Acabar con los exámenes de septiembre ha sido un crimen educativo
De todas las mutilaciones que ha sufrido la escuela pública en los últimos años para cuadrar los balances de la administración y esconder la vergüenza del fracaso escolar, hay una que destaca por su cobardía y su absoluto cinismo. Me estoy refiriendo a la liquidación de los exámenes de septiembre.
Nos vendieron la amputación de la convocatoria extraordinaria con esa demagogia edulcorada que se cocina en los despachos, con el apoyo de un sector de la pedagogía del buenismo que tanto daño está haciendo. Nos decían que generaban ansiedad, que traumatizábamos al alumno por obligarle a estudiar en verano o, en el caso más vacío, nos decían que una prueba puntual no evaluaba el proceso holístico. Por cierto, un inciso… cuando alguien os hable de educación y hable de «holístico», huid.
Qué sarta de mentiras piadosas. Y qué factura tan destructiva para la formación de los chavales.
La realidad es que se cargaron la última trinchera de responsabilidad individual y madurez que le quedaba al sistema. Los exámenes de septiembre no eran una tortura medieval ni un ensañamiento veraniego. Eran una lección de vida fundamental. Eran el mensaje adulto, honesto y transparente de que tus actos tienen consecuencias. Si te habías tocado las narices durante nueve meses, el sistema te ofrecía un salvavidas, pero te tocaba apretar los dientes, encerrarte en julio y agosto, madurar a marchas forzadas y ganarte el derecho a promocionar.
Al borrar septiembre del mapa para apretujarlo en un paripé a finales de junio -o para sustituirlo por planes de refuerzo de mentira que son puro papeleo burocrático que nadie evalúa-, la administración le escupió a la cara al aula con un mensaje demoledor. Le dijo que daba exactamente lo mismo esforzarse que soplársela. Que el sistema te va a empujar al siguiente curso de todas formas porque lo único que le importa a la consejería de turno es que no le arruines la foto de las estadísticas oficiales.
Las consecuencias de esta compasión tramposa están a la vista de cualquiera que quiera verlo. Alumnos acumulando lagunas abismales, pasando de curso sin saber despejar una incógnita o redactar un párrafo coherente, arrastrando carencias que los condenan al estancamiento absoluto dos años después. Docentes maniatados y convertidos en gestores de expediente, obligados a redactar memorias infames y justificar ante la inspección por qué osan suspender a quien no ha pegado un solo palo al agua. O, simplemente, El insulto directo al alumno que sí trabaja, que ve cómo meses de esfuerzo personal valen exactamente lo mismo a efectos de título que la nada más absoluta de quien ha pasado de todo desde octubre.
Lo verdaderamente repugnante de este desmantelamiento de la exigencia es el daño directo que se le hace a quien depende exclusivamente del sistema educativo para prosperar. Le han robado al alumno la herramienta más potente de superación personal que existía. Me estoy refiriendo a la cultura del esfuerzo, el rigor académico y el orgullo de revertir un fracaso a base de trabajo propio.
Eliminar septiembre no ha sido un avance educativo. Ha sido la rendición incondicional ante la mediocridad. Ha sido cambiar el aprendizaje real por el maquillaje estadístico de bajo coste.
Tratar a los niños y adolescentes como seres de cristal, incapaces de asumir el reto de encerrarse a estudiar para superar una prueba, es la mayor falta de respeto a su inteligencia. Pedir recuperar los exámenes de septiembre no es ser un carca reaccionario. Es volver a creer en la capacidad de los chavales, desmantelar la farsa de los aprobados por decreto y devolverle de una vez la dignidad a la escuela.
Este artículo es la respuesta a una interacción recibida en las redes sociales (no sé si en X o en Facebook) en las que me pedían mi opinión acerca de la eliminación de los exámenes de septiembre. Muchas gracias a la persona que me lo propuso y, como siempre he dicho, intentaré responder cuando pueda. Eso sí, en este caso, como en otros, es solo mi humilde opinión, siempre subjetiva, de muchos años de trinchera y algunos pocos fuera de ella.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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¿Cómo es posible (llevo tanto tiempo con esa pregunta atragantada como una espina enorme) que nadie reaccione ante esa barbaridad? Llevo años diciéndolo a cualquiera que se me ponga a tiro y este curso me jubilaré (38 cursos con tiza) con el mal sabor de boca de no haber podido hacer lo que mis profesores de un Instituto público de suburbio sin ningún recurso hicieron por mí. Y, efectivamente, la «suficiencia» a finales de junio y luego la convocatoria de septiembre eran dos oportunidades de adquirir conocimientos y darse cuenta de cuáles habían sido las conductas inapropiadas e improductivas y subsanarlas con esfuerzo. En fin… Una vez más, Jordi, gracias por hacer que me sienta menos sola en mi tramo final.
Totalmente de acuerdo. Expresa lo que muchos hemos tenido muy claro desde el principio de esta barbaridad