¿A cuántos de vosotros os ha chirriado que pusiera “bocavulario” en lugar de “vocabulario”? Seguro que a muchos. Pues a mí, sinceramente, me chirría mucho más el concepto que nos están intentando meter con calzador de “nueva normalidad”. Qué demonios. No quiero una nueva normalidad. Quiero la misma normalidad que tenía y, yendo aún más lejos, no quiero nada de lo que nos está llegando. Menos aún vivir en una sociedad plagada de borregos, personajes más o menos sumisos y pasivos o, mentirosos compulsivos al mando de un barco, en el que como sucede en todos, hay los camarotes VIP y los apestosos que van hacinados al lado de la sala de máquinas que, en caso de chocar con un iceberg, ya sabemos que la van a espichar.

Reconozco que esta es una entrada, entre irónica y ácida, acerca de un septiembre que va a ser un auténtico despropósito para muchos. Y sí, no todos los docentes que piden no empezar lo hacen por el bien del alumnado. Va, ya podéis empezar a lapidarme porque mis afirmaciones irreverentes van para largo. Para muy largo porque, sinceramente, si he cambiado la playa por el ordenador, para acabar de finiquitar unas cosas en período vacacional (¡vacaciones Santillana, haz una mierda de cuaderno en verano para que ganemos pasta!), puedo permitirme el lujo de escribir de la forma que me apetezca. Además lo hago mirando al mar y con una cerveza sin alcohol a mi lado. Un lujo que sé que no todos podéis tener. Haber estudiado o haberos metido en política. Por cierto, ni todos los que estudian ni todos los que se han metido en política viven bien. Generalizar es entre malo, penoso y nauseabundo. Eso sí, mola porque te facilita vomitar muchas afirmaciones.

La nueva normalidad es el primer gran “palabro” que nos han colado. Una nueva normalidad que consiste, simplemente, en la misma normalidad de siempre con geles hidroalcóholicos, mascarillas y comités científicos que no existen. Eso sí, con un tipo que ha conseguido hacerse más famoso que los Backstreet Boys en su momento. Un tipo al que algunos se lo disculpan todo. Es lo que tiene tener media neurona y, además con problemas de motilidad. Sí, he dicho motilidad. Buscadlo en el diccionario. Sale gratis.

En educación, además nos han incorporado el concepto de “grupos burbuja”. Una gilipollez para decir que vais a tener el mismo número de alumnado que siempre pero, cara a la galería vamos a vender que estamos haciendo cosas. Va, seamos sinceros. Lo de los grupos burbuja, salvo para gifs en Twitter da muy poco juego. Veintimuchos alumnos en grupos burbuja es el eufemismo para decirte que vas a tener los mismos alumnos que antes. Eso sí, en lenguaje manipulador. Y algunos van y se lo creen. Muchos, por lo visto porque, a día de hoy no conozco a nadie que se haya opuesto salvo con una cartita en los medios. Mentira, creo que han dimitido dos equipos directivos en bloque. De miles y miles de centros educativos es una proporción que, salvo que seas los de algún telediario que haces unas gráficas en las que un porcentaje del 20% es más bajo que uno del 75%, no cuela. Bueno, eso y salvo que no tengas ni idea de matemáticas o te creas los números que los tuyos te cuentan. A ver si nos enteramos… que el 2020-2021 va a ser un curso normal. Voy a ir más lejos, un curso en el que cuatro van/vamos a decir gilipolleces en Twitter, va a publicarse algún truñolibro sobre educación de algún gurú y, por dejadez absoluta de muchos, cada vez van a sacar más pasta los que se han montado ciertos negocios educativos. La pandemia trae mucho negocio si uno sabe jugar bien sus cartas.

Más “burrobulario” (otra palabreja inventada por my mind) que voy a incorporar a esta situación… la competencia digital del profesorado. Va, dejad que me mee. La competencia digital del profesorado está al nivel de masturbaciones en eunucolandia. Y no va a mejorar por mucho que se les dé tropocientas horas de formación porque, lo importante no es la formación sin control: lo importante es que alguien controle qué es lo que hacen los docentes con ese dinero que se ha invertido en su formación. Por cierto, el panoli educativo va a seguir siéndolo, mientras que el escaqueado a perpetuidad -que con la pandemia han surgido muchos más de los que nos pensábamos algunos- va a conseguir más adeptos al clan. Es que después de ver como tu compañero se los ha tocado a dos manos mientras tú trabajabas más de 12 horas al día intentando atender a tu alumnado, lo lógico es dejar de hacer el primo. Para primos ya está el de zumosol. Docente panoli se incorpora en el “bocavulario” de este artículo.

La escuela pública de calidad es otro concepto que ya chirría en el diccionario. Si tienes pasta, sabiendo que tu hijo/a si quiere un futuro va a tener que largarse de aquí, debes procurar invertir en un centro privado y/o en buscarle un centro educativo en el extranjero. Lo público o subvencionado (que es aún peor porque, al final, se acaba contratando al amiguete porque “això ho pague jo”) no ha dado la talla ni en educación ni en sanidad. Los chavales que han sobrevivido a la pandemia en centros públicos y concertados es, porque han tenido la suerte de un equipo docente comprometido o tener familias que han estado encima de ellos. Nos podemos poner como queramos. El gran problema de lo público (o subvencionado) es que, entre que se gestiona mal -por motivos no siempre achacables al que lo gestiona- y nadie obedece, ya sabemos cómo va. A ver qué profesión permite a sus profesionales hacer lo que les rota porque a ellos les apetece hacerlo, haciendo la vista gorda cuando se pasan la legislación vigente por el forro. A ver cómo le dices a una persona que continúe en la sanidad pública cuando están todos los centros de salud cerrados sine die y, como mucho, te atienden por teléfono. A veces no hace falta echar balones fuera. Es que quejarse de terceros es deporte nacional. Más aún cuando el fútbol baja de share. Es que, reconozcámoslo de una vez, somos un país de fútbol y bares. Que, por cierto, no me parece mal. Eso sí, después no aspiremos a creernos otra cosa.

Llega un momento en que me planteo que el problema educativo no es de personas concretas ni de los que la gestionan. Es un problema sistémico, al igual que el de otros ámbitos laborales. Ante eso hay dos opciones: o inventarse un “bocavulario” que permita encubrir lo anterior y, mediante ideología, encubrir las situaciones objetivas o, simplemente, intentar sobrevivir haciéndolo lo mejor posible y pudiendo dormir, con preocupaciones, pero sin saber que no lo has intentado. El problema es que otros, sin hacer ni dejar hacer, también duermen como lirones. Creo que toca aprender pero, en mi caso y en los de varias personas que conozco, ya nos hemos hecho muy mayores para cambiar. Algo que no soluciona ni una nueva cuenta de Twitter ni haber borrado miles de posts 😉

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Acerca del Autor

Jordi Martí

Simplemente soy alguien al que le gusta escribir. Y que disfruta haciéndolo.

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