La escuela del balneario o cómo el sistema educativo está fabricando adultos de cristal

Se nos ha llenado la boca con la palabra bienestar. En nuestro afán por convertir los centros educativos en una burbuja de aire donde no entre ni una brizna de frustración, no estamos creando niños felices; estamos fabricando ciudadanos discapacitados para la realidad. Hemos confundido educar con anestesiar. Y lo peor es que lo llamamos «pedagogía moderna» mientras desmantelamos, ladrillo a ladrillo, el valor del esfuerzo y el rigor.

La escuela hoy es un decorado de cartón piedra diseñado por gestores de moqueta, con la colaboración de algunos y la omisión de demasiados, que estallará al primer contacto con la vida real. Y cuando eso ocurra, no busquéis a los gurús de la gestión emocional. Ellos ya habrán cobrado su próximo congreso.

El sistema ha decidido que el suspenso y la exigencia son herramientas obsoletas porque dañan la autoestima del alumnado. Es la mayor mentira que nos han colado en décadas. La verdadera autoestima no nace de que un docente te ponga una pegatina de «lo has intentado» mientras te regala el aprobado. Nace de superar lo difícil, de caerte y tener la capacidad de levantarte solo (o con una mínima ayuda).

Al regalarles el éxito por imperativo legal, les estamos robando la resiliencia. La administración está enviando al futuro a una generación que se rompe ante un no y colapsa ante la primera dificultad que no se soluciona haciendo clic en una pantalla. Hemos convertido el aula en un balneario emocional donde el sentimiento del alumno importa más que la verdad de la materia. Si un teorema es difícil o un hecho histórico incomoda, se suaviza o se edulcora. Estamos criando ciudadanos que no buscan la verdad, sino el confort intelectual.

¿De quién es la culpa? De un sistema cobarde que prefiere el aprobado fácil para maquillar las estadísticas de la OCDE antes que asumir la responsabilidad de guiar al alumnado. Es mucho más barato bajar el listón hasta que desaparezca que invertir en una educación que exija y apoye de verdad.

Hemos sacrificado el futuro en el altar del presente indoloro. Se ha impuesto una narrativa donde el profesor que exige es visto como un elemento disruptivo, un nostálgico que no entiende que ahora lo importante es que el niño fluya. Pero no nos engañemos. Esa fluidez no es libertad. Es falta de herramientas. Estamos produciendo piezas intercambiables para un sistema que solo necesita consumidores dóciles y fragilizados.

La educación debe ser un entrenamiento para la libertad, y la libertad exige disciplina, criterio propio y una dureza mental que no se adquiere en un entorno donde todo es opcional y nada tiene consecuencias. O recuperamos el valor del sudor intelectual o seguiremos engañando a miles de jóvenes haciéndoles creer que el mundo real es tan amable como el aula que les hemos diseñado.

¿Queremos jóvenes fuertes capaces de transformar la realidad o queremos ciudadanos que se sientan muy empoderados mientras el mundo se les cae encima por falta de base? Es el debate más amargo que tenemos pendiente, pero claro, es mucho más cómodo seguir hablando de neuroaprendizaje de garrafón que admitir que estamos desprotegiendo al alumnado a base de sobreprotegerlo.

Tened cuidado ahí fuera. La caída desde la burbuja de cristal hasta el suelo de la realidad va a ser de las que dejan cicatriz. Y ninguna ley educativa podrá curar esa herida.

Finalmente aclarar, especialmente para aquellos que lean esto con ideas prefijadas, que no se trata de un alegato a la «letra con sangre entra». Se trata de un alegato en defensa de una sociedad fuerte, madura y conocedora de lo que sucede a su alrededor. Algo que no tiene nada que ver con un vídeo en TikTok ni con lo que nos gustaría escuchar. Una realidad que va a poder cambiar ese alumnado siempre y cuando le demos herramientas para ello. Herramientas que nada tienen que ver con ciertas prácticas educativas con las que estamos experimentando, ni quitando a la escuela su función principal… que el alumnado aprenda.

Me podéis encontrar en X (enlace) o en Facebook (enlace). También me podéis encontrar por Telegram (enlace) o por el canal de WhatsApp (enlace). ¿Por qué os cuento dónde me podéis encontrar? Para hacerme un influencer de esos que invitan a todos los restaurantes, claro está. O, a lo mejor, es simplemente, para que tengáis más a mano por dónde meteros conmigo y no tengáis que buscar mucho.

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