De los parásitos de pasillo a los vampiros de la zona gris de la administración educativa
Son muchos los artículos con reflexiones o propuestas reales, sesudas y estructurales que escribo en este blog. Me gusta desmenuzar el BOE, proponer bicefalias directivas o destripar el timo de la inclusión de escaparate. Sin embargo, hoy no vengo a hablar de leyes, ni de mi Conselleria, ni de la última ocurrencia burocrática del gurú pedagógico de turno. Hoy me apetece bajar al barro de lo cotidiano, a la baldosa del instituto que he pisado muchísimo años y a la moqueta de la zona gris, para hablar de algo mucho más humano y descarnado. Me estoy refiriendo a la fauna laboral y personal de los aprovechados.
Quienes llevamos años en esto y compartiendo materiales y reflexiones en la red sabemos que la escuela se sostiene gracias a una inmensa mayoría de compañeros extraordinarios. Profesionales generosos que te salvan una guardia, te pasan un material sin pedir nada a cambio o te escuchan el desahogo en la máquina de café. Pero, al mismo tiempo, el ecosistema alberga una especie parasitaria fascinante y mezquina que domina el arte del utilitarismo relacional. Seguro que les ponéis cara.
Todos nos hemos cruzado con ese perfil de compañero. Suele empezar el curso un poco perdido -o fingiendo estarlo- y rápidamente te detecta en la sala de profesores. Sabe que dominas la normativa, tienes materiales elaborados de calidad o que dominas esa herramienta digital que a él se le da regulinchi. Y ahí empieza el goteo.
Primero es una pregunta inocente en el pasillo. Luego, un «oye, ¿me pasas ese material que hiciste para tercero?». En pocas semanas, la línea roja de tu privacidad salta por los aires. Tu teléfono se convierte en su servicio de atención al cliente las 24 horas. Te envían WhatsApps continuamente. Hay mensajes en mi móvil de domingos por la tarde para preguntarme cómo se rellena un acta, los martes a las once de la noche porque no les funciona la plataforma de notas, o audios de cuatro minutos pidiéndote que les resuelvas un marrón con una familia porque ellos no saben dónde mirar en la normativa.
Y tú, que crees en la colaboración docente, respondes. Compartes tus plantillas, les redactas el correo tipo para el inspector, les guías paso a paso por el laberinto burocrático y les regalas horas de tu tiempo libre por puro compañerismo. Durante meses, eres su salvavidas. Te saludan con una sonrisa de oreja a oreja y te dicen lo imprescindible que eres.
Pero si creéis que este canibalismo intelectual se limita a las paredes de un instituto, os equivocáis por completo. Lo verdaderamente peligroso llega cuando das el salto a lo que yo llamo la zona gris de la administración. Me estoy refiriendo a esos despachos donde las decisiones, de forma mayoritaria, las toman personas que lucen orgullosas en la solapa el carnet del partido de turno. Ahí, el parásito de pasillo muta en algo mucho más sibilino y letal… el vampiro de moqueta.
En esos entornos, donde se supone que se diseña el futuro de las aulas, me he topado con la variante más perversa de este síndrome. Hablo de perfiles con cargos rimbombantes, asesores liberados de partido y técnicos de despacho que llegaron allí por el color de su carné o por saber lamer la bota adecuada en el momento justo, pero que padecen un analfabetismo normativo y de gestión absoluto. No tienen ni idea de cómo redactar una instrucción, de cómo encajar un presupuesto o de qué pasa realmente en un aula a las ocho de la mañana.
¿Andan perdidos? Por supuesto. ¿Y qué hacen? Te detectan. Saben que tú resuelves con solvencia lo que ellos atascan por pura incompetencia. Durante casi tres años, al igual que sucedió en la primera etapa, mi teléfono en la zona gris echaba humo con llamadas desesperadas y mensajes a deshoras. Buscan que les des la clave que no encuentran, que les desmenuces el problema técnico o que les estructures el planteamiento de una resolución que les viene grande. Te fríen a consultas para exprimir tus ideas y tu visión estratégica de la educación, esa que ellos solo conocen de oídas. Con las respuestas que tú les das de forma generosa, van luego a presumir de un criterio técnico que no tienen y algunos a blindarse la comisión de servicios para el año siguiente.
Lo más vomitivo de esta estrategia no es el vaciado de ideas; es el uso instrumental de los afectos. Para asegurarse de que no les cierres el grifo del conocimiento, esta estirpe de trepas no duda en cruzar la línea del plano laboral y simular un contacto personal estrecho.
Se inventan una amistad de la noche a la mañana. Te proponen comer juntos fuera del centro, te preguntan por tu familia con una preocupación impostada, te ríen todas las gracias y te envían mensajes los fines de semana que empiezan con un «¿Cómo estás, amigo?» antes de meterte el sablazo de la consulta de turno o pedirte el favor que ellos nunca te harían. Te hacen creer que compartes con ellos un vínculo, una complicidad de trinchera que va más allá de una relación puramente profesional.
Es un camuflaje emocional perfecto. Generan una deuda moral ficticia para que te sientas mal si decides no contestarles la llamada, no resolverles el cabo suelto o no guiarles en una auditoría. Utilizan la empatía como un caballo de Troya para saquear tu experiencia.
La miseria de toda esta fauna -tanto en el aula como en los despachos- se desvela cuando el calendario escolar o tu devenir en la zona gris llega a su fin, las actas se cierran y ya han conseguido exprimir de ti hasta la última gota de beneficio. En cuanto el parásito de instituto logra lo que quería, o en cuanto el vampiro de la zona gris consigue salvar la papeleta técnica gracias a tu asesoramiento (o mantener su silla), se produce el fenómeno de desaparición repentina.
De la noche a la mañana, el flujo de mensajes se corta en seco. El WhatsApp que antes ardía con urgencias de fin de semana pasa a ser un desierto estéril. Curiosamente, ese contacto personal tan estrecho se esfuma en el aire como si nunca hubiera existido. Ya no hay comidas, ya no les importa cómo te va la vida, ya no eres su gran amigo. Te los cruzas por el pasillo del centro o por los pasillos nobles de la Conselleria y ya no hay sonrisas; hay un saludo gélido de compromiso, una mirada esquiva al suelo y una prisa repentina por irse a firmar cualquier papel.
Es un apagón relacional absoluto. No ha habido una discusión, ni un malentendido, ni un roce profesional. Simplemente, han analizado su tablero de ajedrez utilitarista y han decidido que ya no pueden sacar nada más de ti. Ya les salvaste el culo. Ya les diste la solución que necesitaban. Eres un limón exprimido. Y los limones exprimidos se tiran a la basura de la indiferencia sin mirar atrás.
Quiero dedicar este artículo, de manera muy especial y sin un ápice de acritud (pero con toda la memoria del mundo), a aquellos personajes con este perfil exacto con los que he tenido la desdicha de coincidir en los últimos años en la zona gris de la administración. A vosotros, los de la palmadita en la espalda y el colegueo fingido; a los que me llamabais a las diez de la noche disfrazando de amistad vuestra absoluta incapacidad técnica; a los que os lucisteis en determinados pasillos de unos criterios que os tuve que desgranar yo por teléfono y hoy bajáis la mirada cuando coincidimos en las escaleras. Gracias. Vuestro parasitismo, vuestro cinismo relacional y vuestro posterior silencio han sido la mejor escuela para aprender dónde empieza la colaboración y dónde termina la desvergüenza. Que vuestro lugar alejado del aula os sea leve el curso que viene, porque de mi experiencia, no vais a volver a rascar ni una sola respuesta. Habéis sido unos auténticos trepas.
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