¿Eres docente? ¿Te preocupa la educación en este país? ¿Estás asustado al ver lo que están vendiendo algunos por las redes sociales y difundiendo en los medios? ¿Consideras que los cambios curriculares van a perjudicar el aprendizaje de tu alumnado? ¿Harto de ver la proliferación de pseudociencias y de chamanes pedagógicos que jamás han pisado un aula? ¿Vives en un estado de congoja permanente al no sabe con qué novedad (des)educativa te vas a despertar hoy? ¿Vas a trabajar a un centro educativo con goteras y miras a menudo al techo para ver si hoy es el día en el que cede definitivamente el tejado? ¿No tienes claro si alguno de tus alumnos va a usar el gel hidroalcohólico para hacer una imitación barata de la Kale Borroka?

Pues estás de suerte. No debes preocuparte por nada de lo anterior porque, por suerte, una vez cruzas la puerta de tu centro, aparece la realidad educativa. A veces mejor, a veces peor, pero siempre al margen de lo que decidan los políticos de turno, lo que digan cuatro desde sus púlpitos universitarios o desde aquellos medios en los que siempre les hacen casito. Además, salvo que algún día venga el inspector, que además tiene más ganas de pirarse del centro que tú, tampoco vas a encontrarte con la necesidad de hacer ningún paripé. Bueno, cuando tienes una edad y llevas ya más de un par de décadas en esto, poco paripé necesitas hacer frente a nadie. Es que no necesitas ni esconderte el tatuaje de un koala que llevas en el antebrazo ni tampoco ponerte calcetines conjuntados. Y ya no hablemos de la ropa interior. Mientras esté limpia y tus fosas nasales no tengan ningún problema en lidiar con ella, non ti preoccupare.

Estamos viviendo una infoxicación de noticias educativas. De cambios hechos por cuatro charlatanes que demasiados políticos compran. De currículos, itinerarios, competencias incompetentes, ámbitos, digitalizaciones muy poco digitalizadas o, simplemente, publirreportajes de cuatro soluciones mágicas para solucionar todos tus problemas educativos y que, mediante siglas inventadas, puedas recauchutar sandeces que llevan eones pululando por determinados discursos educativos. Pero lo anterior se pasa. Se pasa con el café. Se pasa hablando con tus compañeros. Se pasa dando clase. Se pasa, en definitiva, cuando descubres que por fin es viernes. O cuando ves que, por suerte y al margen de lo que hagas en el aula, consigues que parte de tu alumnado tenga un futuro. A ver, un detalle para aquellos que se piensan que han influido algo en el aprendizaje de esos chavales… tenerlos dos o cuatro horas a la semana (según si das asignatura top o down) un curso o un par de cursos en Secundaria no influye en nada en su futuro. Así que no me vayáis algunos de gallitos. Eso sí, la influencia del sistema educativo como algo global es otra cosa. Y, por suerte, los docentes, al margen de las chuminadas campestres que nacen, crecen, se reproducen y resucitan bajo otras siglas, hacen bien su trabajo. Como profesionales. Como grandísimos profesionales.

Las familias también influyen, la sociedad también influye, Telecinco también influye,… aquí influye hasta la calidad de la comida que se enjareta uno por la mañana, lo que se almuerza o, simplemente, la cantidad de porros que uno fuma en su tierna y sana juventud. También hacer deporte. O no hacerlo. O la serie que uno elige ver en Netflix. Es que todo eso influye bastante más que cualquier legislación educativa. Legislación que a los buenos estudiantes no les va a afectar. A los malos, tampoco. Da igual que titulen limpios como con todo suspendido. Es que, al final, el papel lo aguanta todo.

Un poco de música para empezar el viernes… y, como dice la letra, non ti preoccupare.

Permitidme haceros publicidad, como estoy haciendo en los últimos posts, de la newsletter que hago llegar a los suscriptores cada lunes con los artículos de la semana a los que añado una breve reflexión. Os podéis suscribir desde aquí. Suscribirse es gratis. 😉