Profesores del XXI, con sueldos del XX y condiciones laborales del XIX

He tenido bastante suerte en mi vida profesional porque, justo en el momento en el que acabé la carrera, podía elegir ganar un buen sueldo en la empresa privada o conseguir, al faltar profesorado en determinadas asignaturas, o bien producto de la LOGSE o bien con un montón de plazas debidas a la creación de nuevos centros y reducción de ratios que conllevó, relacionadas con mi carrera, un trabajo menos remunerado, con menor promoción profesional pero, con un salario y condiciones laborales dignas para esos tiempos que corrían. Estoy hablando del año 1998.

Ahora, en pleno siglo XXI, me encuentro con un empeoramiento de condiciones laborales brutal, con una situación a desempeñar que, en cuanto a recursos, dista mucho de ser la adecuada para desarrollar correctamente el proceso de enseñanza-aprendizaje, con unas aulas cada vez más complicadas de gestionar y con una burocracia que, cuando empecé en esto, ni tan solo llegaba a soñar, en mis peores pesadillas, tener. Y ya no digamos en cuanto al salario y la relación del mismo con el aumento del coste de la vida. Somos profesores del siglo XXI con sueldos del XX y con condiciones del XIX.

Ayer se publicó en Twitter, por parte de Antonio Hernández (@Therfer) el enlace acerca de un estudio que intenta explicar por qué los docentes abandonan en masa la profesión en muchos países (enlace). Un fenómeno que, todavía de forma incipiente, se está empezando a dar en el nuestro aunque sea cada vez más complicado encontrar profesores sustitutos de diferentes materias. Son clamorosos los casos de centros educativos sin sustitutos desde Semana Santa. Sí, he dicho desde Semana Santa. Y no son casos excepcionales en algunas Comunidades. Por tanto, algo está pasando en docencia. Algo no muy halagüeño.

Pues bien, en el estudio aparecen tres gráficos muy relevantes (recomiendo la lectura completa, pero estos gráficos que pondré a continuación son muy claros).

El primero es el que hace referencia a los motivos por los que el profesorado eligió la docencia como profesión.

Fuente: https://www.educationsupport.org.uk/media/bn2bk5a3/1970s-working-conditions-in-the-2020s.pdf

Se trata de una profesión que en principio se eligió (estoy hablando de profesorado en activo) para “dar una oportunidad a los jóvenes”, “porque les gustaba la materia que están impartiendo” o, relacionado con lo anterior, “para enseñar al alumnado acerca de algo que les gustaba”.

¿Os habéis dado cuenta que la desespecialización de los docentes, por ejemplo mediante ámbitos o la dilución de las materias en “proyectitos”, con mucho azúcar, pero totalmente libres de lactosa, se han cargado dos de los motivos por los que uno quería ser docente? Y ya no digamos si a lo anterior añadimos la imposibilidad de dar clase en determinadas aulas (que, por desgracia, cada vez son la mayoría).

Por tanto, si ya no compensa la docencia con los deseos iniciales del profesorado (que es mejorar la vida del alumnado y enseñar lo que saben), ¿qué nos queda? Pues, en principio, nos quedaría la calidad de vida que supone ser docente.

Parece que tampoco queda lo anterior. Ahora resulta que, lo que era un trabajo para disponer de tiempo libre se ha convertido en una esclavitud horaria. Horas infinitas. Burocracia infinita. Tiempo libre dedicado, exclusivamente, a preparar, corregir o redactar papeles de nulo sentido.

Fuente: https://www.educationsupport.org.uk/media/bn2bk5a3/1970s-working-conditions-in-the-2020s.pdf

Según lo que parece y en el mercado laboral actual (siempre teniendo en cuenta que son datos de UK), los docentes trabajan un promedio de 4,5 horas semanales más que los profesionales, con la misma titulación, que se han dedicado a otra cosa. Se está hablando de un promedio de 47,7 horas semanales, pudiendo llegar hasta 60 en uno de cada cuatro docentes. Una auténtica barbaridad. Sí, también en cualquier otra profesión pero, por favor, ahorraos esas comparativas demagógicas porque en este post se está hablando de la profesión docente. Ya si queréis después hablamos de lo vuestro.

Por tanto, ¿qué les queda a los docentes? Ya no tienen incentivos laborales que les hagan sentir motiven profesionalmente (les inundan a burocracia, las aulas cada vez permiten enseñar peor y, por desgracia, todas las políticas educativas tienden a eliminar cualquier noción de enseñar aquello que saben mejor). Ya no tienen un buen horario laboral. Y en cuanto al tema salarial, para los que lo conocemos bien, hemos perdido aproximadamente un 36% (no es una exageración) desde que empecé a trabajar. Consultando mi primera nómina y la última nómina recibida, relacionándolo con el coste de la vida.

No nos queda nada para aguantar. Si tuviera unos cuantos años menos, a pesar de gustarme mi trabajo, cambiaría seguramente. Quizás lo haría más por el maltrato al que llevamos sometidos las últimas décadas (especialmente notorio en los últimos tiempos) que por el alumnado. Aunque debo decir que cada vez disfruto menos dando clase. Y no es culpa de nadie concretamente. Es culpa de la situación contextual.

Añado finalmente un gráfico muy interesante acerca de los motivos por los que la mayoría de docentes se largarían del aula.

Fuente: https://www.educationsupport.org.uk/media/bn2bk5a3/1970s-working-conditions-in-the-2020s.pdf

El motivo fundamental, más allá del salario y la promoción profesional (inexistente en docencia), es el “tener mejor calidad de vida”, “más oportunidades para aprovechar su bagaje profesional” y “más respeto laboral”.

Así pues, antes de empezar a ver cómo la falta de profesores empieza a lastrar nuestro sistema educativo, al igual que está pasando en países de nuestro entorno y que, por lógica, va a acabar pasando aquí más allá de casos que cada vez tienen menos de excepcionales, tocaría tomar medidas por parte de los que gestionan la educación.

No me hagáis mucho caso. Seguro que, como dicen algunos, la vocación lo aguanta todo. Y la culpa será siempre del profesor, que no quiere adaptarse a la nueva situación profesional saliendo de su zona de confort.

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4 comentarios

  1. ¿Y la “zona de confort” esa, alguien sabe dónde está? En veintipico años en la profesión, creo que nunca la he visto ni la he olido.

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