Por qué Sarah Santaolalla sabe más de educación que tú

Hay que pedir perdón de rodillas, arrastrarse por el pasillo de cualquier centro educativo y quemar los títulos universitarios. Los docentes de aula, los investigadores que llevan tres décadas dejándose la vista entre datos empíricos y cualquier profesional que haya cometido el delito de estudiar, formarse o dejarse la salud en un aula real, debemos asumir nuestra aplastante inferioridad intelectual.

Todos esos años tragando tiza, esas miles de horas corrigiendo exámenes, esa gestión diaria de la diversidad en barrios complicados y esa tozuda experiencia de campo no valen absolutamente nada frente al verdadero oráculo de la pedagogía moderna. Me estoy refiriendo a Sarah Santaolalla.

Es de un atrevimiento grosero pretender que un catedrático de didáctica o un maestro afónico tras treinta años de servicio sepan algo sobre cómo funciona la cabeza de un niño o cómo se sostiene la escuela pública. ¿Qué sabrán ellos? No poseen la única métrica de sabiduría que convalida el sistema actual. Me estoy refiriendo a capacidad de soltar dogmas en televisión y redes con la suficiencia aplastante de quien jamás ha tenido que poner un suspenso, bregar con la rabieta de un chaval ni intentar que un grupo de segundo de la ESO suelte el móvil un viernes a quinta hora.

Lo de Sarah es pura ciencia infusa, un don divino que ríete tú del Espíritu Santo. Mientras los profesionales pierden el tiempo estudiando neurobiología del aprendizaje, sociología de la educación o metodologías de lectoescritura, ella ha alcanzado el nirvana pedagógico mediante el método definitivo… la ignorancia militante aderezada con carnet de tertuliana.

¿Para qué perder el tiempo leyendo investigaciones o pisando un colegio de periferia si puedes resolver el fracaso escolar desde un plató o desde el sofá de tu casa? Basta con escupir cuatro clichés buenistas, dos frases hechas sobre empatía, acusar de reaccionario a cualquiera que pida exigencia y liquidar el debate educativo con la arrogancia cósmica de quien confunde la realidad con su propia cámara de eco.

Si un docente con treinta años de espalda machacada se atreve a señalar que regalar el aprobado es una estafa de clase que condena al hijo del obrero a la precariedad de por vida, la sentencia de la doctrina Santaolalla sería fulminante. ¿Cómo va a saber de educación alguien que da clase, habiendo tertulianas que opinan sobre ello sin la molesta interferencia de haber impartido una sola clase en su vida?

Hay que felicitar la brillantez del modelo. Hemos conseguido sustituir el conocimiento por la pose, el rigor por el eslogan y la experiencia real por el adoctrinamiento de salón.

Por eso, la próxima vez que tengáis una duda sobre cómo enseñar a leer a un niño con dificultades o cómo encarar la disciplina en un instituto, no cometáis el error de consultar a un especialista ni a un veterano de la enseñanza. Abrid la red social de turno, buscad el último sermón pontifical de Sarah Santaolalla y tomad nota en silencio. Los demás solo somos siervos de la tiza que hemos perdido tres décadas de vida estudiando y dando el callo lo que ella aprendió por revelación divina entre pausa y pausa de la tele.

Finalmente deciros que me gustaría que nadie se equivoque ni piense que esto es una fijación personal. El nombre de Sarah Santaolalla es puramente intercambiable. Podríamos poner aquí a decenas de tertulianos de la nada, influencers del coaching pedagógico u opinólogos profesionales que pueblan las tertulias de radio y televisión. El mal no es la persona, es el fenómeno. Esa legión de ignorantes ilustrados que jamás han pisado un aula de verdad, pero a los que los medios de comunicación y las instituciones otorgan el micrófono de la autoridad educativa simplemente porque dicen lo que algunos quieren oír y empaquetan su vacuidad con la pose adecuada.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

¿Te ha gustado el artículo? Apoya mi trabajo invitándome a un café.

Support me on Ko-fi

Descubre más desde XarxaTIC

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *