5 datos que la administración educativa oculta para no quedar en evidencia
En educación, la administración (sea del signo que sea) solo mide lo que puede vender como un éxito. Están obsesionados con los «indicadores de logro», las «tasas de promoción» y cuántos ordenadores, tablets u otro equipo informático han repartido este trimestre. Pero si de verdad quisiéramos mejorar la escuela, tendríamos que empezar a medir la podredumbre estructural que sostiene el sistema. Sí, he dicho podredumbre estructural.
Si queremos dejar de ser un decorado de cartón-piedra para Bruselas, hay que empezar a exigir los datos que el poder teme. Datos que no son números, son bofetadas de realidad.
Deberíamos medir cuántos alumnos promocionan o titulan no por haber alcanzado los objetivos, sino porque el equipo docente ha sido invitado (o presionado) a no generar conflicto estadístico. Queremos el dato de decisiones colegiadas que revocan el suspenso de un especialista. Si un docente dice que el alumno no sabe y la administración obliga a que apruebe por promoción automática, el sistema está mintiendo. Y esa mentira es la que nos está hundiendo.
Basta de contar cuántos dispositivos electrónicos hay en los centros. Queremos el dato de tiempo de uso real pedagógico frente a tiempo de ocio encubierto. Queremos saber cuántas de esas tablets millonarias están rotas, cuántas se usan solo para jugar al Minecraft en el fondo de la clase y cuánto tiempo de instrucción se pierde porque el wifi no funciona o la plataforma se ha caído. El dato del gasto en silicio sin el dato del retorno real es, simplemente, corrupción consentida.
El sistema presume de personal, pero oculta la volatilidad de las plantillas. Necesitamos el dato de cuántos alumnos cambian de profesor tres o cuatro veces en un año por bajas no cubiertas o por la precariedad de los interinos. Un sistema donde el alumno no conoce a su tutor porque este vive en una furgoneta o espera una vacante a 200km de su casa no es un sistema educativo, es una ETT de lujo. Midamos la estabilidad, porque sin estabilidad no hay proyecto pedagógico, solo supervivencia.
Queremos un contador de horas. ¿Cuántas horas dedica un docente a tareas que un administrativo de nivel medio haría en la mitad de tiempo? Queremos saber cuánto nos cuesta en términos de sueldo público que un graduado en matemáticas o magisterio pase la tarde rellenando anexos de la LOMLOE que nadie va a leer. El dato del tiempo robado a la corrección y a la preparación de clases es el que explica por qué el nivel académico está por los suelos.
La administración ama hablar de inclusión mientras permite que existan guetos encubiertos bajo el nombre de centros de atención preferente o programas de innovación que solo sirven para expulsar a los alumnos conflictivos. Queremos el dato de la concentración real de dificultades por metro cuadrado. Si un centro asume toda la complejidad de una zona mientras el de al lado (público o concertado) se «limpia» de alumnos difíciles, el sistema está financiando la desigualdad. Y eso hay que medirlo con nombres y apellidos.
Medir no es hacer gráficas bonitas para la prensa, cocinadas y, en muchos casos, manipuladas. Medir es fiscalizar el dinero público y el futuro de los chavales. Si la administración se niega a recoger estos datos, es porque ya saben la respuesta y les aterra que nosotros también la sepamos.
Los que os dicen que evaluar es complejo son los mismos que no quieren que sepas cuánto dinero se está perdiendo en el desagüe de la incompetencia política.
Por cierto, sé que hay muchas cosas que también deberían medirse y hacerse transparentes que se han quedado en el tintero… aprovechad para contarlas en los comentarios o en las interacciones en las redes sociales. Disfrutad del sábado.
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