Debo reconocer, antes que nada, que soy, por desgracia, al igual que la práctica totalidad de mis compañeros, autodidacta. No he recibido ningún curso de formación de calidad acerca de cómo «programar», cómo usar herramientas para hacerlo o, lo que es más importante, saber qué estrategias metodológicas puedo usar para que mi alumnado aprenda programación. Eso sí, he hecho múltiples cursos de «programación» en los que, normalmente un maestro (hay más formadores con ese perfil que informáticos) me explicaba cómo seguir unas pautas para que un lindo gatito se moviera. Sí, he hecho cursos de Scratch de copia y pega de programas ya cocinados mediante sus bloques correspondientes. No, no he aprendido nada porque, sinceramente, es lo mismo que podía haber aprendido por mi cuenta mirando un vídeo de YouTube. Si un vídeo de YouTube sustituye a una formación ya deberíamos tener claro que la formación no está bien diseñada ni impartida. Pero bueno, esto es lo que hay. Y no tiene visos de cambiar porque algunos docentes (y no docentes) se han montado un buen chiringuito impartiendo cosas que solo saben como usuarios a nivel muy básico. Eso con suerte porque, al final, hay cosas peores… como que explique la Guerra Civil a licenciados en Historia un maestro especialista en Educación Física. Y ahí ya es cuando uno se pone a llorar.

Pero bueno, vayamos a lo que seguramente os interese a algunos. A compartir cómo enseño «programación» a mi alumnado de primero de ESO. Digo primero de ESO porque es muy importante saber a qué grupo va destinado lo que hago. Y es, según mi opinión (opinión e intuición, ya que no hay estudios que lo avalen) el mejor curso para introducir este concepto. Bueno, debería introducirse en los últimos cursos de Primaria pero quizás usando otra herramienta diferente de Scratch. Pero eso seguro que hay quienes lo saben mejor que yo. Yo me ciño a lo poco que sé, a lo mucho que intuyo, a lo que me marca la experiencia y a lo que leo.

En primer lugar les expliqué en qué consiste la «programación». Les explique, mediante un chapucero dibujo en la pizarra (sí, en ocasiones doy asignaturas sin ayuda de las TIC) la forma en que podíamos plantear un problema para resolver, en el ejemplo concreto, que repetí en los cuatro primeros de ESO en los que doy clase, para que una linda ovejita pudiera llegar al matadero donde encontraría su reposo eterno, con determinadas dificultades que iría encontrando por el camino (ecologistas, veganos, antivacunas,… e incluso algún catalán como yo). A ver, quizás estoy exagerando un poco pero, sinceramente, estoy seguro que algún vegano salió en la conversación. Y sí, también tuve que explicarles a un par de alumnos qué era ser vegano. Y, como es lógico, les dije que era un extraterrestre procedente de Las Vegas. Lo sé, mis chistes son muy malos. Me lo dicen siempre mis alumnos.

Una vez realizado lo anterior les expliqué el programa que usaríamos (Scratch) con sus bloques, les enseñé cómo entrar al mismo y las actividades que tendrían que ir haciendo, a su ritmo, durante las cuales yo iría haciendo evaluaciones periódicas mandándoles alguna actividad que se me ocurriera cada cierto tiempo. Una de las ventajas de estas actividades (que son las tarjetas de Scratch, descargadas desde aquí) que ellos disponían en la web del curso donde les cuelgo materiales «robados» de internet es que permiten la individualización del aprendizaje. Y, mientras a unos les cuesta más, otros avanzan más. Eso sí, siempre marcando por mi parte y mediante esas evaluaciones que comento los tiempos. Muy adaptables pero tiempos al fin y al cabo.

Así pues, como el copiar y pegar bloques no era el objetivo básico de la «programación», voy puteando (con cariño) cada cierto tiempo a determinados alumnos para que vayan un paso más allá. Incluso al margen de las evaluaciones puntuales. Incluso hay alumnado que va por su cuenta e innova acerca de los programas prediseñados de las tarjetas. Por cierto, ya nos acercamos, con una hora a la semana, al proyecto final en el que voy a hacer que se rompan un poco la cabeza.

