Extenuados

A tres meses de haber empezado un curso raro, tanto los profesionales, que intervenimos directa o indirectamente en el aula, y los alumnos, estamos extenuados. Sí, entre la sobreexplotación sobrevenida, con grupos semipresenciales a los que, sin horario para atender obligan a hacer malabares, competencia digital a la que se ha tenido que sumar uno sí o sí y un contexto que, por desgracia, dista mucho de ser normal (y que nadie ayuda a hacerlo normal con bombardeos mediáticos continuos) no nos quedan muchas fuerzas.

Sé que quizás no es excusa para terceros el cansancio. Sé que, posiblemente, algunos que no se dediquen a la docencia ni tengan hijos puedan cuestionar lo anterior pero, sinceramente, les digo que se está, a estas alturas de curso más “tocados” de lo deseable. Mucha contestación que no deberíamos dar, disminución del grado de tolerancia -tanto por parte del alumnado como del profesorado-, irascibilidad, ahogo psicológico y, un largo etcétera de motivos que indican que, a estas alturas de curso, necesitamos con urgencia un período de reposo. No es vagancia, es necesidad. Sí, los alumnos y docentes tenemos bastante claro que a esto hay que echarle el cierre por vacaciones de Navidad. Vacaciones que, por cierto, van a venir marcadas con una no-Navidad que, posiblemente, haga que lo de recargar las pilas sea misión imposible ya que, lamentablemente, no nos van a dejar hacer desconexión. Bueno, no nos va a dejar hacerla ni el bicho ni las medidas “sanitarias” más contradictorias que uno jamás ha visto. Se necesita una vuelta a la vieja normalidad. Y más pronto que tarde.

Ya sé que todo el mundo está jodido en esta situación. Que las cosas no van bien para nadie. Que hay algunos que, por desgracia, suficiente tienen con poder llegar a fin de mes o encontrar un techo para cobijarse. El problema es que llevamos muy mal ritmo laboral los que aún seguimos pudiendo trabajar. Se está intentando salvar un sistema educativo que, por desgracia, es imposible con el personal y los recursos que se tienen. Aún así, la inmensa mayoría hacen lo que pueden. Y seguirán haciéndolo. ¿A qué coste? Pues a un coste que, si en tres meses de curso se ha llegado a la extenuación, me imagino qué sucederá al volver de vacaciones. Unas vacaciones que no van a ser para muchos y que, al final, han reducido el descanso a poder disfrutar de una serie en nuestra plataforma favorita. Eso no es descansar porque, al final, entre capítulo y capítulo muchos van a mirar qué pueden hacer para sus alumnos o para la mejora del sistema educativo dentro de sus posibilidades.

Vivimos tiempos difíciles pero, el coste en nuestra salud, si no lo estamos pagando ahora, lo vamos a pagar. Quizás esta nueva normalidad que algunos quieren meternos a fuego incluye reducir la esperanza de vida (y la calidad de la misma) de todos los trabajadores o de la sociedad en su conjunto. Quizás es que nadie sepa cómo gestionar esto. Quizás es que, por desgracia, todo acaba siempre repercutiendo en los mismos.

Se va muy justo ya de batería. Eso sí, algunos aún nos creemos que tenemos la posibilidad de recargar las pilas hasta el infinito. Algo que no es cierto ya que las pilas tienen un límite de procesos de recarga. Y no lo digo yo. Lo dice la ciencia.

Con ganas de que mejore todo habiendo perdido solo un año. Espero que no sean más porque, entre el norte que hemos perdido más de uno (incluso que creamos que no) y la afección sobre nuestra calidad de vida en este poco tiempo, no quiero ni imaginarme si la situación se eterniza. Seguiremos -o lo intentaremos- mientras el cuerpo aguante… ¡mucho ánimo a todos!

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