De mochos y Twitter

Esta mañana ha tocado zafarrancho de limpieza en casa. Armado de escoba, recogedor, mocho y múltiples productos de limpieza, amén de trapos y guantes (sí, tocaban los lavabos), me he puesto manos a la obra. Mucha tecnología y mucho trabajo competencial en las aulas y, a día de hoy nadie ha sabido diseñar un aparato, a pilas o con batería, que haga esas buenas obras que algunos nos vemos obligados, de forma mecánica, a hacer. Sí, limpiar tiene muy poco de aprendizaje. O limpias o no. Después entramos si queréis en los matices.

De fondo una emisora de radio, con noticias acerca de pandemia, indigentes intelectuales hablando de medidas contradictorias y gobiernos que, por no poder tener más o menos chiringuitos, no se van a acabar de conformar hasta que pongas al querido de la madame de alto cargo. Aderezado, claro está, por gobiernos en el exilio, madrileños irresponsables en la Barceloneta y con restos de coletas. Pero, por suerte tenía a mi amigo mocho para hablar de cosas serias. Además, por mucho que lo iba pasando por el agua con lejía y escurriendo, seguía sin quejarse. No hay mejor amigo del ser humano que el mocho. Bueno, he de reconocer que con mocho y sin papel de váter la vida tampoco es completa.

Entre pasar el mocho y que se seque el suelo pasan unos minutos. Y, en ese momento de descanso, pasaba un rato por Twitter. Con la radio, claro está, de fondo. Leyendo debates interminables acerca de los ámbitos. Viendo opiniones que importan una mierda vertidas por algunos que, seguramente, creen con toda la buena fe del mundo, que lo que dicen ahí sirve de algo. Las cosas en educación se gestionan en la administración y se aplican en el aula. Lo demás, espectáculo. A ver, que si mañana desaparecemos todos de Twitter, no cambiará nada en el sistema educativo. Incluso que desaparezcan los que tienen muchos seguidores. Bueno, seguramente para alguno cambiarán cosas porque vive de decir ciertas cosas en Twitter y gracias a ello consigue que, agencias de colocación muy poco serias, le pidan que dé cursos de formación o hable, por un módico o no tan módico precio, de ciertas cosas. Cosas de las que por currículum no tiene ni idea. Pero da igual, ha sabido montarse su chiringuito gracias a las redes.

Mi mocho tiene más poder para cambiar las cosas en educación que lo que diga uno en Twitter. Tiene un palo largo, fibras mullidas y esponjosas y una gran capacidad de absorción. Ideal para ser muchísimo más útil que cualquiera de los que tienen cuenta en las redes sociales. Sin Twitter se puede vivir. Sin mocho no. Salvo que tengas ganas de acabarte jodiendo la espalda como en el siglo XIX. Sí, en ese siglo en el que, por lo visto, algunos memorizaban las listas de los Reyes Godos, se gestaban revoluciones con guillotina y no con idealismo o eslóganes en las plazas y, lo que es más importante, no había nadie en las UCI porque no había atención médica. Sí, como ahora pero más exagerado.

Si lo de esta mañana fuera un partido de fútbol, el resultado hubiera sido más aplastante que el España-Malta. En este caso el mocho gana por goleada. Y funciona con independencia de tener internet o de si hemos pagado o no el recibo, cada vez más alto, de electricidad. Por cierto, son casi las ocho y, como en la tarifa que tengo contratada, de ocho a diez sale el asunto eléctrico gratis, voy a poner una lavadora. Es que lo gratis, y más siendo catalán, mola. Especialmente si lo pagan otros.

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