Opositores docentes de la mano de mamá
Lo que leímos ayer en algunos medios (enlace) ya no es un síntoma de decadencia. Es la certificación oficial del colapso de la madurez. Quienes me leéis habitualmente por aquí sabéis que he despellejado sin piedad la incompetencia de la administración y las corruptelas del sistema. Pero lo publicado estas últimas horas sobre la revisión de notas de las oposiciones docentes traspasa cualquier frontera del ridículo. Ver a hordas de padres y madres acompañando a tíos hechos y derechos, de veintitantos años largos, a las sedes de los tribunales para tutelar, vigilar y defender los exámenes de sus «niños» me provoca una mezcla de vergüenza ajena y terror social absoluto.
Ya no es que hayamos infantilizado la infancia o la adolescencia. Es que hemos estirado la minoría de edad mental hasta rozar la treintena. Estamos hablando de tíos y tías de más de 23 años, graduados universitarios que aspiran a que el Estado les firme un contrato blindado del Grupo A hasta la jubilación y les otorgue la condición de autoridad pública. Y ahí los tienes, yendo a reclamar un suspenso custodiados por el padre helicóptero de turno que saca las garras en la puerta del centro educativo donde se han examinado, o de la propia Consejería, porque a su criatura le han corregido mal una tilde. Es dantesco.
¿Nos sorprende? En absoluto. Esto es el resultado lógico de una metástasis social que llevamos años viendo crecer en los campus universitarios. Cualquiera que conserve dos dedos de frente en la Universidad sabe perfectamente que las secretarías de las facultades llevan una década invadidas por padres que van a rellenar la matrícula de sus hijos de la mano, a elegirles las asignaturas optativas o, lo que es aún más vomitivo, a presentarse en el despacho del catedrático a exigir explicaciones porque el «nene» ha sacado un cuatro en Derecho Romano.
Hemos criado a una generación de blandengues sobreprotegidos a los que se les ha extirpado quirúrgicamente la capacidad de asumir la frustración, el error y la responsabilidad. Si el sistema les dice que han fallado, la culpa nunca es de su incompetencia o de su falta de estudio. La culpa es de un tribunal malvado que traumatiza a sus niños. Y claro, como el «niño» no sabe articular tres frases seguidas frente a una autoridad real sin sufrir un ataque de ansiedad, tiene que ir papá a hacer el matón de pasillo burocrático.
Aquí es donde el asunto deja de dar risa y empieza a dar auténtico pánico. Hablemos claro. La función de un docente en un aula de la escuela pública no es rellenar un PowerPoint ni hacer coreografías. Su trabajo consiste en gestionar la disciplina, el aprendizaje y la convivencia de veintimuchos niños o adolescentes hiperventilados. Se tiene que ser el adulto de la sala. Se tiene que imponer respeto, criterio, madurez y autoridad intelectual.
¿Cómo demonios va a hacer de adulto frente a veintimuchos alumnos alguien que necesita que su madre le coja la mano para ir a pedir una revisión de examen? ¿Qué tipo de gestión de aula va a hacer un espécimen que se desmorona emocionalmente si un tribunal le dice que su programación didáctica es una basura? Es una contradicción criminal. Si alguien no es capaz de defender su propio trabajo de forma autónoma, madura y firme ante un tribunal de oposición, no está capacitado para pisar una tarima. Punto. No es un maestro. Es un menor de edad con carrera que necesita un cuidador.
Este es el verdadero éxito de las pedagogías del buenismo y de una sociedad devaluada. Al eliminar la cultura del esfuerzo, penalizar la exigencia y convertir la escuela en una burbuja de cristal donde nadie puede sufrir un rasguño emocional, hemos generado monstruos. Adultos funcionales en lo biológico pero lactantes en lo emocional.
La administración se echará las manos a la cabeza cuando vea los índices de bajas por estrés o depresión en los primeros meses de curso de las nuevas hornadas. Claro que se van a estresar. El aula real no es la cocina de su casa ni el salón recreativo de la facultad. En el aula hay conflicto, hay exigencia y hay crudeza. Y cuando la realidad les pegue el primer bofetón, no van a poder llamar a su madre para que entre a castigar al alumno que les ha faltado al respeto.
A los padres helicóptero que se sientan ofendidos por este artículo y que ya estén buscando el teclado para decirme que sus hijos tienen derecho a estar acompañados… seguid destrozándoles el futuro. Les estáis robando la madurez y convirtiéndolos en lisiados emocionales incapaces de sobrevivir fuera de vuestra falda.
La escuela y, por extensión toda la sociedad, necesita profesionales independientes, con cuajo, madurez y la piel lo suficientemente dura como para aguantar la presión de la tarima. Al que necesite tutor legal para ir a una revisión de notas, que le retiren el examen y lo manden de vuelta a la guardería. Para educar a las generaciones del mañana primero hay que dejar de comportarse como los niños del ayer.
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¡¡¡Impecable argumentación!!!
Gracias, Jordi y Paquito por hacerme sentir que no estoy completamente sola (o casi).
Me quedo con «lisiados emocionales»… ¡ja, ja, ja! Sin llegar a ser un adivino o un visionario, porque todo esto no solamente se esperaba, sino que son consecuencias lógicas de un sistema educativo que hace tiempo que tocó fondo, SUMA Y SIGUE. No hay un mínimo de crítica en el mundo de los pedabobos y psicopedabobos, quienes siguen dictando la fórmula mágica que deben seguir los políticos. Familias que entran en las universidades para presionar a profesores, a doctores y a catedráticos; padre, madre y tía que se presentan a un tribunal de oposiciones para presionar; alumnos que se presentan a Oposiciones con más faltas de ortografía que Cantinflas y que, encima, van de víctimas. Jamás me he alegrado del «mal ajeno», pero todo esto demuestra lo que ya se venía comentando: Magisterio es más fácil que un Ciclo de Grado Superior de «Cemento». La pregunta, Jordi, es: ¿HASTA CUÁNDO SEGUIREMOS CON ESTE CIRCO DE SISTEMA EDUCATIVO?
Lapidario: «Y cuando la realidad les pegue el primer bofetón, no van a poder llamar a su madre para que entre a castigar al alumno que les ha faltado al respeto.» Sería una escena dantesca: la madre del profesor peleándole a la madre del alumno. De palco.
Creo que los tiros van por otro sitio. Esos que van a reclamar con papá o mamá de la mano, lo único que hacen es repetir el modus operandi de hace 10 años cuando estudiaban la ESO y que tan bien les funcionó. Aquella reclamación de papá o mamá fue mano de santo para convertir ese suspenso merecido en un aprobado y sin la menor resistencia de los profesores e incluso con el apoyo de la inspección educativa.
Por qué ahora el resultado debería ser distinto si los que me están examinando en la deposición son esos mismos profesores que hace 10 años agacharon la cabeza y claudicaron a la mínima queja? Y además el premio a conseguir es mucho más goloso que un aprobado en una asignatura.Un trabajo asegurado de por vida. Por lo tanto a por todas, me lo merezca o no. Con papá, mamá o la abuela si hace falta.
Yo, mas que de infantilismo hablaría de caradura, pero una jeta alimentada 10 años antes por la administración y por esos mismos profesores que le ponen ahora un cero al nene. De aquellos polvos, estos lodos.