¿Debería ser obligatorio que los docentes impidieran que su alumnado se «izquierdice»?

En los últimos tiempos han proliferado discursos que reclaman una especie de protección ideológica del alumnado. Según esta visión, la escuela debería actuar como dique de contención frente a determinadas corrientes políticas, evitando que los estudiantes se «derechicen». La premisa es clara. El profesorado tendría la responsabilidad de orientar -o más bien corregir- las inclinaciones ideológicas de su alumnado para garantizar una sociedad futura mejor.

Pero, ¿qué pasaría si lleváramos ese argumento hasta sus últimas consecuencias y, simplemente, le diéramos la vuelta?

Imaginemos por un momento que se planteara seriamente que los docentes tuvieran la obligación de impedir que su alumnado votara a la izquierda. Que desde las aulas se diseñaran estrategias para vacunar a los estudiantes contra determinadas ideas políticas. Que se revisaran contenidos, se filtraran debates y se orientaran reflexiones para evitar que el alumnado desarrollara simpatía hacia ciertos posicionamientos.

¿Nos parecería razonable? ¿Democrático? ¿Educativo? Probablemente no.

Y, sin embargo, el argumento de fondo sería exactamente el mismo. Que hay opciones políticas «incorrectas» de las que conviene proteger a los jóvenes. Que el alumnado es especialmente vulnerable a la influencia ideológica. Que la escuela debe intervenir para garantizar que no caigan en determinadas formas de pensar.

Curiosamente, quienes defienden esa intervención suelen hacerlo desde una supuesta superioridad moral o intelectual. Consideran que sus propias ideas no son ideológicas, sino simplemente correctas. Por tanto, influir en el alumnado no sería adoctrinar, sino educar. El problema -dicen- no es influir, sino que influyan «los otros».

Si aplicamos este razonamiento al escenario inverso, el absurdo se hace evidente. Porque entonces cualquier docente podría justificar que está protegiendo a su alumnado de ideas que considera perjudiciales. Bastaría con cambiar el signo ideológico para que la lógica fuera idéntica.

También se suele argumentar que el alumnado no tiene todavía la madurez suficiente para formarse una opinión política sólida, y que por eso necesita guía. Pero, de nuevo, ¿qué tipo de guía? ¿La que abre preguntas o la que cierra respuestas? ¿La que fomenta el pensamiento crítico o la que lo sustituye por consignas?

Si aceptamos que la escuela debe intervenir para evitar que el alumnado adopte determinadas ideas políticas, entramos en un terreno resbaladizo. Porque entonces la educación deja de ser un espacio de aprendizaje para convertirse en un espacio de dirección ideológica. Y eso, independientemente del signo político, tiene un nombre bastante claro.

El verdadero problema no es que el alumnado piense de una forma u otra. El problema sería que no pudiera pensar por sí mismo.

La escuela no debería ser un lugar donde se diga qué pensar, sino donde se aprenda a pensar. Donde se contrasten ideas, se analicen argumentos, se desarrollen herramientas para comprender la realidad en toda su complejidad. Donde se pueda debatir sin miedo y discrepar sin etiquetas.

Porque, al final, la pregunta no es si hay que evitar que el alumnado se «derechice» o se «izquierdice». La pregunta es si confiamos en su capacidad para construir su propio criterio.

Y la respuesta, al menos desde una perspectiva educativa, debería ser bastante clara, ya que el objetivo de la escuela es que el alumnado aprenda mucho y decida libremente qué y cómo pensar.

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2 comentarios

  1. No señor, de lo que se habla en los claustros no es de impedir la derechización. Se habla de que el alumnado joven y especialmente masculino cada vez es más cercano a ideas autoritarias y fascistas: ideas machistas, supremacistas, racistas, etc. De eso es de lo que se habla. Y las instituciones educativas somos el último dique de salvamento de una sociedad democratica donde quepa todo el mundo independiente de su raza, género, religión o ideología.

    Me hace gracia la pregunta que se hace sobre qué pasaría si se «invirtiese la situación». Pues tiene respuesta: hay están las decadas de la dictadura, o más actual, el veto a charlas, las instituciones religiosas concertadas y privadas que se entienden por todo el estado o las ccaa donde se prohíben ciertos autores por su ideología o procedencia. Las respuestas las tiene a su alcance a día de hoy, porque desgraciadamente pasa y, además, usted trabaja en una ccaa y un municipio donde está pasando.

    Sr. Martí, su deriva también es preocupante. En lo personal, me encantaría que vuelva a desgranar leyes y ayudarnos a comprender los entresijos legislativos o teóricos de la educación y no tanta ideología como lanza últimamente. No sé, quejarse de la ideología desde la ideología además de un sinsentido me recuerda a ciertas ideas no democraticas.

  2. Obviar en la argumentación que las ideas de derechas y de izquierdas son opuestas en tanto que unas buscan conservar el orden establecido que beneficia a unos pocos (ya de paso oprimiendo a ciertos colectivos) y las otras la mejora y progreso del conjunto de la sociedad demuestra una falta importante de conocimiento. Hablar sin concretar qué se entiende por derecha y por izquierda pretendiendo así que lo mismo es una cosa que otra es peligroso.

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