Hay docentes a los que les gusta figurar y a otros a los que les gusta el anonimato. Trabajar detrás de las bambalinas es, casi siempre, mucho más complicado que hacer un espectáculo de unos minutos o publicitar un producto que, ni se ha probado y, si se ha probado ha sido para elaborar el anuncio. No es malo figurar. No es malo otorgarse roles que uno no tiene. No es malo saber venderse y vender lo que hacen otros. Lo importante es que se hagan cosas. Y, para hacer cosas, son muchos miles de docentes los que, sin necesidad de aparentar, ni ganas de ello, día tras día intentan sacar su trabajo lo mejor posible. E, incluso hay algunos que están haciendo cosas fantásticas. Lo mismo en la zona más gris de la administración. Grandes equipos de personas anónimas que hacen que todo funcione. Y si no funciona mejor, en ocasiones, alguno debería callarse antes de criticar lo que hacen otros. O arrimar el hombro. Tampoco es tan complicado.

El trabajo duro se da en muchos lugares. Una película es el trabajo de actores y actrices pero, como siempre, contando con excelentes profesionales de fotografía, decorados, guionistas,… y un largo etcétera de personas que, de forma más anónima, hacen muy bien su trabajo. Lo mismo en los filmes educativos. Mucho curro, poca difusión y agotamiento, a estas alturas de la película, de gran parte de sus trabajadores. Se está trabajando mucho. Muchos están trabajando mucho. Y, como siempre, algunos vendiendo lo mucho que trabajan. Qué bonito es el aparentar. Qué bonito es dar consejos que uno no va a cumplir. Qué bonito llenarse la boca de sandeces pedagógicas para captar la atención de aquellos que, con problemas de cognición importantes y no diagnosticados, trabajan a degüello mientras se creen las bondades de los que no han sudado en su vida. El sudor educativo no vende, ni huele pero, como sabemos muchos, está. Abunda en las aulas. Abunda en las casas del alumnado. Abunda en la administración.

La educación no funcionaría sin todo lo que sucede detrás del telón. No funcionaria sin todo ese trabajo “sucio” del día a día, de esas horas incontables que nadie va a pagar ni a agradecer nunca o, simplemente, sin esa profesionalidad que destilan la inmensa mayoría de profesionales de la educación. Eso sí, una cosa es profesionalidad real y otra profesionalidad simulada. La ciencia ficción educativa que venden algunos, embutidos en sus trajes de astronauta, en la coyuntura actual, no puede menos que darme bastante asco. Hay mucho trabajo por hacer y poco tiempo para perder en lo que dicen los cuatro personajes de Twitter, los seis que publican libros sobre educación “confinada” o aquellos que, al final sabes que saben más de negocio que de educación.

Estoy un poco harto de lo que se vende en educación. Harto de los que venden y preocupado por los que compran. Ahora no creo que sea el momento de comprar. Lo de vender, no voy a ser yo el que les destroce el ego o el negocio a algunos. Menos aún en un capitalismo educativo salvaje como en el que llevamos viviendo la última década. Eso sí, dadme mucha gente detrás de las bambalinas para mejorar la educación. A los del aparentar y el negocio podéis quedároslos.

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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