Los enterradores del talento o por qué algunos trabajan activamente contra el aprendizaje del alumnado

Cuando vemos a supuestos expertos o gestores defender leyes que rebajan la exigencia, que eliminan contenidos o que prohíben el esfuerzo, la primera reacción es pensar… ¿Quién les paga? Pero la realidad es mucho más inquietante. No todos son mercenarios de las editoriales, de las plataformas tecnológicas o viven de dar cursos de formación. Muchos son auténticos creyentes.

Son una legión de personas trabajando activamente contra el aprendizaje del alumnado por motivos que no aparecen en una cuenta de resultados, sino en un manual de patología social. Permitidme que os desglose en el artículo de hoy, en forma de facciones (me ha venido una película juvenil a la cabeza), cuatro perfiles en los que creo podemos incluir a gran parte de esa legión.

Hay una facción que no quiere alumnos cultos, sino alumnos felices y dóciles. Para estos iluminados, el conocimiento es una estructura de poder antigua que hay que derribar. Creen sinceramente que un niño que sabe quién fue Marco Aurelio es un niño adoctrinado por el pasado, mientras que un niño que solo tiene habilidades socioemocionales es un ser libre. Defienden el vacío intelectual porque ven en la ignorancia una tabula rasa sobre la cual proyectar su utopía pedagógica.

Otros defienden métodos fallidos solo para no admitir que se han equivocado. Es el ego del innovador. Tras años dando charlas, escribiendo libros (más bien panfletos) sobre flipped classroom o gamificación y cobrando dietas en congresos y jornadas, no pueden permitirse reconocer que el nivel de comprensión lectora de los alumnos se ha hundido bajo su guardia. Prefieren que una generación entera no sepa escribir un párrafo coherente antes que reconocer que su revolución ha sido un fracaso estrepitoso.

Los de la ideología del buenismo clasista son los más perversos. Defienden que no hay que exigir a los alumnos vulnerables porque, pobrecitos, ya tienen bastante con lo que tienen. Es el racismo de las bajas expectativas. Al defender que el hijo del obrero no necesita memorizar o esforzarse porque su entorno es difícil, le están condenando a la irrelevancia perpetua. No lo hacen por dinero; lo hacen para sentirse mejores personas, practicando una caridad pedagógica que es, en realidad, un certificado de defunción social para el alumno.

Y, finalmente, hay personas en el sistema que odian el saber porque el saber establece jerarquías naturales. Un docente que sabe mucho de su materia tiene una autoridad que no se puede comprar. Los burócratas y los expertos en educación (que a menudo no han dado clase en su vida) odian esa autoridad. Prefieren un modelo donde el docente sea un facilitador o un guía, porque eso nivela el sistema por lo bajo y les permite a ellos, los mediocres, controlar el proceso desde arriba.

Defender lo que va en contra del aprendizaje no es solo una cuestión de cheques; es una cuestión de soberbia intelectual y cobardía moral. Son personas que prefieren tener la razón en su mundo de purpurina que ver a un alumno de la pública compitiendo de tú a tú con la élite gracias a su cultura. O empezamos a señalar este fanatismo por lo que es, o seguiremos dejando que los enterradores del talento sigan cavando la fosa de la escuela pública y del alumnado más vulnerable.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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Un comentario

  1. Molt bo. Gràcies.
    Què bé que venen estes bocanades d’aire fresc.
    La reflexió no abunda, malauradament.
    Per això este tipus de consideracions ajuden a penser.
    Gràcies de nou.

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