La era de los influencers educativos
En la era del algoritmo, el dinero y la masa no siguen al talento, sino al impacto visual. Lo vemos a diario en las redes. Roro cocinando platos de tres días para su novio con voz suave, delicada y casi de susurro porque transmite una sensación de docilidad estudiada, La Rivers convirtiendo cualquier estropicio cotidiano en un negocio millonario, Ibai montando imperios mediáticos desde un set de streaming o El Xokas sentando cátedra entre chillido y chillido. Mueven millones de euros al año. Y oye, nada que objetar. Han entendido las reglas del juego del entretenimiento masivo y se están forrando con ello.
El problema trágico viene cuando trasladamos esta misma dinámica de casquería digital y postureo a la educación.
Porque sí. En educación también hemos entrado de lleno en la era de los influencers. Gente que descubrió hace tiempo que grabar tres minutos de vídeo bien editado dando una clase molona daba muchísimo más rédito económico y social que quedarse en la trinchera bregando con treinta chavales. Y no hablamos de calderilla. Hablamos de un negocio voraz que mueve millones de euros al año en venta de libros de autoayuda pedagógica, contratos de patrocinio con marcas, publicidad opaca y ponencias en congresos cobradas a 2.000 euros la hora.
¿Quién no se acuerda del fenómeno de César Bona? El «profesor nominado al Nobel» que llenó auditorios y se convirtió en el oráculo pedagógico de nuestro país. ¿Dónde está la paradoja? En que el discurso de la revolución del amor y las emociones dura exactamente lo que tardas en salir del aula para vivir del circuito de conferencias. Como Gabriel Rufián, que llegó a la política prometiendo que estaría 18 meses para volverse a su casa y ahí sigue, amarrado al escaño más de una década después. Hay docentes que hicieron exactamente el mismo movimiento. Un par de años de sobreexposición mediática en el aula, publicar un par de ocurrencias virales y a vivir de la sopa boba de la consultoría y la charlatanería mientras, en todas sus entrevistas, dicen que van a volver al aula.
Pero lo más patético de esta era no son los veteranos que ya han dado el pelotazo, sino el ejército de aspirantes que viene detrás.
Hay una horda de opositores y docentes novatos que entran al sistema no con la vocación de enseñar, sino con el ansia viva de convertirse en el próximo eduinfluencer. Gente que no ha aprobado ni la primera fase de la oposición o que lleva dos días de interino y ya está retransmitiendo su vida en TikTok, haciendo unboxings de su papelería escolar, contando sus dramas de claustro y exponiendo a sus alumnos como si el aula fuera el plató de un reality show. No buscan formar mentes. Buscan el golpe de suerte algorítmico para pegar el pelotazo y librarse de pisar una clase el resto de su vida.
Y aquí viene la triste realidad… ¡la culpa no es de ellos!
Roro no tiene la culpa de que haya millones de personas hipnotizadas viéndola hacer pan artesanal. Ibai no tiene la culpa de que las televisiones tradicionales se desmoronen. Y los influencers educativos tampoco tienen la culpa de haberse dado cuenta de que el sistema paga infinitamente mejor el humo que la tarima. Ellos solo han visto un nicho de mercado multimillonario y lo han explotado con astucia.
La culpa es de una administración analfabeta o una empresa privada que prefiere gastarse el presupuesto en pagarle la minutaza a un gurú de Instagram para la lección inaugural de curso. La culpa es de las facultades de educación que proyectan vídeos de TikTok de algunos gurús en lugar de enseñar didáctica de la asignatura. La culpa es de un sector de la pedagogía que ha comprado el mensaje de que la disciplina, la memoria y el esfuerzo son conceptos obsoletos, sustituyéndolos por la puesta en escena de cuatro iluminados que solo buscan el like y la tajada económica. Y sí, también la culpa es de muchos docentes que han comprado a estos personajes.
En las redes sociales, la educación es un parque de atracciones maravilloso. No hay alumnos disruptivos, no hay carencias de comprensión lectora, no hay instalaciones tercermundistas ni burocracia asfixiante. Solo hay docentes sonrientes cantando canciones, metodologías mágicas y facturas abultadas.
Va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre. Un docente que no pisa un aula, o la ha pisado muy brevemente, no es un pedagogo, es un comercial. Y mientras sigamos alimentando el circo multimillonario de los parásitos de la innovación, la escuela seguirá hundiéndose en la miseria mientras ellos se forran a nuestra costa. Bueno, quizás no sea la culpa de ellos que se hunda en la miseria, pero tampoco hacen nada ni tienen ningún impacto para que la cosa mejore.
No es malo hacer negocio con la educación. No es malo vender o venderse. No es malo hacerlo siempre y cuando no perjudiques a terceros. El problema es que cuando la sociedad premia, económica y socialmente a los que viven de ello, ignorando a los que están haciendo cosas que repercuten realmente en la mejora de la sociedad, tenemos un problema. Y no solo en el ámbito educativo.
Por cierto, para los del ad hominem que, estoy convencido de que van a saltarme a la yugular (por tener un blog y cuenta en algunas redes sociales), debo deciros que desde mi yate de dos kilómetros de eslora me la repatean vuestros ataques personales para obviar el debate que, en algún momento, deberíamos abrir del modelo influencer y cómo deberíamos, como sociedad, gestionarlo.
Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.
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