La primera práctica evaluable consistió en un dinosaurio (sí, me gustan los dinosaurios) que debía ir girando unas determinadas veces e iba cambiando de color mientras lo hacía. Algo muy sencillo pero que me permitió ver si entendían las instrucciones de inicio y sabían hacer un planteamiento global de cosas que habían aprendido antes. Bueno, os he mentido, evalúo cada día y lo que me muestran es una ínfima parte de mi valoración en este caso. Otro tema es en la parte de taller de Tecnología. Ahí sí que hago exámenes. Miento, no hago exámenes pero tampoco pasaría nada si los hiciera.

Hace poco tuvieron la segunda práctica que consistía que montaran una historia entre un esqueleto y un fantasma en el que, manteniendo una conversación mínima de tres frases, mirándose a los ojos y en un bosque, acabaran desapareciendo y el fondo se cambiara a algo espacial en el que apareciera una estrella gigante. Seguramente os parecerá una chorrada pero, gracias a eso (y revisando la ortografía del personal -ozú qué desastre en muchos casos-) creo que he conseguido que se centraran más en el objetivo que en la herramienta. O quizás no, pero ya les obliga a pensar encontrar una solución. Y no todos eligieron la misma solución. Algo que debería ser lógico en «programación» ya que hay muchos caminos que permiten llegar al mismo lugar. Un buen informático sabe reducir tiempos e instrucciones pero, a mí lo que me interesa en primero de ESO es que sepan llegar a esas conclusiones/objetivos.

Y ahora, cuando ya están a punto de acabar casi todos las tarjetas ya tengo pensada la maldad para el proyecto final: un juego que consista en diseñar tres fases (o minijuegos dentro de él) para hacerse youtuber. Con enemigos varios a lo largo del camino, decisiones a tomar (entre ellas irse o no a Andorra) y que, al final en caso de superar esas fases, fueran recibidos por El Rubius, Ibai y algún otro de los que salgan por ahí. En caso de perder que desaparezcan por un rayo tractor de una nave espacial con una insignia de unicornio. Ya, lo sé, se me va un poco la pinza, pero seguro que le acabo dando una vuelta al tema.

¿Por qué he querido comentaros lo anterior? Por varios motivos. Esto es solo mi metodología, muy marcada por mi experiencia y mi manera de ver las cosas. No es ni mejor ni peor metodología que la de ningún compañero que pretenda enseñar programación a su alumnado. Hay grupos en los que adapto tiempos e incluso atención en el aula (hay grupos a los que, globalmente les cuesta más o hay alumnado más disperso que, a la mínima, se ponen a otra cosa en el ordenador). Me falta formación y lo echo de menos. Y, finalmente, por si alguien saca una idea de lo anterior porque, el trabajo no se da gratis pero lo de compartir ideas es sano.

Por cierto, todo lo que os he explicado en este post puede ser verdad o mentira. El blog y las redes sociales lo aguantan todo. Además, como digo siempre, en caso de ser cierto lo anterior, esto no implica que no haya una visión parcial y muy subjetiva de lo que estoy haciendo.

No os he puesto ninguna imagen de mi alumnado trabajando porque respeto mucho su privacidad. Y ellos no se merecen que, como docente, publique en mi blog personal o en mis redes sociales imágenes suyas o de mi aula con ellos trabajando. Por mucho permiso que me den las familias porque, además de querer proteger su intimidad (sí, me da igual que ellos compartan cosas en su Instagram, yo como docente no voy a jugar a ese juego) también respeto la normativa que dice que, a nivel personal, uno no puede compartir datos personales de su alumnado (incluyendo imágenes y demás) en las redes sociales, tal y como expuse hace bien pocos días aquí.