense de forma crítica o, simplemente, disponga de la posibilidad de decidir qué quiere hacer y cómo, más allá de lo que la sociedad le dicte, es algo importantísimo.

El acceso a la cultura es algo básico. No es de recibo que haya alumnado al que le coarten la posibilidad de disfrutar de esa cultura por carecer de medios en sus casas. El conocimiento y los saberes, más allá de las cuatro paredes del aula (sí, tal y como postulan los innovadores), son imprescindibles pero, ¿por qué no cambiar la sociedad desde la educación en lugar de cambiar la educación desde la sociedad? Y eso solo se consigue con generaciones que sepan y tengan acceso a la cultura. La cultura y los saberes generan pensamiento crítico. Generan rebeldía. Debemos conseguir alumnado rebelde contra las desigualdades y contra las cosas que, no por extendidas, implica que mejoren la sociedad.

La administración debe ser la garante de proteger las posibilidades del alumnado. No es malo que haya empresas que aporten su conocimiento y herramientas para mejorar. Lo que es clave es que se escuche a los profesionales. A los que saben. A los que tienen la autoridad académica y científica para decidir qué es lo mejor para el sistema educativo. Que es lo mejor para ese alumnado que se está formando a nivel de aprendizajes. Se necesita investigación educativa de calidad. Investigación cercana al aula. Investigación en la que investigadores y profesorado de trinchera, en procesos apoyados por la administración, decidan metodologías, currículos y estrategias de trabajo.

Las competencias son una entelequia. Y además llevan asociadas un trabajo burocrático imposible de asumir. Menos burocracia y más educación basada en la evidencia. O en la evidencia y en la praxis. Hay cosas que deben mejorarse y otras que deben pulirse. Lo que no podemos hacer es plantear cosas que ya demostraron su fracaso previo. O cosas sin más justificación que la que son capaces de dar los cuatro que lo venden. Lo que necesita el alumnado y el profesorado no son inventos, más o menos desarrollados mediáticamente. Lo que necesitan son recursos, apoyo de la administración, reducción de ratios y personalización. Y unos objetivos muy claros acerca de para qué sirve el sistema educativo. Y el objetivo básico es que el alumnado sea cada vez mejor en saberes, capacidad de cuestionar y posibilidad de llegar donde ellos quieran. No venderles mundos ideales ni basados en un falso modelo motivador. La motivación no debe ser la clave de la educación. La motivación se consigue haciendo ver que lo que les ofrecemos les va a dar un futuro mejor que el presente.

La autonomía de los centros mal entendida, como es la función plenipotenciaria de los directores, lo único que hace es alejar el debate de los Claustros. Los Claustros deben volver a ser lugares de debate entre profesionales. Lugares en los que no haya miedo por decir lo que uno crea. Lugares en los que habría de gestionarse y tomarse democráticamente, sin presiones externas más allá del cumplimiento de la legislación vigente, decisiones acerca de qué hacer y cómo hacer para beneficiar al alumnado. Una sola visión educativa jamás va a permitir mejorar nada. La suma de muchas visiones, especialmente si proceden de profesionales, siempre va a ser mucho más eficaz.

No se trata de inmovilismo. Se trata de modernizar la educación, tanto en contenidos como con métodos. Basado en propuestas de actores del propio sistema, consensuadas entre los mismos y priorizando las cuestiones técnicas a las ideológicas.

En definitiva y después del rollo anterior… he firmado este Manifiesto porque creo en la necesidad de devolver poder a los Claustros y a los Consejos Escolares, creo en que los que más saben de educación (entre ellos los profesionales del ramo) deben ser escuchados antes de tomar decisiones políticas que afecten a la educación y que, en definitiva, lo que empodera al alumnado son los saberes y la cultura. Se trata de abrir un debate para poner la educación al servicio de las personas y no las personas al servicio de la educación.

Muchas gracias a los que habéis querido contar con mi firma para apoyar esto. Aunque, como siempre digo, sea un simple docente de aula que llevo los últimos tres años fuera de ella, que cree en la EDUCACIÓN en mayúsculas.

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