Me hago mayor. Cada vez me tomo con más humor los intentos de hacerse el gracioso de algunos o, simplemente, sus ganas de hacer daño. Triste es la vida de uno para pasarse el día preocupado por la vida de los demás. El mondongo se agradece en temporada fría, pero cuando los biberones, en lugar de pozales de leche, vienen rellenos de ese mondongo que resulta pesado hasta para el más pintado, uno ya no sabe dónde mirar. Ya se sabe que donde no hay mata, no hay patata. Y entre biberones imposibles de beber y patatas ficticias, adornadas por rebuznos por incapacidad de vocalizar, uno ya no sabe en qué lugar le han puesto la cámara oculta. De tonto se sale. En ocasiones con ayuda pero, no hay peor tonto autoconvencido de no serlo que al que se le ríen las tonterías.

No puedes menos que tomarte con humor los intentos de algunos de hacerse los graciosos. No puedes menos que, para darles cariño, intentar no cuestionar su falta de humor. Es muy triste vivir amargado. Se suman arrugas, se duerme mal e, incluso, salen hemorroides. No lo digo yo, lo dice la ciencia. La ciencia es sabia. Al igual que los consejos de los mayores. Consejos para escuchar, intentar comprender y aplicar. No hay peor desprecio que no hacer aprecio. O aprovechar para formarte en refraneros varios. Qué haríamos sin estos momentos de placer. Qué haríamos sin tontos, tan tontos que sobrepasan al propio concepto. Uno no nace tonto. Uno se hace tonto. Tontos útiles o inútiles. Eso sí, por suerte a veces solo se pierde una casa. Algo que se agradece como parte de la sociedad. Especialmente si la casa no es la de uno, ni vas a compartir mantel.

Hay personas pesadas que ni tan solo saben ser malos. Manipuladores que, ni tan solo saben que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. Van justos de lengua aunque tengan la lengua muy larga. De lengua, lenguado. O, simplemente, exaltado. Malos que, ni tan solo pueden ser malos. Son, simplemente, pesados. Muy pesados. Demasiado pesados. Más que un biberón de mondongo.

La vida continúa. Esta semana creo que cambian la hora. Prometo que quería hablar de rastrojos y piojos pero, al final, con mucho pesar por lo pesado del asunto, me he puesto a desbarrar a horas intempestivas. Es lo que tiene quemar rastrojos y no tener piojos, amén de mucha alegría en el cuerpo y un gran sentido del humor. Todo aderezado por un cuerpo escultural y unos redactados “impecablemente” escritos, a la par que incoherentes. O quizás no lo sean tanto 😉

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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