El despilfarro de 15.000 millones de fondos europeos destinados a mejorar la educación

Llevo años trabajando en el sistema educativo. Algunos de ellos he estado metido de lleno en las tripas del mismo, trabajando en cuestiones técnicas o en la gestión de la formación del profesorado y lidiando a diario con la burocracia administrativa. Hablo con conocimiento de causa y con la frustración de ver cómo se desaprovechan los recursos. Y, especialmente, esos recursos millonarios que proceden de los fondos europeos.

En la última década, el sistema educativo de nuestro país ha recibido una inyección histórica que supera holgadamente los15.000 millones de euros procedentes de diversas partidas de la Unión Europea. Un volumen de recursos sin precedentes destinado teóricamente a la digitalización, la innovación y la capacitación del sistema (tanto de la parte tecnológica como de la parte humana).

Sin embargo, basta con mirar la evolución de los indicadores educativos generales durante los últimos años para comprobar una paradoja sangrante. La inversión en marcos digitales, equipamiento o competencias profesionales de Formación Profesional no ha venido acompañada de una mejora en el rendimiento académico, la atención en el aula o la comprensión lectora.

El gran problema radica en la propia naturaleza de los fondos finalistas y el sistema de justificación por objetivos cuantitativos. El sistema administrativo europeo y estatal prioriza el cumplimiento estricto de la ejecución presupuestaria y la consecución de métricas numéricas antes que el impacto pedagógico real.

Lo comprobé en primera persona, entre otras cosas, al gestionar la acreditación de la Competencia Digital Docente (CDD). Un engranaje administrativo diseñado para cumplir a contrarreloj con porcentajes masivos de docentes certificados, donde la prioridad institucional se centra en alcanzar el indicador exigido en el expediente más que en evaluar si esa formación se traduce en una mejora real dentro del aula. No estoy diciendo que se haya hecho mal, pero sí que, por motivos de presión exógena (a algún iluminado del Ministerio se le ocurrió contabilizarlo en el concurso de traslados) o que cada Comunidad hiciera lo que le daba la gana, hemos tenido formas de certificar muy dispares según Comunidad. Y, sinceramente, no creo que hayamos cumplido el objetivo (ni la mía ni ninguna) de tener docentes más competentes a nivel digital.

Mientras tanto, el destino de este enorme volumen de recursos queda encorsetado en partidas cerradas y finalistas. Grandes contratos de equipamiento tecnológico, licencias de software o programas de formación estandarizados. Por el contrario, la gestión real de los centros sufre carencias estructurales que no se pueden financiar con estas partidas. No se pueden destinar estos fondos a reducir las ratios de alumnado por aula de forma estructural. No se pueden emplear en la contratación directa y permanente de personal especializado en orientación o necesidades educativas. No se pueden dedicar a las necesidades de mantenimiento básico ni al gasto corriente de los centros.

El resultado es un sistema rígido donde la administración gasta ingentes cantidades en responder a las exigencias de los programas finalistas mientras la trinchera educativa real sigue reclamando recursos humanos, estabilidad y simplificación burocrática.

Los fondos europeos no han resuelto las carencias del sistema. Lo han cargado de justificantes, indicadores de cumplimiento y una inercia administrativa que distrae la atención de lo verdaderamente importante: la enseñanza, el rigor y el aprendizaje de los alumnos.

Europa no quiere mejorar la educación como entidad supranacional. Es un engranaje burocrático perfecto al que lo único que le interesa es gastar mucho dinero, recibir una cantidad de excels brutales que digan que tienes «x docentes certificados en», «has montado Y pantallas» o «has formado a Z docentes en el uso de algo que no tiene mucho sentido». Eso sí, no sabéis la cantidad de fotografías que da el tema. Imaginaos qué hubiéramos podido hacer con 15.000 millones de euros en educación… ¡maravillas!

Finalmente una apreciación. Más dinero en educación no implica automáticamente una mejor educación para nuestro alumnado. Por mucho que invirtamos mucho, si nadie evalúa en qué lo invertimos y los resultados que obtenemos por cada euro que ponemos ahí, estaremos haciendo lo mismo que estamos haciendo con los fondos europeos. La nada más absoluta. Bueno, la casi nada más absoluta porque, seguramente, algo sí que impactará en algún docente y en el aula. Eso sí, demasiado poco para el dinero gastado.

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2 comentarios

  1. Que gran verdad. Venga pantallas junto con su software correspondiente que aportan poco o mas bien nada para proyectar una imagen que se podría hacer mas fácilmente, mas barato e incluso mejor con un buen proyector. Y me pregunto yo… cuando empiecen a fallar esos enormes televisores interactivos, ¿de donde sacaran los centros educativos el dinero suficiente para arreglarlos? Por que lo que tengo muy muy claro es que su arreglo y/o reposición va a ser muchísimo mas caro que el de los tan denostados proyectores, que se arreglaban con una nueva bombilla o un nuevo ventilador en la mayoría de los casos.
    Y no has hablado de los programas erasmus/orgasmus, en los que los profesores se van una semanita a darse un voltio por destinos turísticos europeos con la intención de aprender prácticas educativas de excelencia y se vienen con las manos vacías. Eso sí, con una semanita de relax….

    1. Uno de los grandes problemas de los fondos finalistas europeos es que, por desgracia, no contemplan el dinero para arreglar, en el caso de elementos tecnológicos, los mismos. Entonces, o bien lo asume la propia administración autonómica o el Ministerio o, simplemente, acabarán en otro vertedero tecnológico. Lo de hablar de los programas Erasmus+ y de la falta de evaluación posterior de los mismos o del impacto que tienen en los centros educativos, es algo de lo que tocará hablar en profundidad.

      Un saludo y muchas gracias por pasarte por aquí.

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