La apología del error

Hoy me podría haber levantado con ganas de marcha. Había temas, más que jugosos sobre la mesa, para poder explayarme a gusto relacionando los mismos con la educación. Podría haber usado el despiporre de las mociones de censura, la ciencia que no es ciencia porque resulta que una vacuna es buena o mala según los científicos o los intereses que haya tras la misma (por cierto, ni loco me voy a vacunar con AstraZeneca, a pesar de ser un convencido de la necesidad de vacunarse uno) o, simplemente, la captura de pantalla de un político muy feminista que destapa en Twitter sus gustos sexuales acerca de coprofagia japonesa y orgías.

Lamentablemente para vosotros, ni voy a hablar de lo de Madrid, ni de lo de Murcia, ni de la vacuna, ni del caso de “Manolete si no sabes tuitear para qué te metes”. Voy a hablar de la apología del error. Voy a hablar de algo muy serio. Mucho más que lo anterior, aunque también esté relacionado porque, en caso de haber cometido el error de votar por A, ahora es el momento de rectificar. Y, como dicta la lógica, mejor esperarse a una vacuna en condiciones que esperar la primera o pincharse la segunda de algo que, por lo visto, no está del todo claro. Como enfermo crónico me quiero mucho. Demasiado para correr riesgos y, aunque sé que el riesgo cero no existe, tampoco quiero tomar riesgos innecesarios. Más aún cuando lo único que tengo que hacer es esperar un poco a que empiecen a llegar vacunas más fiables. Me juego mucho.

Dicen algunos que el error es la mejor manera para aprender. Se postula el error como la solución a muchos problemas educativos. Se enaltece el error como viaje sin retorno a una mejora educativa real.

Quizás comprar errores no es muy positivo. Alabar los mismos como necesarios e imprescindibles supone algo que, en la vida real, debe minimizarse al máximo. ¿Qué sentido tiene preparar al alumno para que cometa errores y, en caso de cometerlos, pervertir el significado o consecuencias del mismo, hacia minusvalorarlos y considerarlos una manera eficaz de aprendizaje? ¿Qué sentido tiene proponer el error como mecanismo de innovación? ¿Qué sentido tiene probar y equivocarse sin límites alegando que esos errores son parte del proceso educativo?

Las equivocaciones en un entorno tan poco controlable como el educativo suceden. Son muchas las razones para ello (heterogeneidades, maneras de trabajar, herramientas, cuestiones legislativas, etc.). Pero, que haya razones que justifiquen el error no significa que no debamos tratar de reconducir el mismo. Un error que, más allá que queramos justificarlo, no queda otra que corregirlo. Y, ¿cómo se corrige un error? ¿Cuál es el mejor mecanismo para corregirlo? ¿La penalización, la disculpa o el diálogo?

Cuando observamos que los errores son minimizados hasta ser solucionados por una simple frase del tipo “ha sido un error, no volverá a ocurrir” debemos ponernos a temblar. Disculpar un error por intenciones, nunca acciones, de quien lo ha cometido es algo demasiado fácil. Los errores se deben penalizar. El cómo es quizás lo más importante (al menos cuando se habla en el ámbito educativo).

Los errores generan muchos problemas. Problemas que, en muchas ocasiones, son debidos a la justificación previa de los mismos. Pretextos que hacen una apología de algo que no debería existir. El error es malo y errar debería traer consecuencias a los alumnos.

El sistema educativo lo aguanta todo. Incluso, según algunos, mecanismos que hacen apología del error. Un error humano que debe erradicarse. Unos errores que, en la sociedad en la que queremos integrar a nuestros alumnos, deberían reconducirse una vez cometidos.

Aprender de los errores para no volver a cometerlos es sano y necesario. Potenciar el error para así, supuestamente, mejorar el aprendizaje de los chavales ya es harina de otro costal.

No quiero arquitectos ni médicos que se equivoquen. No quiero informáticos que se equivoquen en los programas que crean. No quiero fontaneros que hagan chapuzas. No quiero científicos que la caguen continuamente en sus previsiones acerca de la pandemia. Quiero una sociedad con pocos errores (más allá de los inherentes al ser humano). Y, para ello, qué mejor que intentar potenciar la “ausencia de fallos” en el sistema educativo. Un sistema donde el error se permite en exceso y las justificaciones del fracaso están a la orden del día. Equivocarse es sano y necesario pero, cometer errores, no creo que sea algo que deba incentivarse. Todavía menos, cuando ya se ha salido del sistema educativo y se ostenta puestos de responsabilidad, justificarse o no cortar cabezas. En sentido figurado, claro está.

Cometer errores debe penalizarse. Y no es algo baladí el no hacerlo.

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