Si han manipulado la historia, imagina lo que pueden hacer con la educación
Mentir es barato. Manipular, todavía más. La historia está llena de ejemplos. Batallas que nunca existieron, héroes que jamás hicieron lo que se les atribuye, frases célebres que se inventaron tres siglos después y se repiten como dogmas. Si hemos conseguido retorcer hechos de hace quinientos años hasta hacerlos irreconocibles, ¿de verdad alguien cree que no podemos hacer lo mismo con lo que está pasando ahora mismo?
Y claro, si esto es fácil en política o en economía, en educación es un festival. Aquí los bulos no solo circulan rápido… se convierten en ideología en tiempo récord. Basta que alguien diga en X que “en Finlandia lo están haciendo perfecto” y, de repente, medio claustro corre a comprarse libros de metodologías mágicas. Nadie se molesta en comprobar que el famoso modelo finlandés ya no funciona como antes (¡quizás antes tampoco era como nos lo vendían!). No importa. La narrativa mola y las fotos de aulas nórdicas con ventanales enormes quedan preciosas en las presentaciones.
Lo mismo pasa con los resultados PISA. Un informe complejo se resume en dos titulares según la necesidad del momento… “los alumnos no saben leer” o “los profes no saben enseñar”. A partir de ahí, cada cual moldea los datos como plastilina. Las academias venden cursos exprés para salvar a tus alumnos del desastre, los medios señalan a quien más convenga y los gurús educativos sacan un curso de 199 € para explicarte el método definitivo. Manipular hechos históricos requiere libros; manipular educación, un hilo en X.
Y luego está el capítulo de las tecnologías milagrosas, la feria ambulante favorita del sistema. Cada cinco años aparece un invento que promete «revolucionar la enseñanza para siempre”, y cada cinco años se estrella contra la realidad. Nos vendieron las pizarras digitales como si fueran la segunda venida de Newton, y ahora muchas acumulan polvo y sirven para colgar abrigos. Después llegó la fiebre de las tabletas, convertidas en símbolo de modernidad… hasta que alguien descubrió que actualizar licencias costaba dinero y que el wifi no iba tan rápido como en la demo.
Luego vinieron las apps educativas con nombres inspiradores. Prometían transformar las aulas y, en la práctica, solo transformaron el número de contraseñas que un profesor necesita recordar para sobrevivir. Hoy estamos en plena moda de la gamificación total y la inteligencia artificial como mesías. La historia se repite. Titulares espectaculares, charlas llenas de neones, frases épicas sobre el futuro del aprendizaje… y, mientras tanto (¡por suerte!), el alumnado sigue tomando apuntes en libretas. Puro tramoyismo pedagógico.
El problema es que nadie quiere leer la letra pequeña. Cuanto más simple es el relato, más fácil es venderlo. Da igual que los datos sean falsos, que las conclusiones estén manipuladas o que la metodología milagrosa lleve tres cursos perdidos. Si cabe en un tuit, se compra. Así nacen mantras como “los jóvenes no estudian”, “los profes no innovan”, “las familias no se implican”, “los exámenes son franquistas” o “la IA lo solucionará todo”. No importa que sea mentira. Importa que suene bien.
Y aquí está la trampa. Si podemos reescribir la historia a placer, ¿cómo no vamos a moldear la educación, que es un terreno abonado para ideologías, egos y negocios? Cada curso se lanzan nuevas cifras, metodologías, informes y aplicaciones, todos convenientemente interpretados para reforzar lo que cada uno quiere creer. La verdad es irrelevante. Lo que importa es el relato.
Así que, la próxima vez que leas que tal tecnología salvará tu aula, que el sistema educativo está a punto de colapsar o que un país remoto ya ha descubierto el secreto del aprendizaje eterno, hazte un favor… ¡desconfía!. Si la historia nos ha enseñado algo, es que la verdad siempre llega tarde. Y en educación, cuando llega, ya se ha vendido otro máster.
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Hola Jordi:
Soy docente, y sí nos venden las modas que a algunos les vienen bien para hacer negocio.
Hace 10 años el coaching educativo era el cursillo tocapelotas que nos hacían hacer para ser de la cuchipandi que sabe mucho y bien. Te encontrabas que la gente que daba el cursillo de coaching eran los que no sabīan qué hacer con su vida y necesitaban un trabajo. Formador de coaching y arreando.
Ahora la IA, que no me puede resbalar más. Ya me han hecho hacer un curso de mierd@ de IA.
Abogo por la educación tradicional y si quieren más tecnología que suban las horas de tecnología.