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Me encanta sacar de sus casillas a un colectivo muy poco educativo

Lo confieso. Hay pocas cosas más divertidas que publicar algo sabiendo exactamente qué va a pasar después. Es como lanzar una caña con cebo y ver cómo, desde la otra orilla, empieza a saltar el mismo pez de siempre. Mis favoritos son ellos. Ese colectivo muy poco educativo que lleva la piel tan fina que, si existiera un detector de bilis, se dispararía cada vez que abro la boca… o, mejor dicho, cada vez que escribo.

El patrón es tan previsible que ya hasta da ternura. Publico cualquier opinión que no encaje con su catecismo y, en menos de dos minutos, ahí están. En fila, con las antorchas digitales encendidas y el modo indignación en nivel experto. Da igual de qué hable, la reacción siempre es la misma… ataques personales, descalificaciones creativas y una creatividad infinita para inventar teorías sobre mi vida. A veces pienso que si invirtieran la misma energía en educación que en insultar, Finlandia vendría a copiarnos el sistema.

La parte más divertida no es la bilis, sino la coreografía. Primero llega el que grita más fuerte, el de los adjetivos XXL. Después aparece el que pregunta: “¿Quién se cree este para opinar?”. Y, finalmente, surge el guardián definitivo. El que amenaza con “hablar con quien sea necesario” para que alguien me calle. Un thriller de bajo presupuesto, pero entretenido.

Y no falla. Cada publicación es como encender un botón rojo de alerta. Los timelines se llenan de comentarios, capturas y conspiraciones. Es tan automático que empiezo a sospechar que tienen un grupo de WhatsApp con el nombre “A por este”. Porque la coordinación es digna de estudio… misma hora, mismos argumentos, mismo tono. Si no fuera porque hablamos de adultos, parecería una guardería digital.

Lo mejor viene cuando, entre insulto e insulto, se dedican a perseguir a cualquiera que esté de acuerdo conmigo. Si alguien da un like o escribe un “pues tiene razón”, automáticamente pasa a formar parte de la lista negra. Le escriben en privado, le preguntan qué hace apoyándome, lo amenazan veladamente con perder reputación. A ese nivel de celo casi habría que hacerles un monumento. Son los guardianes de la ortodoxia educativa, versión drama queen.

Podría enfadarme, podría bloquearlos, podría ignorarlos… pero sería una pena perderme el espectáculo. Porque hay algo fascinante en ver cómo, una y otra vez, el mismo colectivo demuestra que la mejor forma de confirmar lo que critico es reaccionando exactamente como espero que lo hagan. Es casi un laboratorio sociológico gratuito. Yo escribo, ellos saltan, y todos sabemos el papel que nos toca.

Además, reconozcámoslo… si no se indignaran tanto, las publicaciones no tendrían ni la mitad de recorrido. No hay mejor publicidad que una tropa enfurecida compartiendo tu post para “denunciarlo”. Paradójicamente, sus ataques son mi mejor campaña. La indignación les cuesta bilis, a mí me da clics. Llamémoslo simbiosis educativa.

Así que tranquilos, queridos guardianes del dogma… ¡voy a seguir publicando! No porque os odie, sino porque me encanta ver vuestra coreografía de indignación. Al final, todos cumplimos nuestro rol en esta tragicomedia. Yo escribo, vosotros gritáis, y los que leen en silencio sacan sus propias conclusiones. Un equilibrio casi poético.

Podéis descargaros mi último libro en formato digital, TORREZNO 3PO: un alien en educación, desde aquí.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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