Los traficantes de menores en las redes sociales… de mercadear con tu alumnado a vivir del cuento
Hay momentos en los que uno abre las redes sociales y le dan ganas de tirar la tiza, quemar el título de funcionario del Grupo A y pedir el fin del mundo por carta certificada. Lo que estamos tolerando en este sistema educativo ya no es simple dejadez administrativa. Es una degradación moral colectiva que asusta. Quienes me leéis por aquí sabéis perfectamente que le tengo un asco soberano a los farsantes de la pedagogía, pero el espécimen del que vengo a hablar hoy supera cualquier límite de la decencia.
Hablo del clásico perfil de influencer educativo. Ese personaje que entró en un aula -como funcionario, interino de rebote o en un centro privado que buscaba marketing barato- y tardó exactamente dos minutos en darse cuenta de que explicar sintaxis o corregir exámenes da mucho trabajo y muy poca gloria. ¿Su solución? Convertir su clase en un plató de televisión y a sus alumnos menores de edad en el atrezo de su marca personal.
Lo verdaderamente sonrojante, vergonzante y de una descomposición social absoluta es que, en lugar de haber acabado expedientado, inhabilitado o directamente rindiendo cuentas ante un juez por vulnerar la privacidad de unos niños que no pueden dar su consentimiento real, el sistema lo ha premiado. A los pocos años de pisar la tarima, el tipo ya ha abandonado el aula, vive de la fama que consiguió explotando a los chavales y se pega la gran vida que, curiosamente, también difunde en las redes con aplauso de palmeros de encefalograma plano de manual.
El modus operandi de este tipo de delincuencia ética en redes responde siempre al mismo patrón de narcisismo psicopático. El personaje llega al aula con el aro de luz en la mochila. No le interesa que los alumnos aprendan a leer de forma comprensiva, a redactar sin faltas o a resolver una ecuación. Lo que le interesa es grabar el vídeo cuqui del día, la bienvenida personalizada con palmaditas en la mano, el bailecito de moda en TikTok con las niñas de catorce años detrás haciéndole los coros, o la lagrimita fácil consolando a un chaval ante la cámara para demostrar lo resiliente e inclusivo que es.
Es un mercadeo repugnante. Utilizan la vulnerabilidad de la infancia y la adolescencia para inflar su contador de seguidores, monetizar visualizaciones y llamar la atención de las marcas comerciales. Venden una falsa cercanía pedagógica que no es más que una explotación burda de menores camuflada de buenismo. Lo peor es que muchos padres, obnubilados por la pantalla, aplauden que sus hijos salgan en las redes del profe guay, sin entender que están permitiendo que un desconocido use la imagen de sus hijos para labrarse un futuro laboral fuera de las aulas.
Pero lo que me provoca un cabreo interior que me revuelve las tripas no es solo la existencia del parásito -miserables ha habido siempre-, sino la sociedad de mierda que tenemos que decide encumbrar a personajes así. Vivimos en una colectividad tan infantilizada, tan enferma de dopamina digital y tan carente de referentes reales que aplaude el envoltorio y desprecia el contenido.
Lo más sangrante es comprobar cómo en las propias salas de profesores y en los foros educativos hay una masa ovejuna que defiende a estos farsantes. Te salen con el argumento de que al menos motiva a los niños o que acerca la escuela a su lenguaje. Hay que ser muy ciego o muy cómplice para no ver la realidad. Esos personajes no están motivando a nadie. Están usando la escuela como trampolín para huir de ella.
El premio al esfuerzo de exponer menores es una excedencia dorada al poco de empezar. Ahora se dedican a pasearse por congresos de educación financiados por bancos, a publicar libros de autoayuda pedagógica con frases de azucarillo y a vender humo en sus perfiles desde la playa, especialmente los que nunca han tenido ganas de ser docentes, mientras los docentes reales se dejan la salud mental lidiando con ratios salvajes, burocracia defensiva e inclusión muy poco inclusiva a las ocho de la mañana. Vivir del cuento a costa del trabajo ajeno y de la infancia robada. Ese es el gran éxito de la educación del siglo XXI.
¿Y dónde cojones está la Inspección Educativa cuando un tipo graba a menores dentro de un edificio con menores, especialmente vulnerables y protegidos por la ley, para lucrarse en sus cuentas personales? ¿Está mirando para otro lado o haciéndose fotos con él? Es que no lo entiendo. La administración es cómplice por omisión. Persiguen al docente de a pie si se retrasa cinco minutos en rellenar un puto papel o tiene una reclamación que no se sustenta de ninguna manera, pero al que mercantiliza con la imagen de los alumnos le permiten la impunidad absoluta porque da buena imagen de modernidad al sistema. Es un cinismo intolerable.
El sistema educativo se diseñó para servir a la comunidad y transmitir el conocimiento acumulado de las generaciones, no para que un egocéntrico con complejo de Peter Pan se monte un canal de entretenimiento a costa del derecho a la intimidad de los menores.
A los palmeros de siempre que saldrán en tromba en las redes a llamarme los adjetivos de siempre por haber escrito esto… ahorraos los caracteres. Me la suda vuestra superioridad moral de saldo. La envidia se tiene hacia el que demuestra excelencia intelectual, rigor y dignidad en la tarima. Al parásito que huye del aula tras exprimir a sus alumnos solo se le puede tener un profundo y absoluto desprecio profesional.
La dignidad de la escuela se defiende protegiendo a los chavales y respetando la intimidad del aula. El que quiera ser influencer, que se compre un canal de videojuegos o que venda cosméticos en su casa, pero que deje las pizarras en paz.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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