Día 1: 4 a.m.

Gritos, sirenas,… y de pronto el silencio. ¡Mierda! Con lo mal que llevo el asunto de volver a coger el sueño por culpa de la medicación que, debido a esos males que no se te llevan, pero te lo hacen pasar entre mal y peor, me tomo de forma periódica, seguro que no puedo volverme a dormir.

Nada, toca abrir medio ojo y cómo no hay mal que por bien no venga, ponerme a escribir en esa moleskine que me ha regalado mi hija. Sabe que me gusta escribir y, desde hace meses, tengo pendiente poner a hacerlo en este regalo. El primer regalo que me hace con su dinero. Es lo que tiene que ya se haya independizado y aprobado unas oposiciones. Sabe bien que es la única manera de quedarse en este país. Un país de mamandurrias y vecinos muy, pero que muy listos.

Parece que vuelve el silencio. Ni tan solo se oye el ladrar de ese perro que, en un espacio minúsculo, tienen los vecinos del otro lado del parque. Sí, vivo en un parque. Bueno, no en él. En uno de esos bloques, sin ningún tipo de personalidad, que lo rodean.

Después de una meada, de esas que intentas hacer acertando en la taza cuando aún no estás despierto del todo, con repaso de un poco de papel de váter para intentar disimular esas gotas que se han empeñado de no hacer canasta, toca intentar volver a coger el sueño. En unas horas toca dirigirse al trabajo.

Revisar alarma del móvil, hacer típicos gestos rituales del que vive solo y, al final, intentar coger de nuevo la posición en uno de esos colchones que, de baratos y usados, permiten notar hasta el último muelle. Vamos a ver si caen unas cuantas horas más de relación con Morfeo.

Pongo fecha y hora en el diario porque, al menos así, me obligaré a escribir con regularidad en él. O eso espero…

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