Escribir (no solo) sobre educación es una profesión de riesgo
Hay quien piensa que escribir sobre educación consiste en opinar, en compartir recursos o, como mucho, en abrir pequeños debates sobre metodologías, herramientas o políticas educativas. Pero no. Escribir -y especialmente escribir de forma pública y constante- es, cada vez más, una profesión de riesgo. Y no por lo que se escribe, sino por todo lo que se genera alrededor de ese acto.
Porque, siendo honestos, muchos no leen. Se quedan en el titular. Y a partir de ahí construyen una opinión, una crítica o incluso un ataque. Da igual que el contenido matice, contradiga o complemente ese titular. Ellos ya han decidido qué querías decir. Ya han decidido quién eres.
Luego están los que te leen… pero no para entenderte, sino para encasillarte. Aquellos que, con una rapidez asombrosa, te colocan una etiqueta ideológica. Porque, al parecer, opinar sobre educación implica necesariamente pertenecer a un bando. Y si no encajas exactamente en el suyo, pasas automáticamente al otro lado. Sin matices. Sin dudas. Sin posibilidad de evolución.
También hay quienes no juzgan lo que dices, sino desde dónde creen que lo dices. Les importa más tu contexto, tu trayectoria (o la que ellos imaginan), tus silencios o incluso tus relaciones. No analizan el contenido, analizan al autor. Y, a partir de ahí, invalidan o validan el mensaje según les convenga.
Y luego están los incombustibles. Esos que, escribas lo que escribas, siempre van a reaccionar igual. Si suelen criticarte, lo harán otra vez. Si suelen aplaudirte, también. Da igual el contenido. Da igual el enfoque. Son previsibles. Automáticos. Como si no leyeran, sino que simplemente respondieran a tu nombre.
Pero la cosa no acaba ahí…
También hay quienes descontextualizan. Que toman una frase, un párrafo o un tuit dentro de un hilo y lo convierten en algo completamente distinto. Que recortan, reinterpretan o directamente inventan. Y no pasa nada. O, mejor dicho, sí pasa. Se difunde más rápido la mentira que cualquier aclaración posterior.
Y, por supuesto, no podemos olvidar a los que te dicen qué deberías escribir. O cómo deberías hacerlo. O desde qué perspectiva. Porque, al parecer, si no lo haces así, estás equivocado. O peor aún: eres «de los malos». Una categoría difusa, pero muy útil para desacreditar sin necesidad de argumentar.
En este contexto, escribir sobre educación -o sobre cualquier tema con cierta carga social- implica exponerse constantemente. No solo a la crítica (que es necesaria y saludable), sino al juicio rápido, al prejuicio y, en demasiadas ocasiones, a la mala fe.
Y aun así, merece la pena, porque entre todo ese ruido, también hay lectores que sí leen. Que sí piensan. Que discrepan con argumentos o que aportan nuevas perspectivas. Lectores que entienden que escribir no es dictar verdades absolutas, sino abrir conversaciones.
Quizá el problema no sea escribir. Quizá el problema sea todo lo que algunos hacen con lo escrito. Pero eso ya no depende de mí.
Como ya sabéis, aparte de usar la IA en ocasiones, tal como dije hace pocos días aquí, también me baso para escribir en los inputs que recibo y, después de recibir estas «maravillas» (la segunda es fantástica), tanto como comentarios al blog como en redes sociales, no he podido resistirme a escribir estas líneas.


Por cierto, la segunda tiene cuajo porque si alguien «te tiene bloqueado» (he sentido curiosidad por saber qué publicaba este personaje que me dedica estas lindezas) qué sentido tiene que quiera interaccionar contigo. 😉

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