Día 1: 9 a.m.

Por desgracia me he levantado tarde. Pensaba que iba a ser imposible reconciliar el sueño pero, por suerte, he tenido suerte. Después de la típica tostada con un café, subproducto de esos baratos del súper para mi máquina, he podido salir del piso a una hora razonable.

Hoy es de esos días que pintan raros. Más aún después de enterarte, escuchando la radio, que en tu ciudad se han cometido, a lo largo de la noche, dos violaciones y un asesinato. Las cosas van de mal en peor. Bueno, supongo que eso significará más trabajo hoy en el chiringuito. Así que, después de obviar el afeitado al salir de la ducha, ponerme la única camiseta que no huele y esos pantalones que, seguramente en los setenta, hubieran tenido mejor aspecto, toca ir a buscar el coche. Y, cómo siempre, seguro que será la típica aventura de la búsqueda por descarte. No sé qué pasa pero, por desgracia, con los años la memoria ha perdido mucho. Quizás la memoria y el exceso de contenido alcohólico que bajo por mi garganta ayer. A estas alturas de la vida dos cervezas ya son muchas. Más aún después de haberme despertado a media noche.

He cogido las llaves, el móvil -hoy aún no me he atrevido a mirar el whatsapp, después que me añadieran a varios grupos las últimas semanas, temiéndome que estuviera lleno de mensajes- y me he metido el diario en la mochila, de esas baratas del Decathlon, de colores chillones. A ver si me da tiempo de escribir algo en él. Supongo que ahora, por la novedad, será cuando más uso le dé. Veremos en unos días…

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