El secuestro del aula… cuando el derecho a reventarlo todo vence al derecho a aprender
Últimamente, si te atreves a decir que el ambiente en los centros es insostenible, te tachan de facha, de autoritario o de tener poca inteligencia emocional. Pero vamos a decir las cosas claras, aunque a los de la pedagogía de salón les dé un parraque… la educación pública está secuestrada. Hemos llegado a un punto de delirio colectivo donde el derecho de un solo alumno a reventar la clase sistemáticamente está por encima del derecho de los otros 29 a recibir una educación que no parezca un episodio de Hermano Mayor.
Hemos confundido la inclusión con la rendición incondicional. Y mientras tanto, el aula se convierte en un campo de batalla donde los daños colaterales son siempre los mismos… los chavales que quieren aprender.
Se nos llena la boca con protocolos de mediación, con gestión de las emociones y con dinámicas de grupo que en un PowerPoint quedan preciosas, pero que en un primero de la ESO con tres perfiles disruptivos sirven para lo mismo que un paraguas en un tsunami. La realidad es que un solo alumno -y no hablo de necesidades educativas especiales, hablo de falta de límites y de mala educación sistémica- es capaz de robarle el 80% del tiempo lectivo a un grupo entero.
¿Qué mensaje le estamos mandando al alumno que se esfuerza, al que guarda silencio, al que tiene la escuela como única vía para progresar? Le estamos diciendo que su tiempo no vale nada. Que el que grita, insulta e impide que se explique es el que manda. Estamos premiando la disrupción y castigando la responsabilidad. Si eso es equidad, que baje Dios y lo vea.
Si aplicas el reglamento de régimen interno, eres un ogro que no sabe motivar. Si no lo haces, la clase es un caos. Pero el problema no se soluciona con más rúbricas de convivencia. Se soluciona con realismo. Y sí, voy a proponer algunas cosas que podrían hacerse. Cosas sencillas. Cosas que no supondrían un coste demasiado alto. Son las que me vienen a la cabeza conforme estoy escribiendo este artículo.
- Espacios de transitoriedad reales. Si un alumno no puede convivir en un grupo ordinario sin impedir que los demás aprendan, no puede estar en ese grupo. Punto. Necesitamos aulas externas de convivencia con personal especializado (y no, no me refiero a mandar al chaval a la biblioteca a mirar el móvil).
- Sanciones con contenido social. ¿Has roto algo? Lo arreglas. ¿Has insultado? Servicios a la comunidad escolar. Menos expulsiones de tres días a casa a jugar a la PlayStation o a vivir en Instagram y más responsabilidad real sobre sus actos.
- Recuperar la presunción de veracidad del docente. Basta de que la palabra de un alumno que miente por sistema valga lo mismo que la del profesional que está intentando dar clase. Sin autoridad no hay educación, solo hay custodia.
Y aquí viene mi propuesta favorita. Para todos esos gurús y opinólogos de red social que defienden la «inclusión a cualquier precio» (incluso al precio de la salud mental del docente y del futuro del resto de la clase), tengo un plan perfecto…
Mañana mismo se os cede el aula. Venid vosotros, con vuestras dinámicas de grupo de colores y vuestro mindfulness pedagógico, y le dais clase a ese alumno que lleva tres años usando el insulto como saludo y el libro como proyectil. Quedaos con él seis horas al día, cinco días a la semana. Demostradnos cómo vuestro amor infinito y vuestra resiliencia sistémica obran el milagro.
Ah, no, que vosotros estáis muy ocupados dando charlas a 100 euros los diez minutos sobre cómo los demás debemos gestionar el conflicto o a opinar desde las redes sociales. Es muy fácil ser inclusivo cuando los gritos te pillan a tres despachos de distancia.
La verdadera equidad es proteger el espacio de estudio del que más lo necesita. Un aula es para aprender, no para gestionar la mala educación sistémica de quien ha decidido que las normas no van con él. El día que prioricemos al que construye sobre el que destruye, empezaremos a recuperar la escuela pública. Mientras tanto, seguiremos asistiendo al funeral del derecho a aprender entre aplausos de gestión emocional.
Tened cuidado ahí fuera. La verdad escuece, pero el silencio es cómplice de este desastre.
Finalmente deciros que, aunque algunos jueguen al ataque personal por falta de argumentos, el que escribe esto ha estado más de veinticinco años dando clase en aulas reales (más unos cuantos fuera de ellas), algunas de las cuales con alumnos de los que os comento. También he dado clase en proyectos específicos formados específicamente por esos perfiles. Ya os digo yo que no hay nada peor que ver cómo todo lo que tienes planificado o las ganas se te van al garete al ver cómo se comportan algunos y, especialmente, al ver el daño que hacen al resto de sus compañeros. Y ojo, que no era, por mi asignatura y quizás por mi manera de trabajar, de los que tenía problemas de gestión de esos conflictos, aunque acabaran, en ocasiones, agotándome.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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Dios mío, qué razón tienes. Estoy leyendo tu artículo con mi marido y estamos los dos que te aplaudimos. Soy profesora en un instituto de secundaria y no puedo estar más de acuerdo contigo. Al fin y al cabo, una expulsión se convierte en un regalo de tres días con más tiempo libre (porque yo les he oído decir eso a los mismos alumnos)… Y pobre de ti que le pongas una falta de disciplina a según que alumno/a, que suelen ser los que más rebientan la clase, que viene su mamá/papá y te come con patatas…y acabas pensando «no,si de tal palo tal astilla»… Pero a mi se me cae el alma al suelo cuando veo ese alumno/a mirando su pupitre en silencio en medio del caos del aula, esperando a que yo haga algo que permita dar clase tranquilamente… En fin, supongo que me queda mucho por aprender. Lo dicho, aplaudo tu reflexión. Muchas gracias.
34 años dando clase. Totalmente de acuerdo contigo. Te añado una medida con coste 0 y que mejoraría la situación. Sin el título de la ESO no puedes sacarte el carnet de conducir.
Saludos y mucho ánimo.
Jaja! Qué bueno!! Me gusta.
Yo tengo un sistema mejor, fuera derecho a la educación y obligatoriedad de la enseñanza. Quién no llegue a unos mínimos de convivencia se va fuera lo que quede de curso y al curso siguiente o recapacita o fuera también.
pura realidad y verdad
Suscribo cada una de sus palabras.
Totalmente de acuerdo.