Hay cosas que hace mucho tiempo que no entiendo. Entre ellas la de aquellos que, cuando alguien hace algo, ya se plantean la mejor manera de que se hunda ese proyecto o simplemente desean que se vaya al garete. Son de esos que se regocijan cuando un negocio fracasa, una familia se queda en la calle, aumentan los contagios por coronavirus o, simplemente, ven como se recorta el sueldo a los funcionarios. Y ya no digamos cuando en clave política, se regocijan cuando las medidas que toman los políticos que no son “de los suyos”, fracasan. Sí, hay gente (bueno, gentuza) que en lugar de querer que las cosas funcionen para todos -y de paso también para ellos-, quieren que todo funcione mal para así poder quejarse o, simplemente, decir un “era lógico porque yo sí que sé de fútbol”. Creo que todos entendéis el entrecomillado.

En educación, por ejemplo, hay gente que se alegraría si a un youtuber le fueran mal las cosas y tuviera que cerrar la academia. Yo puedo cuestionar, de forma más o menos dura, lo que ese personaje dice pero, otra cuestión es tener ganas de que su chiringuito chape. Lo mismo con el de los cajones flamencos, el del diplodocus o la de la sandía . Que pueda ciscarme, más o menos ácidamente, en sus ideas, no significa que les desee nada malo. Soy de los que creen en que se puede discrepar muy duramente de los argumentos. De otro pelaje son aquellos que solo querrían que estas personas sufrieran fatalidades diarias. Sinceramente, a mí me importaría más que alguien cercano a mí lo pasara mal pero, en ningún momento quiero que a nadie le vaya mal. Con lo fácil que es entender que como mejor vayan las cosas a todo el mundo mejor nos va a ir a nosotros. Con lo sencillo que sería cuestionar los argumentos y las ideas, sin llevar ese ataque a la necesidad de que, a nivel personal o profesional, les pase lo mejor a ciertas personas. Además, seamos sinceros, lo de odiar a alguien por lo que dice en las redes sociales es ser de cenutrio avanzado. De persona con muy pocas luces y con una vida personal que me gustaría que le fuera mejor.

Os voy a dar un ejemplo para que me entendáis. Además lo he usado recurrentemente en mi anterior vida. Se trata del tema de los conciertos educativos. Un modelo nocivo y pernicioso, segregador y que, al final, acaba siendo socialmente algo nefasto para el procomún. Y, a pesar de que ese modelo sea criticable, nunca se me ocurriría desear que los docentes de la concertada lo pasaran mal, los tiraran a la calle o que, el alumnado que está escolarizado en esos centros, no aprendiera. No es tan difícil de entender. Bueno, para mí no es nada difícil hacer esa diferencia entre la crítica, más o menos dura, y lo que no incluye la misma. Joder, es que se puede criticar a los que hacen flipped como si no hubiera un mañana, usan las TIC para lo que no toca o, simplemente, toman medidas educativas que no entiendes. Otra cuestión es llevar esa crítica a lo personal. Algo que, en ocasiones siempre hemos caído todos pero que, por suerte y con la madurez de los años, uno debe aprender a diferenciar.

Seguro que algún día me enzarzo en una discusión con alguien. Seguro que, en algún momento puedo dar el traspiés de confundir el ataque a las ideas con otra cosa. Si es así, intentaré disculparme de todas las maneras posibles. Y si no se puede, no se puede. Tampoco es cuestión de darle más vueltas.

No sé. Creo que conforme pasa el tiempo y veo que, en muchos lugares se intentan hacer cosas con mucho esfuerzo por parte de mucha gente, prefiero valorar qué se hace y desear que todo salga lo mejor posible. Eso sí, siempre dando mi opinión (que, por cierto, puede ser criticable) pero deseando que todo lo que está haciéndose repercuta positivamente en todos. Y, a diferencia de otros que se alegran que gente no esté cobrando aún el ingreso mínimo vital, yo puedo criticar ese tipo de ayudas pero me alegraría mucho más si lo estuvieran cobrando. Lo mismo que me alegraría que hubiera habido una mejor gestión de la pandemia y no tuviéramos que lamentar tantos muertos, porque hay cosas con las que uno no puede regocijarse. Menos aún si tiene algo de humanidad.

Me cuesta escribir en los últimos tiempos. Hoy me ha costado más de lo habitual. Debe ser el estrés de los últimos tiempos o la falta de práctica. O, simplemente, que estoy dando un tiempo extra a algo que ya ha acabado para mí. Quién sabe…

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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