Pasada mediáticamente la pandemia, han vuelto con fuerza los eventos educativos. Esos congresos y jornadas plagados de grandísimos «tricksters», que se llenan hasta la bandera de docentes ávidos de ser cuestionados intelectualmente. Sí, la culpa de que determinados personajes, que jamás han pisado ni van a pisar un aula, llenen sus bolos, es debido a dos cuestiones: una buena campaña de marketing para promocionarlos y la existencia de docentes con muy poco intelecto. No lo olvidemos, ser docente no te hace ni más listo, ni más capaz, ni más discernidor de ciertas cosas. Lo digo para aquellos que se piensen que, cuando uno entra a ser docente, les incorporan un chip que les suelte descargas eléctricas cada vez que acuden a ver a determinados embaucadores. Sí, por si no lo habéis buscado aún o no sabéis su traducción, la traducción de «trickster» es embaucador. A ver si van a ser solo los vendehumos los que van a usar anglicismos.

Entiendo que a alguno de mis compañeros (e incluso a mí) nos salgan clases buenas, malas y peores. Ayer me salió una clase de mierda en la que, incapaz de controlarla, me encontré gritando como si no hubiera un mañana y ciscándome en todo lo cagable. No me pasa mucho, pero a veces me pasa. Dar clase ante un colectivo heterogéneo es lo que tiene. Y sí, al igual que muchos de mis compañeros, alguna vez hemos pensado en asesinatos selectivos. Bueno, más que en asesinatos, en buscar a alguien que nos ilumine para que no se repita los errores que, supuestamente, podemos haber cometido. Errores que, a veces no son nuestros y son del sistema. Otras veces sí que son nuestros. Debemos reconocerlos porque, sin reconocerlos, no se avanza. Al igual que tampoco lo hace un alumno sin que se le diga qué ha hecho bien y qué mal. Y aún así, ni ellos ni nosotros, conseguimos avanzar. Pero bueno, a eso se le denomina realidad.

Entre lo anterior y el fenómeno fan quizás podría encontrar una pista que indique el éxito de determinados personajes dentro de la farándula educativa. Cocineros, expolíticos, gente que ha multiplicado un cajón flamenco en miles, profesores universitarios, normalmente de perfil crítico bajo, que se han promocionado gracias a las redes sociales, actores de televisión, cantantes, banqueros, youtubers,… plagando la parrilla de la inmensa mayoría de eventos dedicados a docentes. Y docentes llenando. Docentes aplaudiendo con las orejas. Docentes extasiados ante charlas de tipos y tipas en chupa de cuero, discursos vacíos de contenidos y disertaciones acerca del sexo del cangrejo americano. Aplaudiendo al final. Cerrando los ojos para hacer sesiones de meditación en directo. Bailando a determinados ritmos o, incluso, perreando. Hay muchos docentes con tiempo libre que necesitan llenar sus fines de semana con estas cosas. A algunos les ha gustado siempre sentarse alrededor de la hoguera para que alguien les cuente un cuento. Cuentos que tienen cada vez más cuentacuentos en el ámbito educativo.

Hay docentes que se valoran muy poco acudiendo a estas cosas. Yo también he caído en alguna cosa de éstas y, pasado el tiempo, reconozco que, aparte de una pérdida de tiempo, ha sido un atentado a mi sentido común y una vergüenza haber ocupado sillas para escuchar ciertas cosas. Ahora cada vez me quiero más. Aprendo más de cualquiera de los que me rodean que de uno que no ha dado clase en su vida. Aprendo más de quienes saben de lo que hablan que de quienes hablan de lo que no saben.

Eso sí, si alguna vez comparamos el aforo de las jornadas, envueltas bajo el paraguas de alguna palabra relacionada con la educación, a las que acuden personajes muy mediáticos, con los de jornadas en las que participan como ponentes especialistas en las diferentes asignaturas, en gestión educativa (léase equipos directivos o personal de servicios jurídicos de la administración), editores de libros de texto (sí, los que mejor saben cómo se hacen los libros de texto son sus editores), responsables técnicos de determinadas aplicaciones y servicios tecnológicos o, simplemente, gente con un currículum muy amplio que sabe mucho de determinadas cosas (un ejemplo que me viene ahora a la cabeza, sería Arsuaga o algún virólogo de esos que no sale en la televisión), nos encontraríamos una diferencia abismal en la cantidad de sillas ocupadas por docentes. Algo que debería llevarnos a la reflexión.

El triunfo de los «tricksters» entre los docentes es de los docentes que, con su presencia, les validan. Así que, por favor, no os dejéis embaucar por luces de colores, número de seguidores en las redes sociales o, simplemente, la cantidad de entrevistas que algunos conceden a los medios. Los que saben de educación normalmente son otros. Y esos otros sí que se merecen que les vayáis a ver porque, al final, todos estos vendedores de humo, con el apoyo de demasiados de vosotros, son los que acaban haciendo creer a la sociedad ciertas cosas. Así que os lo pido. Si viene un cura o una monja, aunque la misma baile y el cura salga mucho en los medios, no vayáis a que os hablen de sexo. Os lo pido por favor. No os queráis tan poco. No nos queráis tan poco.

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