Currículos educativos obesos y mentes famélicas… la necesidad de una poda controlada

Si abres hoy un currículo oficial, lo que menos encuentras es conocimiento. Te topas con un bosque de términos impronunciables, objetivos de «desarrollo sostenible» metidos con calzador en matemáticas y una obsesión enfermiza por la ingeniería social. Hemos permitido que los currículos se conviertan en el vertedero donde cada político de turno vacía su ideología y cada gurú su última ocurrencia emocional.

Es hora de decirlo claro. Hay que expulsar de la escuela cualquier despropósito que no sea conocimiento riguroso. No podemos seguir sacrificando el futuro del alumnado para satisfacer agendas que caducan con cada legislatura.

Para ocultar que hemos vaciado la escuela de contenido, la administración ha inventado la burocracia de la sospecha. Nos exigen evaluar mediante miles de indicadores, criterios de evaluación segmentados hasta el absurdo y rúbricas que parecen el manual de instrucciones de una central nuclear.

¿Para qué sirve todo este papeleo? Para que el docente esté tan ocupado rellenando celdas de Excel que no tenga tiempo de darse cuenta de que el currículo es un desierto intelectual. Es una cortina de humo. Si el proceso es complejo y está lleno de palabras bonitas, nadie preguntará por qué el alumno termina la ESO sin saber situar las provincias de su país o sin comprender un texto de tres párrafos. Hemos sustituido el saber por el no se sabe qué administrativo.

La escuela no es el lugar para solucionar todos los males del mundo a base de eslóganes. Si queremos ayudar de verdad al alumnado, especialmente al más vulnerable, lo que necesita no son charlas sobre resiliencia emocional dictadas por un boletín oficial. Lo que necesita son herramientas de pensamiento. Necesita sintaxis, cálculo, historia, ciencia y literatura.

Cada minuto que perdemos en el aula analizando la «percepción de la identidad en el ecosistema digital» (o cualquier otra jerga del momento), es un minuto que le robamos al aprendizaje de la ortografía o de la resolución de problemas. La ideología no saca a nadie de la pobreza; el conocimiento, sí. Al llenar el currículo de paja ideológica, estamos creando una generación de alumnos muy concienciados con lo que el poder quiere, pero absolutamente incapaces de cuestionar ese mismo poder porque carecen de base intelectual.

Ayudar al alumnado es ser honesto con ellos. Evaluar no puede ser un ejercicio de equilibrismo para encajar su realidad en 50 indicadores competenciales que nadie entiende. Necesitamos volver a una evaluación que certifique conocimientos reales de forma sencilla… ¿Sabe o no sabe? ¿Domina la materia o no la domina?

Simplificar el currículo y la evaluación no es volver al pasado, es recuperar el futuro. Es limpiar las aulas de ruido para que vuelva a escucharse la voz del docente y el pensamiento del alumno. Hay que podar el currículo con una motosierra, eliminando cada adorno ideológico y cada métrica absurda, para dejar solo lo que de verdad le da libertad al individuo. Y lo que da la libertad es el saber.

Basta de usar a los niños como cobayas de algunas utopías de despacho gestionada en coches y trenes mientras se hacen rutas electorales. La escuela, especialmente la pública, se defiende protegiendo el currículo del asalto de los lobbies y de la burocracia paralizante. O limpiamos el sistema de despropósitos hoy mismo, o terminaremos con un sistema educativo que será un éxito total en las estadísticas oficiales y un fracaso absoluto en la vida real.

Por cierto… los que más insisten en ampliar el currículo con temas transversales suelen ser los mismos que se aseguran de que sus hijos reciban una educación clásica y sin interferencias en centros de élite.

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