14 de abril y el relato educativo que (casi) nadie se atreve a cuestionar

Hoy, 14 de abril, volveremos a ver el mismo ritual. Hilos, artículos y discursos ensalzando la supuesta Edad de Oro de la educación durante la Segunda República. Las maletas de libros, las misiones pedagógicas, la épica de llevar cultura a todos los rincones.

Todo muy bonito. Todo muy emotivo. Y todo, también, bastante distorsionado.

Porque si en lugar de repetir el relato aplicamos los mismos criterios con los que hoy analizamos cualquier sistema educativo -presupuesto, resultados, sostenibilidad-, lo que aparece no es una edad dorada, sino un modelo inflado a base de nostalgia y afinidad ideológica.

Se habla constantemente de las miles de escuelas creadas. Pero abrir centros no es construir un sistema. Lo que hubo fue, en gran medida, una política de expansión acelerada sin garantías reales de continuidad. Hoy lo llamaríamos sin rodeos… anuncios sin memoria presupuestaria.

Centros sin recursos estables, docentes sin formación homogénea, infraestructuras precarias. Si esto lo hiciera cualquier administración actual, el informe sería devastador. Pero como ocurrió en 1931, lo llamamos «progreso».

Otro clásico del relato es convertir a la República como responsable directa de la reducción del analfabetismo.

El problema es que los datos no sostienen ese entusiasmo. La tendencia descendente venía de antes, ligada a cambios sociales y demográficos de largo recorrido. Pero claro, eso no encaja en la narrativa heroica. Es mucho más vendible pensar que todo empezó de cero y se solucionó en pocos años. No fue así.

Uno de los grandes errores que hoy criticamos en las leyes educativas modernas (LOMLOE y predecesoras) es la subordinación del currículo a la agenda política de turno. En la Segunda República, esto se elevó a la máxima potencia.

La escuela no buscaba formar ciudadanos críticos per se, sino articular una base social específica. Se sustituyó una dogmática (la religiosa) por otra (la estatalista), sin pasar por un periodo de verdadera neutralidad técnica. El aplauso actual a este modelo nace más de una afinidad con los valores de entonces, que de un análisis sobre si los alumnos realmente aprendían más matemáticas o ciencia.

Hoy nos quejamos de las «pedagogías alternativas» sin base científica. Pues bien, la República fue el laboratorio de experimentos de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Aunque sus principios eran estéticamente bellos, su aplicación a gran escala fue un desastre logístico. Se intentó imponer un modelo urbano e intelectual a una España rural que necesitaba formación técnica y profesional urgente, tomándose medidas, cuando el porcentaje de población rural era muy alta, difícilmente adaptables a ese contexto.

Y vamos a ser sinceros… no existen datos existen datos que avalen que aquel modelo produjera una generación más preparada en competencias básicas; solo tenemos testimonios literarios de una élite intelectual que ya era privilegiada antes de las reformas.

La Segunda República no necesita mitificación para ser relevante históricamente. Pero convertir su modelo educativo en un referente incuestionable es otra cosa. Eso ya no es historia. Es relato.

Si aplicáramos los mismos criterios que usamos hoy para evaluar cualquier sistema educativo, hablaríamos de improvisación, falta de planificación a largo plazo y una clara instrumentalización de la escuela. Y no pasa nada por decirlo.

La educación no mejora con la épica, ni con nostalgia, ni con propaganda… mejora haciendo las cosas bien a todos los niveles. Todo lo anterior, incluido lo que cada año vemos circular periódicamente y, específicamente en el día de hoy, es una historia muy mal analizada y muy ideologizada.

Cuestionar el relato dominante no es ir en contra de la historia. Es tomársela en serio. Y en educación, eso sigue siendo una asignatura pendiente.

Finalmente, me gustaría deciros, a aquellos que no vais a querer buscar datos o analizar, al margen de vuestra ideología (en un sentido o en otro), qué supuso realmente, a nivel educativo, la Segunda República, que lo siento por vosotros. Entre el blanco y el negro hay, como siempre, infinitos matices. Lo importante es querer descubrirlos.

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2 comentarios

  1. Anda!, analizas el modelo educativo de hace 90 años con los cánones actuales y hablas de que otros mitifican, si hasta hablas de competencias básicas!!!, sin haberse creado el concepto entonces. Me imagino a maestros de entonces con medios precarios que con enseñar cosas ya tenían mucho trabajo y poco sueldo. Creo que alguna vez te dije que lo de criticar a la ILE o a la escuela moderna como fracaso, cuando sus promotores fueron perseguidos e incluso fusilados para luego indultarlos un año después, es de tener pocos argumentos (eso que criticas), aunque solo sea por falta de datos sobre su eficacia o no, que no se pudieron recopilar a futuro. Hablas de improvisación, no, era urgencia. Dices que se intentó imponer un modelo urbano e intelectual, elites intelectuales, esto me recuerda a lo que Isaac Asimov decía sobre el antiintelectualismo, pero aparte de esto (es fácil caer en el antiintelectualismo populista), a ver quién iba a mejorar la educación en un país muy atrasado y pobre. ¿Que muchos eran burgueses adinerados?, si, algunos otros no, pero ¿ de donde iba a salir un movimiento de reforma?, de ahí y de los movimientos obreros. Mira, los ateneos obreros dieron algo de cultura a mineros como mi abuelo.
    Solo un detalle, la población rural efectivamente necesitaría formación técnica y profesional urgente, pero claro había que saber leer y escribir, sino la cosa se ponía cuesta arriba. También tengo otro abuelo campesino y carpintero de entonces que quiso estudiar más y no pudo por falta de dinero, pero que gracias a ciertas reformas educativas pudo leer, escribir y poner en marcha pequeños negocios incluso culturales, como un cine (siendo campesino y sin dejar de trabajar la tierra), abuelo que te pondría firme en un momento si te escucha ciertas tonterías que dices sobre que el sistema no funcionó.
    Y las Misiones Pedagógicas serían un poco más románticas, pero en el desierto eran el oasis, y no me vengas con cuestiones técnicas educativas, que la cosa no iba de eso. Esto que haces si que es analizar un periodo histórico al margen de la realidad de entonces!!.
    Igual yo tengo el defecto haber conocido a gente que vivió aquello y no tengo los datos que dices manejar y supuestamente no voy a buscar. Oye, buen argumento defensivo, suponer que quien no este de acuerdo es que no busca datos como tú, esta no la vió venir Schopenhauer. Lo siento es que el hijo y nieto de mineros y campesinos ahora deber ser un intelectual asqueroso de esos, elitista e ideologizado, si, claro. No tener ideología es de cabezas huecas y es una falacia decir que se puede analizar cualquier asunto al margen de la ideología, porque eso no es posible, desde que somos humanos.

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