Ya tenemos app para que los “buenos” ciudadanos incorporen en su móvil si están o no afectados por el coronavirus. Una aplicación, que tal y como dicen sus defensores, va a servir para rastrear a los infectados y saber si se ha estado al lado de ellos. Y, además, dándole muchos menos permisos que a Twitter, Facebook o TikTok. Hay tanto insulto, tanto a la gente que cuestiona las medidas del gobierno como al uso de este tipo de aplicaciones que son para el bien común que, sinceramente, uno no se llega a sentir parte de la buena sociedad y, por desgracia, acaba creyéndose que es un delincuente o una mala persona por no usarla. Incluso algunos denominan “asesinos” a todos aquellos que no quieran pasar por el aro de la app o cuestionen el uso de las mascarillas. Nos está quedando, como llevo diciendo desde hace tiempo, una sociedad bastante feucha.

A mí siempre me ha preocupado esto de declarar el estado de salud o, simplemente, que se obligue a hacerlo. Me imagino durante la expansión del VIH y cuando tenerlo era garantía de muerte, si alguien hubiera planteado la existencia de una aplicación así. Claro, no es lo mismo contagio por vía sexual o sanguínea que por un mecanismo que, por lo que se ve, ni los expertos se ponen de acuerdo en cuál es. Eso sí, mejor prevenir que curar. Es que dónde va a parar. Y ya si hablamos de enfermedades, ¿os imagináis que obligaran a los padres que no quieren vacunar a sus hijos a incorporar esos datos en una app? Claro, todo voluntariamente. Es que nadie te obliga a descargarte la app. Tan solo vas a ser un mal ciudadano si no lo haces.

Creo que antes de lanzarnos alegremente (o habernos lanzado alegremente) a la creación de un estado de pánico global, a tomar determinadas medidas coercitivas “por el bien común” o, simplemente, a poner a disposición de determinados grupos empresariales un contrato para la creación de determinadas apps de rastreo y control, deberíamos habernos planteado qué derechos queremos y a cuáles vamos a renunciar. Nos hemos pasado muchas fases previas, acerca de ética, qué supone ser ciudadano o, simplemente, decidir en qué sociedad queremos vivir, antes de que algunos tomaran las medidas por nosotros. Unas medidas que, por cierto, pueden ser legales (todo puede convertirse en legal, incluso que atente contra derechos fundamentales, con los votos que toca) pero que implican muchas otras cosas porque, quien dice pandemia hoy, puede decir riesgos para la economía mañana o, simplemente, proponer legislativamente qué supone ser hombre o mujer.

¿Estaríamos dispuestos como sociedad a renunciar a todos nuestros derechos bajo el leitmotiv de la seguridad? ¿Estaríamos dispuestos a que, en la actualidad, pudiera entrar la policía en la casa de uno por el simple hecho de mejorar la seguridad? ¿Estaríamos dispuestos a que nos implantaran un chip donde se pudiera saber qué estamos haciendo en cada momento? ¿Estaríamos dispuestos a que, simplemente, con un sistema básico de rastreo, se controlara a todos aquellos que han cometido algún delito en su vida? Sería por la seguridad común. Y la seguridad tiene mucho que ver con la seguridad sanitaria.

No estoy haciendo demagogia porque el tema es muy serio. Como sociedad tengo claro que, al menos en nuestro país, vamos a salir peor de lo que entramos en esta crisis, con derechos que van a dejar de serlo, con libertades que van a desaparecer de un plumazo, con una nueva normalidad que, curiosamente, nos viene impuesta desde arriba. Y eso es algo que me preocupa como ciudadano. Bueno, como mal ciudadano porque yo sí que uso Twitter y otras apps a las que doy libremente mis datos pero no voy a instalarme ningún radar de “enfermo” porque, al menos por ahora, nadie me obliga a declarar mi estado de salud por internet.

Lo de los buenos y malos ya es algo que empieza a preocuparme. Algo que va mucho más allá de una app de rastreo pero que, por desgracia, demasiados pocos cuestionan en voz alta. O si lo hacen son, curiosamente, silenciados o etiquetados como “malos ciudadanos”.

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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