Nos hemos vuelto locos con tanta (des)innovación educativa que estamos comprando. Especialmente cuando vemos que, al final, lo único que sucede con tanto despropósito (des)innovador es complicar, hasta el infinito y más allá, procesos que deberían ser mucho más importantes que la herramienta mediante la cual se realizan. Este es el caso de los esquemas, los pósters, los vídeos, los juegos y simulaciones por ordenador o, simplemente, el boom de las rúbricas digitales. Esto, simplemente, se nos va de las manos.

¿Qué aporta al aprendizaje del alumnado que vea un vídeo en casa en el que se explica lo que debería explicarse en clase, aderezado en alguna ocasión con determinadas preguntas para comprobar que el alumno lo ha visto? Y ya no hablo de las herramientas de control que permiten saber cuánto tiempo pasan nuestros alumnos viéndolo (o teniéndolo en modo reproducción), haciendo determinadas actividades o entrando en determinada aplicación. Y, curiosamente, los que venden este tipo de cosas son los que más abogan después por el trato humano del alumnado, el permitir que cada uno aprenda según sus posibilidades e intereses o cualquier de esos modelos de educación no dirigidos. Sí, los mismos que les ponen herramientas digitales para controlar hasta qué momento están pestañeando. Muy coherente todo.

Estamos digitalizando mal y por encima de nuestras posibilidades. Algo que suponga más esfuerzo jamás debería digitalizarse. Usar las TIC para hacer lo mismo de siempre, aunque pueda ser en una plataforma más bonita, solo sirve para que cuatro vayan de innovadores, tres vendan un determinado producto y miles de docentes y alumnos se queden con el gusto amargo de pensar que les están complicando la vida. Además, ¿tanta necesidad tenemos de eliminar el dibujar, cortar, colorear o la simple clase en la que el docente explica y el alumno pregunta dudas? ¿Hasta qué punto es mejor hacer una suma en un iPad que te dé la respuesta al momento o hacerla en papel con la corrección del docente? Sí, hay docentes que usan tabletas para que su alumnado haga sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. Incluso para hacer caligrafía. Hay algunos que son así.

Yo, porque soy profesor de Tecnología y, dentro de mis competencias exigidas, hay una parte de enseñanza de temas digitales, no me queda otra que enseñar a usar a mi alumnado ciertas cosas. Otra cuestión es que, por ejemplo en Lengua Castellana, por ser un docente muy «innovador» les mandara hacer un vídeo para explicar la novela que han leído. ¿Es necesario ese vídeo y el tiempo que usa el alumnado en hacerlo? ¿No sería muchísimo más lógico que explicaran en clase la novela a sus compañeros? Eso sí, seguramente esto, para algunos que viven de aumentar su ego en las redes sociales con las cosas chachis que están haciendo en su aula, edulcoradas y filtradas hasta la saciedad, puede no servirles.

A ver si nos dejamos de tanto Genially y nos ponemos a enseñar a hacer esquemas, subrayar en un papel o tanta parafernalia digital envuelta en un aura mística. Eso sí, no niego que haya herramientas digitales que faciliten la vida y el proceso de enseñanza y aprendizaje pero, si pensáis un poco, veréis que no son la mayoría de cosas que nos están vendiendo. Estamos comprando humo, en formato digital, por encima de nuestras posibilidades.

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