Bolonia convirtió las facultades en guarderías de lujo
Si te paseas hoy por algunas facultades, verás una de las escenas más bochornosas del sistema educativo. Verás a catedráticos con trienios de experiencia y sueldos públicos dedicando los primeros diez minutos de su clase a pasar una hoja de firmas o a proyectar un código QR para que el alumno diga que está en clase. Hemos convertido algunos de los grados universitarios en una extensión infantilizada del instituto, donde fichar importa más que saber.
La asistencia obligatoria en la universidad es el último respirador artificial de un modelo docente moribundo que tiene pánico a la libertad. Es la confesión implícita de que, si no fuera bajo amenaza de suspenso por no asistir un determinado porcentaje de clases, muchas aulas estarían más vacías que algún estreno cinematográfico.
El Plan Bolonia nos vendió la evaluación continua como el culmen de la modernidad, pero lo que nos trajo fue el «pastoreo de adultos». Obligar a asistir es admitir que el profesor no tiene nada lo suficientemente valioso que decir para atraer al alumno por su propio peso intelectual.
Si tu clase se puede sustituir por un PDF colgado en el campus virtual, por un hilo de X bien resumido o por un vídeo de tres minutos en TikTok, el problema no es que el alumno no vaya; el problema es que tu presencia es pedagógicamente irrelevante. Evaluar la actitud o la presencia es el refugio de los que no tienen capacidad para evaluar el conocimiento puro. Estamos premiando a calientasillas dóciles en lugar de formar profesionales críticos y eficientes.
La asistencia obligatoria en algunas facultades ha creado una subcultura del engaño. Alumnos que van, firman y se marchan; amigos que firman por otros; gente que escanea el QR desde la cafetería o desde su casa. Es un teatro del absurdo donde todos fingen: el alumno finge que escucha y el profesor finge que enseña a una audiencia que, en un 80%, tiene la mente en el scroll infinito de su móvil.
Es una falta de respeto criminal al tiempo y al dinero. Muchos alumnos tienen que trabajar para pagarse esa matrícula que no deja de subir, o tienen cargas familiares, o simplemente tienen la madurez suficiente para saber que aprenden más en tres horas de estudio concentrado que en cinco de clases leídas de un PowerPoint de 2012. Obligarlos a estar físicamente presentes es secuestro administrativo.
Ser constructivo hoy es exigir que la universidad vuelva a ser el templo de la mayoría de edad. La asistencia debe ser voluntaria por definición. Si un alumno es capaz de aprobar el examen, realizar las prácticas y demostrar excelencia sin pisar tu aula, ese alumno es un fuera de serie que ha optimizado su tiempo. ¿No es eso lo que busca el mercado laboral? ¿O es que lo que buscamos son peones habituados a cumplir horarios absurdos sin rechistar?
Hay que evaluar resultados, no procesos de custodia. Si una clase es magistral, si el profesor aporta un valor que no está en los libros, el aula se llenará sola. Si el profesor es un busto parlante que lee diapositivas, obligar a ir es una forma de tortura burocrática.
Basta de tratar a los universitarios como a párvulos. La asistencia obligatoria es el mecanismo que usa el sistema para ocultar que la universidad se ha convertido en una sala de espera de lujo para el mercado laboral. Si queremos prestigio, necesitamos alumnos que elijan estar, no que tengan miedo a faltar.
Los que más insisten en que pasar lista es fundamental para el proceso de aprendizaje suelen ser los mismos cuyas clases no aguantarían ni diez minutos de libre elección sin quedarse desiertas. O aquellos que hacen tantas «cosas raras» en sus clases (estoy pensando en algunos profesores universitarios, especialmente del ámbito de facultades relacionadas con la educación, que lo publican en sus redes sociales) que las han convertido en un chiquipark. Eso sí, un chiquipark, en caso de facultades públicas, muy caro.
Estoy convencido de que en las facultades hay excelentes profesionales y que, por desgracia, en lugar de analizar y mejorar lo que sucede en ella, hay más interés en burocratizarla y desculturarizarla que en otra cosa.
Ah, no me gustaría dejar en el tintero que la imagen que ilustra el post es de la Universidad donde estudié… Agrónomos en Lleida. Una Universidad a la cual fui a algunas clases y a otras no. Una Universidad de la cual guardo muy buen recuerdo, tanto de su ambiente como de la mayoría de profesores que tuve. Y sí, fui de las últimas promociones que estudiamos en barracones. Cómo pasa el tiempo.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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