Uno de los grandes peligros de las redes sociales es la inmediatez y la falta de reflexión, o búsqueda de información, antes de dar algo por válido. En el día de ayer fuimos muchos los que, habiéndose publicado un vídeo en el que una reportera decía que «cómo podía asesorarse a los servicios de extinción para apagar el volcán de La Palma», saltamos a la yugular de la profesional. Un vídeo que, con pocos minutos de diferencia, fue colgado en su totalidad y se veía que el corte estaba totalmente manipulado para conseguir viralizar algo que no era verdad. Eso sí, todo después de miles de retuits y me gustas y ser, como siempre sucede, compartido hasta la saciedad. Se compartió mucho más que la rectificación con el vídeo completo. Y llevó a un ataque indiscriminado contra la periodista. Algunos deberíamos haber sospechado cuando el tuit inicial que se viralizó denominaba a la cadena «La Secta» pero, por desgracia, estamos demasiado pendientes de tuitear que de reflexionar.

No hay día en que no nos traguemos bolas. Parece que debiéramos aprender con los años pero, lamentablemente, se nos cuelan fakes a capazos. Debo reconocer que a algunos se les cuelan más que a otros porque, como ya sabéis todos los que naufragáis por las redes sociales, hay quienes dan por buena cualquier cosa que esté acorde con su ideología. Y si se demuestra que es mentira (como el caso, por ejemplo, del pobre al que en una práctica sexual consentida le tatuaron ciertas palabras en el culo), siempre va a haber gente que va a seguir intentando seguir con su argumentario. No es malo tener una ideología. Lo que es malo es hacer que dicha ideología nuble el sentido común y la realidad.

También sucede en el ámbito educativo. Hay una gran crisis de identidad y de respeto por la profesionalidad de uno mismo cuando se tragan bulos interesadamente. Hay noticias educativas que, en función de dónde sucedan y el gobierno que esté en determinados lugares, se dan o no por buenas. Según quien las diga o donde se publiquen, hay noticias educativas que van a viralizarse por unos u otros. Da igual que sean verdad o mentira. Da igual contrastarlas o no. Da igual la barbaridad que se diga. Lo importante es que cuadra con la visión educativa de uno. Sí, hay docentes que siguen defendiendo que Google no hace negocio con los datos del alumnado porque los responsables de Google les dicen que no hacen negocio con esos datos. Da igual que no exista ningún documento donde aparezca lo anterior. Da igual que se hayan aportado pruebas que dicen lo contrario. A algunos les importa poco saber qué sucede realmente cuando usan ciertas aplicaciones con su alumnado porque, vamos a ser sinceros, las personas nos posicionamos (incluso involuntariamente) de forma muy sectaria. Y ya no entro en la defensa de las inteligencias múltiples, la inteligencia emocional, los estilos de aprendizaje, el cerebro triuno, los métodos de lectura «innovadores»,… y así hasta un largo etcétera de cosas, totalmente indefendibles mediante evidencias científicas, que tantos docentes están comprando en los últimos tiempos. No por ser docente uno es más inteligente. Ni lee más. Ni contrasta más. Ni, lamentablemente, piensa más antes de difundir ciertas cosas.

Estamos en un país de bulos. Da igual que se nos muestren datos que digan que lo que «he comprado» no es cierto. Da igual que se desmonten ciertas cosas. Por inmediatez ya tenemos la batalla perdida acerca de la difusión de ciertas cosas. Otra cuestión es que también la tengamos perdida la que hace que, después de ver que no era como nos habíamos creído, podamos rectificar. Rectificar es de sabios salvo cuando te pasas todo el día rectificando. Entonces es que tienes un problema de ingestión de bolas. Algo que deberías hacerte mirar. Eso sí, sin acritud.